del Cap.11 pág. 217 a 232
En un hospicio que conozco estaba muriendo de cáncer de mama Emily, una mujer de cerca de setenta años. Su hija solía visitarla todos los días y, al parecer, mantenían una relación feliz. Pero cuando su hija se iba, Emily casi siempre se sentaba a llorar a solas. La causa del llanto, como no tardó en saberse, era que su hija se negaba en redondo a aceptar la inevitabilidad de la muerte y se pasaba el rato alentando a su madre a «pensar de un modo positivo», con la esperanza de que así se curaría el cáncer.
Lo que en realidad ocurría era que Emily tenía que guardarse para sí todos sus pensamientos, profundos temores, pánico y aflicción, sin poder hablar de ellos con nadie, sin tener a nadie que le ayudará a explorarlos, a nadie que la ayudara a entender su vida ni a nadie que la ayudara a encontrar un sentido curativo a su muerte.
Lo esencial en la vida es establecer con los demás una comunicación sincera y libre de temores, y ésta nunca es tan importante como cuando se trata de una persona moribunda, como me enseñó Emily.
Con frecuencia la persona que va a morir se muestra reservada e insegura, y no sabe cuáles son sus intenciones la primera vez que va usted a visitarla. Así pues, no espere que ocurra nada extraordinario; limítese a ser usted mismo, relajado y natural. Muchas veces la persona que va a morir no dice lo que desea ni lo que piensa, y las personas que la acompañan no saben qué decir ni qué hacer. Es difícil averiguar lo que acaso intenta decir, e incluso lo que acaso está ocultando. A veces, ni siquiera ella misma lo sabe. Por consiguiente, lo principal es disipar cualquier tensión que pueda haber en la atmósfera de la manera que más fácil y natural resulte.
Una vez se ha establecido la confianza, la atmósfera se vuelve relajada, y eso permite a la persona moribunda sacar a luz las cosas de las que realmente desea hablar. Anímela afectuosamente a sentirse lo más libre posible para expresar sus pensamientos, temores y emociones sobre la muerte y el morir. Desnudar así las emociones, sinceramente y sin arredrarse, es la clave de cualquier transformación posible, de hacer las paces con la vida o tener una buena muerte, y es necesario darle a la persona libertad absoluta y el permiso sin restricciones para que diga todo lo que quiera.
Cuando el moribundo empiece por fin a comunicar sus sentimientos íntimos, no interrumpa, discuta ni reste importancia a lo que diga. Los enfermos terminales o moribundos se hallan en la situación más vulnerable de su vida, y necesitará usted toda su habilidad y todos sus recursos de sensibilidad, afecto y amorosa compasión para permitirles que se le abran. Aprenda a escuchar y aprenda a recibir en silencio; un silencio receptivo y sereno que haga sentirse aceptada a la otra persona. Esté tan relajado y tranquilo como pueda, siéntase cómodo; siéntese al lado de su pariente o amigo a punto de morir como si no tuviera nada más importante ni más agradable que hacer.
He descubierto que, como en todas las situaciones graves de la vida, hay dos cosas que resultan útiles: el sentido común y el sentido del humor. El humor es algo maravilloso para aligerar la atmósfera, ayudar a situar el proceso de morir en su auténtica perspectiva universal, y romper la exagerada seriedad y la intensidad de la situación. Así pues, utilice el humor con tanta habilidad y delicadeza como sea capaz.
También he descubierto, por experiencia propia, que resulta esencial no tomarse nada demasiado personalmente. Cuando uno menos se lo espera, el moribundo puede convertirlo en blanco de todas sus iras y reproches. Como dice Elizabeth Kübler-Ross, la ira y la culpa pueden «desplazarse en todas direcciones y proyectarse hacia el rededor, a veces casi al azar». No se figure que esa cólera se dirige realmente contra usted; si comprende de qué profundidades de miedo y aflicción surge, evitará reaccionar a ella de un modo que pueda perjudicar la relación entre ustedes.
A veces quizá se sienta tentado a predicar a los moribundos o a darles su propia receta espiritual. Evite absolutamente ceder a esa tentación, sobre todo si sospecha que no es eso lo que desea el moribundo. Nadie quiere ser «rescatado» con las creencias de otro. Recuerde que no es su tarea convertir a nadie a nada, sino ayudar a la persona que tiene delante a ponerse en contacto con su propia fuerza, confianza, fe y espiritualidad, sea cual fuere. Naturalmente, si la persona es verdaderamente receptiva a los temas espirituales y verdaderamente quiere saber qué piensa usted sobre ellos, tampoco ha de reprimirse.
No espere demasiado de usted mismo, ni espere que su ayuda va a producir resultados milagrosos en la persona que va a morir o que va a «salvarla». Se llevaría una decepción. Las personas mueren como han vivido, como ellas mismas. Para que se establezca una auténtica comunicación hay que hacer un esfuerzo consciente para ver a la persona en relación a su propia vida, su carácter, su medio y su historia, y para aceptarla sin reservas. Del mismo modo, no se inquiete si le parece que su ayuda hace muy poco efecto y que el moribundo no responde. No podemos conocer los efectos más profundos de nuestra atención y cuidados.
MANIFESTAR AMOR INCONDICIONAL
Una persona a punto de morir necesita sobre todo que le demuestren un amor tan incondicional como sea posible, libre de toda expectativa. No crea usted que ha de ser experto en nada. Sea natural, sea usted mismo, sea un verdadero amigo, y la persona moribunda tendrá la seguridad de que está usted realmente con ella, comunicándose con sencillez y de igual a igual, como un ser humano con otro.
He dicho que «una persona a punto de morir necesita que le demuestren amor incondicional», pero en algunas situaciones eso no es nada fácil. Es posible que tengamos una larga historia de sufrimiento con esa persona, es posible que nos sintamos culpables por lo que le hicimos en el pasado, o enojados y resentidos por lo que nos hizo ella.
Así pues, permítame que le proponga dos maneras muy sencillas de liberar el amor que siente en su interior hacia el moribundo. Yo mismo y aquellos de mis alumnos que trabajan con moribundos hemos comprobado que las dos son poderosas.
La primera, mire al moribundo que tiene delante y piense que es igual que usted, con las mismas necesidades, el mismo deseo fundamental de ser feliz y evitar el sufrimiento, la misma soledad, el mismo miedo a lo desconocido, las mismas zonas secretas de tristeza, los mismos sentimientos de impotencia reconocidos sólo a medias. Descubrirá usted que si realmente hace esto, se le abrirá el corazón hacia esa persona y el amor se hará presente entre los dos.
La segunda manera, y he comprobado que es aún más eficaz, consiste en ponerse en el lugar de la persona moribunda, directamente y sin arredrarse. Imagínese que es usted quien está en esa cama afrontando la muerte. Y entonces pregúntese seriamente: Qué es lo que más necesitaría? ¿Qué me gustaría más? ¿Qué desearía realmente del amigo que ha venido a verme?
Si realiza estas dos prácticas, creo que descubrirá que lo que quiere el moribundo es lo que usted más querría: ser verdaderamente amado y aceptado.
También he visto a menudo que las personas que están muy enfermas anhelan que las toquen, anhelan que las traten como a personas vivas y no como enfermedades. Puede darse mucho consuelo a los enfermos sencillamente tocándoles las manos, mirándoles a los ojos, dándoles un suave masaje, acunándolos entre los brazos o respirando suavemente al mismo ritmo que ellos. El cuerpo tiene su propio lenguaje de amor; utilícelo sin temor y descubrirá que ofrece solaz y consuelo al moribundo.
Muchas veces olvidamos que los moribundos están perdiendo todo su mundo: su casa, su trabajo, su familia, sus amistades, su cuerpo y su mente. Lo están perdiendo todo. Cuando morimos, todas las pérdidas que podríamos experimentar en la vida se combinan en una sola pérdida abrumadora, de modo que ¿Cómo se nos puede ocurrir que una persona que está a punto de morir no ha de sentirse a veces triste, a veces aterrorizada, a veces colérica? Elisabeth Kübler-Ross señala cinco fases en el proceso de aceptación de la muerte: rechazo, rabia, regateo, depresión y aceptación. Naturalmente, no todo el mundo pasa por todas estas fases, ni necesariamente por este orden; para algunas personas, el camino a la aceptación puede ser larguísimo y espinoso, y otras quizá no la acepten jamás. Nuestra cultura no hace gran cosa por dar a la gente una verdadera perspectiva sobre sus pensamientos, emociones y experiencias, y muchas personas que se encuentran ante la muerte y su desafío final se sienten engañadas por su propia ignorancia y terriblemente frustradas y enfadadas, sobre todo al comprobar que, por lo visto, nadie tiene interés en comprenderlas ni en comprender sus más sentidas necesidades. Cicely Saunders, la gran pionera del movimiento de los hospicios, escribe: «Una vez le pregunté a un hombre que sabía que estaba muriéndose qué era lo que más necesitaba de las personas que lo atendían. Respondió: "Que alguien se comporte como si intentara comprenderme". Ciertamente, es imposible comprender del todo a otra persona, pero no he podido olvidar que aquel hombre no pedía el éxito, sino sólo que alguien se interesara lo suficiente para intentarlo».
Es esencial que nos interesemos lo suficiente para intentarlo, y que transmitamos a esa persona la seguridad de que todo lo que pueda sentir, toda su rabia o frustración, es normal. La muerte saca a la luz muchas emociones reprimidas: tristeza, insensibilidad, culpa, e incluso envidia de que quienes aún están sanos. Ayude a la persona a no reprimir esas emociones cuando se presenten. Esté a su lado cuando rompan las oleadas de dolor y aflicción; con aceptación, tiempo y paciente comprensión, las emociones se apaciguan poco a poco y devuelven al moribundo a ese terreno de serenidad, calma y cordura que es lo más profunda y verdaderamente suyo.
No quiera ser demasiado sabio; no intente decir siempre algo profundo. No tiene que hacer ni decir nada para que las cosas mejoren. Sólo ha de estar allí tan plenamente presente como pueda. Y si experimenta usted mucho miedo y ansiedad y no sabe qué hacer, dígaselo sinceramente al moribundo y pídale ayuda. Esa sinceridad contribuirá a una mayor intimidad y a establecer una comunicación más libre. A veces los moribundos saben mucho mejor que nosotros cómo se les puede ayudar, y hemos de saber recurrir a su sabiduría y permitir que nos transmitan lo que saben. Cicely Saunders nos pide que recordemos que, cuando estamos con un moribundo, no somos los únicos que damos. «Tarde o temprano, todos los que trabajan con moribundos se dan cuenta de que están recibiendo mucho más de lo que dan, pues encuentran aguante, valentía y muchas veces humor. Eso tenemos que decírselo...» A menudo el moribundo se siente inspirado si nos oye expresar el reconocimiento de su valentía.
También he podido comprobar que me es útil recordar una cosa: que la persona en trance de muerte que tengo delante es siempre, en algún lugar, inherentemente buena. Surja la rabia o la emoción que surja, por repugnante u horrorosa que pueda ser en el momento, si nos concentramos en esa bondad interior conseguiremos el control y la perspectiva necesarias para ser lo más útiles posible. Así como puede pelearse con un buen amigo, pero no por eso olvida sus mejores cualidades, haga lo mismo con el moribundo: no lo juzgue por las emociones que puedan presentarse. Esa aceptación por su parte dejará el moribundo en libertad de mostrarse tan desinhibido como tenga necesidad. Trate a los moribundos como si fueran lo que a veces pueden ser: sinceros, llenos de amor y generosos.
En un plano espiritual más profundo, me sirve muchísimo tener presente siempre que el moribundo tiene la verdadera naturaleza de buda, tanto si se da cuenta de ello como si no, y la posibilidad de Iluminación completa. A medida que el moribundo se va acercando al momento de la muerte, esta posibilidad es, en muchos aspectos, mayor aún. Así que todavía merece mayor atención y respeto.
DECIR LA VERDAD
A menudo me preguntan: «¿Hay que decirle a la persona que se está muriendo?». Y yo respondo siempre: «Sí, de la manera más serena, más afectuosa, más sensible y más hábil posible». Mis años de visitar a enfermos y moribundos me hacen estar de acuerdo con Elisabeth Kübler-Ross, quien ha observado que: «La mayoría de los enfermos, si no todos, se enteran igualmente. Lo notan por el cambio en la atención, por la forma diferente en que la gente se dirige a ellos, por las voces bajas y la evitación de ruidos, por la cara llorosa o apesadumbrada y seria de uno o varios familiares que no logran disimular sus verdaderos sentimientos»."
Con frecuencia he comprobado que la persona sabe instintivamente que se está muriendo, pero espera que los otros, el médico o sus seres queridos, se lo confirmen. Si no lo hacen, el moribundo puede creer que eso se debe a que sus familiares no son capaces de enfrentarse a la situación, y entonces se abstiene de abordar el tema. Esa falta de sinceridad sólo lo hace sentirse más aislado y más angustiado. Creo que es esencial decirle la verdad al moribundo; es lo mínimo que se merece. Si no les decimos la verdad a los moribundos, ¿Cómo podrán prepararse para la muerte? ¿Cómo podrán llevar las relaciones de su vida a una conclusión verdadera? ¿Cómo podrán atender a los numerosos asuntos prácticos que deben resolver? ¿Cómo podrán ayudar a los que quedan atrás y han de seguir viviendo después de su partida?
Desde mi punto de vista de practicante espiritual, creo que la proximidad de la muerte es una gran oportunidad para que las personas lleguen a un entendimiento con su propia vida, y he visto a muchas, muchas personas aprovechar esta oportunidad, del modo más inspirador, para transformarse y acercarse más a su propia verdad profunda. Así, al comunicarle a la persona con afecto y sensibilidad, y en la primera ocasión conveniente, que va a morir pronto, en realidad se le da la oportunidad de prepararse y de encontrar sus propios poderes de fortaleza y el sentido de su vida.
Permítame que le cuente una historia que me explicó la hermana Brigid, una monja católica que trabajaba en un hospicio irlandés. El señor Murphy pasaba de los sesenta años cuando el médico les anunció, a él y a su esposa, que no le quedaba mucho tiempo de vida. Al día siguiente, la señora Murphy fue a visitar a su marido al hospicio y se pasaron el día hablando y llorando. Durante tres días la hermana Brigid vio hablar a la pareja de ancianos y romper con frecuencia en llanto, hasta que empezó a pensar si no debería intervenir. Sin embargo, al día siguiente los Murphy se mostraron de pronto muy relajados y serenos, cogidos de la manos y dándose grandes muestras de ternura.
La hermana Brigid paró a la señora Murphy en el pasillo y le preguntó qué había ocurrido entre los dos que justificara aquel cambio tan notable de comportamiento. La señora Murphy le explicó que, al saber que su marido iba a morir, repasaron todos los años que habían vivido juntos y les vinieron muchos recuerdos. Llevaban casi cuarenta años casados, y naturalmente sintieron una enorme pena al pensar y al hablar de todas las cosas que ya nunca más podrían hacer juntos. A continuación, el señor Murphy redactó el testamento y escribió sus últimos mensajes a sus hijos ya adultos. Todo ello resultó muy triste, pues se hacía difícil dejar de aferrarse, pero siguieron adelante porque el señor Murphy quería terminar bien su vida.
La hermana Brigid me contó que durante las tres semanas que vivió el señor Murphy, la pareja irradiaba paz y una sencilla y maravillosa sensación de amor. Aun después del fallecimiento de su marido, la señora Murphy siguió visitando a los pacientes del hospicio, donde era fuente de inspiración para todos.
Esta historia me demuestra la importancia de decirle al enfermo la verdad lo antes posible, y también la gran ventaja de afrontar con serenidad el dolor de la pérdida. Los Murphy sabían que iban a perder muchas cosas, pero al afrontar las pérdidas y afligirse juntos descubrieron lo que no podían perder, el profundo amor que había entre ellos y que permanecería tras la muerte del señor Murphy.
EL MIEDO A MORIR
Estoy seguro de que una de las cosas que ayudó a la señora Murphy a ayudar a su esposo fue que afrontó en su interior su propio miedo a la muerte. No podemos ayudar a un moribundo sin reconocer cómo nos afecta y perturba su miedo a morir, que hace aflorar nuestros más incómodos temores. Trabajar con moribundos es como tener delante un cruel y bruñido espejo de la propia realidad. En él vemos el rostro sin adornos de nuestro propio terror y miedo al dolor. Si no miramos y aceptamos ese
rostro del terror y el miedo en nosotros mismos, ¿Cómo podremos soportarlo en la persona que tenemos delante? Cuando vaya a tratar de asistir a los moribundos, tendrá que examinar todas sus reacciones, puesto que esas reacciones se reflejarán en las de la persona moribunda y contribuirán en gran medida a su beneficio o perjuicio.
Examinar sinceramente los propios miedos también nos ayuda en nuestro viaje hacia la madurez. A veces pienso que no puede haber una manera más eficaz de acelerar nuestro crecimiento como seres humanos que trabajar con moribundos. Atender a moribundos constituye de por sí una profunda contemplación y reflexión sobre la propia muerte. Es una manera de afrontarla y trabajar con ella. Cuando se trabaja con moribundos se puede llegar a una especie de resolución, una comprensión clara de cuál es el foco más importante de la vida. Aprender a asistir realmente a quienes están muriendo es empezar a volvernos libres de temores y responsables respecto al propio morir, y a encontrar en nosotros los comienzos de una compasión ilimitada que acaso no sospechábamos.
Ser conscientes de nuestros propios temores acerca de la muerte nos ayudará en gran medida a ser conscientes de los temores del moribundo. Imagínese profundamente lo que pueden ser esos temores: miedo a un dolor cada vez más fuerte e incontrolable, miedo a sufrir, miedo a la indignidad, miedo a la dependencia, miedo a la separación de todo lo que amamos, miedo a perder el control, miedo a perder el respeto... Quizás el mayor de todos sea el miedo al propio miedo, que se vuelve más y más poderoso cuanto más lo esquivamos.
Por lo general, cuando una persona tiene miedo se siente aislada y sola, sin compañía. Pero si alguien le hace compañía y le habla de sus propios miedos, se da cuenta de que el miedo es universal, y eso le quita el filo de dolor personal. Sus miedos vuelven de nuevo al contexto humano y universal. Entonces la persona puede comprender, ser más compasiva y afrontar sus propios miedos de una manera mucho más positiva e inspiradora.
A medida que aprenda a afrontar y aceptar sus propios miedos, se volverá cada vez más sensible a los de la persona que tiene delante, y comprobará que se le agudiza la inteligencia y la intuición para ayudar a esa persona a exponer abiertamente sus temores, afrontarlos y empezar a disolverlos hábilmente. Pues afrontar sus miedos, como verá, no sólo le hará más compasivo, más valiente y más claro; también le volverá más hábil, y esa habilidad lo abrirá a toda clase de maneras de ayudar a la persona moribunda a entenderse y enfrentarse consigo misma.
Uno de los temores que más fácilmente podemos disipar es la inquietud que a todos nos produce la idea de padecer intensos dolores en el proceso de morir. Me gustaría pensar que todas las personas del mundo están en condiciones de saber que eso hoy no es necesario. El sufrimiento físico debe reducirse al mínimo; ya hay bastante sufrimiento en la muerte de por sí. Un estudio realizado en el Hospicio de St. Christopher de Londres, lugar que conozco bien y en el que han muerto alumnos míos, ha demostrado que, contando con la atención adecuada, el 98 por ciento de los pacientes puede tener una muerte pacífica. El movimiento de los hospicios ha desarrollado diversos métodos para controlar el dolor mediante varias combinaciones de medicamentos, y no sencillamente narcóticos. Los maestros budistas hablan de la necesidad de morir consciente, con un dominio mental tan lúcido, nítido y sereno como sea posible. Para ello, el primer requisito es controlar el dolor sin enturbiar la conciencia del moribundo, y hoy en día eso puede hacerse. Todo el mundo debería tener derecho a esa sencilla ayuda en ese agotador momento de tránsito.
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