domingo, 30 de julio de 2017

La ley del éxito Paramahansa yogananda


Como lograr prosperidad, salud y felicidad mediante el poder del espíritu.


“aquel que busca a dios es el más sabio de los hombres; quien le ha encontrado es el más exitoso entre todos.”

Lo noble y nuevo

Canta canciones que nadie ha cantado,
Alberga pensamientos que nadie ha concebido,
Camina por senderos que nadie ha transitado,
Derrama lágrimas por dios como nadie ha vertido,
Brinda paz a quienes ha brindado,
Reclama como tuyo a quien en todas partes es repudiado.
Ama con un amor que nadie ha sentido,
Y afronta la batalla de la vida con brío renovado.

Mi derecho divino de nacimiento

Fui creado a imagen de dios y lo buscaré primeramente, asegurándome de establecer verdadero contacto con él; después, si es su voluntad, pueda todo lo demás –sabiduría,
abundancia, salud- ser añadido como parte de mi derecho divino de nacimiento.
Deseo obtener éxito sin medido, mas no de fuentes terrenales, sino de las manos de dios que todo lo poseen, que todo lo pueden, que todo lo dan.

La ley del éxito

¿es posible que exista algún poder capaz de revelarnos ocultas vetas de riquezas y tesoros insospechados? ¿existe alguna fuerza a la cual podamos recurrir en nuestra búsqueda de la salud, la felicidad y la iluminación espiritual? Los santos y sabios de la india afirman que tal poder existe. Ellos han demostrado la eficacia de los verdaderos principios espirituales, eficacia que puede ser también comprobada por cualquiera de nosotros, siempre que estemos dispuestos a estudiarlos y aplicarlos objetivamente.

Tu éxito en la vida no depende solamente de tu habilidad y entrenamiento personal, sino también de tu decisión para aprovechar las oportunidades que se te presentan. Las oportunidades se crean en la vida; ellas no vienen por azar. Todas las oportunidades que surgen en tu sendero han sido creadas por ti mismo, ya sea en la actualidad o en el pasado; un pasado que incluye tus vidas anteriores. Puesto que tú mismo te has ganado dichas oportunidades, has de aprovecharlas al máximo.

Si haces uso de todos los medios externos accesibles, así como también de tus habilidades naturales para vencer cada obstáculo que se presente en tu sendero, desarrollarás los poderes que dios te ha otorgado: poderes ilimitados, que fluyen de los potenciales más íntimos de tu ser. Posees el poder de pensar y el poder de la voluntad: ¡utiliza al máximo tales dones divinos!

El poder del pensamiento

Tu manifiestas éxito o fracaso de acuerdo al curso habitual de tus pensamientos. ¿cuál es en ti la tendencia más fuerte: los pensamientos de éxito o los de fracaso? Si tu mente se encuentra por lo general en un estado negativo, un pensamiento positivo ocasional no será suficiente para atraer el éxito. Pero si piensas en forma correcta, llegarás a la meta aun cuando parezca que te envuelven las tinieblas.

Tu mismo eres el único responsable de tu destino. Nadie más responderá por tus acciones cuando llegue el momento del juicio final. Tu labor en el mundo –en la esfera en la cual te ha colocado tu propio karma, es decir, el efecto de tus acciones pasadas- no puede ser desarrollada sino por una sola persona: tu mismo. Y tu trabajo puede ser llamado, en verdad, un “éxito”, únicamente en la medida en que haya servido en alguna forma a tu prójimo.

No es aconsejable revisar mentalmente un determinado problema en forma constante. Conviene dejarlo descansar ocasionalmente, dándole así tiempo para que se aclare por sí mismo; pero cuida de que tú no descanses en forma prolongada que llegues a olvidarte completamente de discernir. Aprovecha, más bien, dichos períodos de reposo para profundizar más en tu interior, sumergiéndote en la honda paz de tu íntimo ser. Entonces, una vez que estés en armonía con tu propia alma, serás capaz de analizar todas tus acciones;  si adviertes que tus pensamientos o tus obras se han desviado de la meta, podrás corregir su dirección. Este poder de divina “sintonización” (o harmonización) puede desarrollarse a través de la práctica y del esfuerzo.

La voluntad es el motor

Para triunfar en cualquier empresa, además de mantener tus pensamientos en un nivel positivo, debes emplear paralelamente el poder de la voluntad y una actividad continua.

Todo el mundo de las manifestaciones externas no es sino el producto de la voluntad; mas dicho poder no siempre es empleado en forma consciente. Así como existe una voluntad consciente, existe también una voluntad mecánica. El motor de todos tus poderes es la volición, la “fuerza de voluntad”. Sin ella no puedes caminar, conversar, trabajar, pensar o sentir. La voluntad es, pues, la fuente de donde brotan todas tus acciones. Si quisieras suspender el ejercicio de la voluntad, seria preciso que permanecieses tanto física como mentalmente en la inactividad más absoluta, ya que en el mero acto de mover una mano, por ejemplo, estas haciendo uso de la voluntad. De hecho es imposible vivir sin hacer uso de esta fuerza.

La voluntad mecánica consiste en el empleo del poder la voluntad en forma inconsciente. La voluntad consciente es una fuerza vital que se acompaña siempre de determinación y de esfuerzo; es un motor que te entrenas en ejercer la voluntad en forma consciente, y no mecánica, debes paralelamente asegurarte de que los objetivos perseguidos por tal voluntad sean constructivos y valiosos.

Con el objeto de desarrollar el poder dinámico de la voluntad, es útil proponerse realizar alguna de las cosas que te hayan parecido irrealizables hasta aquí, comenzando primero por las más simples; luego, a medida que tu confianza se fortalece y tu voluntad se torna mas dinámica, puedes intentar realizaciones más difíciles. Una vez que estés seguro de haber elegido bien tu meta, no debes aceptar por ningún motivo someterte al fracaso. Ha de
dedicarse toda la fuerza de la voluntad a la consecución de un solo objetivo a la vez, sin dejar jamás algo a medio acabar para emprender algo nuevo; se evita así la dispersión de energías.

Puedes controlar tu destino

La mente es la creadora de todo. Es por ello que deberías dirigir tu mente en tal forma que solo cree el bien. Si te aferras a un determinado pensamiento, aplicando en ello tu fuerza de voluntad dinámica, dicho pensamiento llegara finalmente a manifestarse en forma externa y tangible. Y es así que, cuando eres capaz de utilizar tu voluntad con fines únicamente constructivos, te conviertes en el amo de tu propio destino.

Se han mencionado recientemente tres importantes vías a través de las cuales es posible activar la voluntad, tornando la verdaderamente dinámica:
 1)elige una tarea sencilla o alguna actividad que jamás hayas dominado bien, y proponte desarrollarla en forma exitosa.
2) asegúrate de que tu elección haya recaído sobre algo factible y constructivo a la vez, rechazando toda idea de fracaso.
3) concéntrate en un solo objetivo, aplicando todas tus
capacidades y aprovechando cuanta oportunidad se te presente para materializar tu propósito.

Mas debes siempre procurar obtener la certeza interior –nacida de la serena profundidad de tu mas intimo ser- de que lo que persigues es algo correcto, que te conviene conseguir, y que esta de acuerdo con los designios divinos. Una vez obtenida dicha seguridad, puedes entonces aplicar toda la fuerza de tu voluntad para alcanzar tu objetivo, pero manteniendo siempre tus pensamientos concentrados en dios: la fuente suprema de todo poder y de toda realización.

El temor agota la energía vital

El cerebro humano es un almacén de energía. Dicha energía esta siendo constantemente utilizada en los movimientos musculares, en el trabajo del corazón, los pulmones y el diafragma, en el metabolismo de las células tisulares y sanguíneas y en la labor del sistema telefónico sensitivo-motor de los nervios. Además de todo esto, una tremenda cantidad de energía vital se consume en todos los procesos intelectuales, emotivos y volitivos.

El temor agota la energía vital; este es uno de los mayores enemigos de la fuerza de voluntad dinámica. La fuerza vital que fluye habitualmente a través de los nervios en forma constante, es exprimida de ellos de tal manera a causa del temor, que los nervios mismos se comportan como si estuviesen paralizados, y la vitalidad de todo el cuerpo se reduce. El temor no te ayuda alejarte del objeto que lo provoca, sino que solamente debilita tu fuerza de voluntad. Urgido por el temor, el cerebro genera un impulso inhibidor que actúa sobre todos los órganos del cuerpo, constriñendo el corazón, interrumpiendo las funciones digestivas, y provocando numerosas otras perturbaciones físicas. Cuando se mantiene la conciencia enfocada en dios, no se puede abrigar temor alguno; se dispone entonces la capacidad para vencer todos los obstáculos, a través del valor y la fe.

Un “deseo” es una aspiración carente de energía. Un deseo puede o no ser seguido de una intención, esto es, del proyecto de realizar algo concreto, de satisfacer, de hecho, un determinado anhelo. Mas querer significa decir:“trabajo y trabajare siempre, hasta que consiga cumplir mi deseo”. Toda vez que ejerces tu fuerza de voluntad, pones en acción el poder de la energía vital; mas no sucede así cuando deseas en forma meramente pasiva el poder conquistar un determinado objetivo.

Los fracasos deberían incitar a la determinación

Incluso los fracasos deberían actuar como estimulantes sobre tu fuerza de voluntad y sobre tu crecimiento material y espiritual. Toda vez que se ha fracasado en cualquier proyecto, es conveniente analizar cada factor en la situación, con el objeto de eliminar toda posibilidad futura de repetir los mismos errores.

La estación del fracaso es el periodo mas propicio para sembrar las semillas del éxito. Aun cuando seas azotado por el látigo de las circunstancias, mantén la cabeza erguida. No importa cuantas veces hayas fracasado, trata siempre una vez más. Aun cuando creas que ya no podrás continuar luchando, o que has hecho ya todo cuanto podías, lucha siempre, hasta que tus esfuerzos se vean coronados por el éxito. Un breve relato aclarara el punto anterior.
A y b se encontraban luchando. Al cabo de un largo tiempo, a se dijo a sí mismo: “un momento mas, y caeré desplomado”, mas, simultáneamente b pensaba: ¡”solo un golpe mas, y habré triunfado!” Y, asestándolo, vio como a se desplomaba. Así debes ser tu: asesta siempre ese golpe final. Utiliza el invencible poder de la voluntad para superar todas las dificultades de la vida.

Cuando, luego de un fracaso, reinicias tus esfuerzos con renovados bríos, tales esfuerzos son verdaderos agentes de crecimiento; mas para que den fruto, deben estar bien planeados e imbuidos de una fuerza de voluntad dinámica y de una atención siempre creciente.

Supone que has fracasado hasta el presente. Seria necio, entonces, aceptar el fracaso como un decreto del “destino”. Es preferible morir luchando, antes que abandonar tus esfuerzos mientras exista aun una posibilidad de realizar algo más; pues, incluso cuando llegue la muerte, pronto deberás reiniciar tu lucha en otra vida. Tanto el éxito como el fracaso no son sino los justos resultados de tus obras pasadas, mas tus obras actuales. De modo que deberías estimular todos los pensamientos de éxito de tus vidas pasadas, hasta que, una vez revitalizados, se tornen capaces de dominar la influencia de todas las tendencias al fracaso que existan en tu vida presente.

La diferencia entre un hombre de éxito y un hombre fracasado no reside en la cantidad o magnitud de las dificultades con que se han enfrentado ambos, sino en que el primero, aun cuando haya afrontado quizás mayores dificultades, ha dominado el arte de rechazar siempre toda idea de fracaso. Deberías transferir tu atención del fracaso al éxito, de las preocupaciones a la calma, de las divagaciones mentales a la concentración, de la inquietud
a la paz, y de la paz a la divina dicha interior. Cuando alcances este ultimo estado de realización del ser, habrás cumplido gloriosamente con el propósito de tu vida.

La necesidad del autoanalisis

Otro secreto del progreso consiste en el autoanálisis. La introspección es un espejo en el cual te es posible contemplar algunos recodos de tu mente; sin su practica, estos permanecerían ocultos a tu vista. Diagnostica la causa de tus fracasos y – haciendo un balance de tus buenas y malas tendencias- analiza lo que eres, lo que deseas llegar a ser, y cuales con los defectos que te lo impiden. Determina primero cual ha de ser la verdadera naturaleza de tu obra personal –es decir, cual es tu misión en la vida- para aplicarte luego a la tarea de transfórmarte en lo que deberías y quieres ser. A medida que tu mente se mantenga cada vez mas enfocada en dios, y te sintonices así con su voluntad, progresaras en tu sendero con una seguridad cada vez mayor.

Aun cuando tu propósito fundamental consiste en encontrar tu camino de regreso hacia dios, tienes que desempeñar también una determinada labor en el mundo exterior. Y es la voluntad, combinada con la iniciativa, lo que te ayudara a reconocer y cumplir dicha labor.

El poder creador de la iniciativa

¿en que consiste la iniciativa? Ella es una intima facultad creadora, una chispa del creador infinito en tu interior. Es ella quien te dota del poder de crear algo que nadie ha creado jamás, impulsándote a realizar las cosas en una forma nueva, original. Si observas las obras de un individuo de iniciativa, te parecerán tan espectaculares como un meteorito. Creando algo a partir aparentemente de la nada, dicha persona te demuestra lo que parece imposible puede tornarse posible, a través del empleo personal del tremendo poder inventivo del espíritu. La iniciativa te capacita para pararte sobre tus propios pies, libre e independiente; es uno de los atributos del éxito.

Contempla la imagen de dios en todos los hombres

Muchos son los que suelen justificar sus propias faltas, mas juzgan duramente las ajenas; deberíamos invertir tal actitud, excusando los defectos de los demás, mas examinando crudamente los propios.

Puede que, en determinadas ocasiones, sea indispensable analizar a otras personas; en tal caso, lo importante es recordar que, en el acto del análisis, debes mantener tu mente libre de todo prejuicio. Si sostienes un buen espejo firmemente en tus manos, reflejara los objetos que coloques ante él en forma fiel, sin distorsión alguna, asimismo una mente imparcial actúa como un perfecto espejo firmemente sujeto, en el cual se reflejan fielmente las imágenes de las personas, sin ser distorsionadas por las oscilaciones de los juicios precipitados.

Aprende a ver a dios en todos los hombres, independientemente de su raza o credo. Solo cuando comiences a sentir tu unidad con todo ser humano, conocerás que es, en verdad, el amor divino, y no antes. A través del servicio mutuo nos olvidamos de nuestro pequeño ser y vislumbramos al único ser infinito, al espíritu que une a todos los hombres.

Los hábitos del pensamiento controlan tu vida

Los hábitos tienen el poder de acelerar o de retardar el éxito. Son tus hábitos mentales cotidianos los que modelan tu vida; ella no se rige tanto por tus inspiraciones pasajeros o brillantes ideas. Los hábitos del pensamiento funcionan como imanes, atrayendo hacia ti determinados objetos, personas o condiciones. Los buenos hábitos del pensamiento te capacitan para atraerte diversos beneficios y oportunidades, mientras que los malos hábitos del pensamiento te atraen hacia personas de mentalidad materialista y hacia ambientes favorables.

Si aspiras a acabar con un mal habito, debilítalo primero evitando toda circunstancia tendiente a provocarlo o a estimularlo, mas evita concentrarte en él, en tu celo por evadirlo. Encauza luego tu mente hacia algún buen habito, cultivándolo en forma constante, hasta que se convierta definitivamente en parte de tu ser.

Hay en nuestro interior dos fuerzas opuestas, entregadas a una lucha constante. Una de ellas nos insta a hacer lo que no debiésemos, mientras que la otra nos urge a realizar lo debido, lo que parece difícil; una es la voz del mal, y la otra es la voz del bien, o de dios.

A través de duras lecciones cotidianas, algún día llegaras a ver claramente que los malos hábitos alimentan el árbol de los insaciables deseos materiales, mientras que los buenos hábitos alimentan el árbol de las aspiraciones espirituales. Deberías concentrar tus esfuerzos cada vez mas en desarrollar exitosamente el árbol de la espiritualidad, de modo que puedas algún día cosechar de el fruto maduro de la realización de tu verdadero ser.

Si eres capaz de liberarte de todo tipo de malos hábitos, y eres capaz de actuar correctamente porque te nace hacerlo – y no solamente con el objeto de evitar el dolor que acompaña a una mala acción- sabrás entonces que estas progresando de verdad en el espíritu.

Solamente cuando desechas de ti todos tus malos hábitos, eres verdaderamente libre. Tu alma jamás conocerá la libertad mientras no llegues a ser el verdadero amo de ti mismo, mientras no seas capaz de obligarte de realizar lo debido, aun cuando no lo desees. En este poder de autocontrol, yace la semilla de la libertad eterna.

Se han mencionado ya diversos importantes atributos del éxito: los pensamientos positivos, la voluntad dinámica, el autoanalisis, la iniciativa y el autocontrol. Numerosos libros populares destacan una o más de estas condiciones, mas no prestan atención alguna al poder divino que yace en fondo de todas ellas. La “sintonización” (harmonización) con la voluntad divina constituye el factor más importante para atraer al éxito.

El poder de la voluntad divina es la fuerza que mueve el cosmos y todo cuanto hay en él. Fue la voluntad de dios la que arrojo las estrellas en el espacio y es su voluntad la que sostiene a los planetas en sus orbitas, y dirige los ciclos de nacimiento, crecimiento y decadencia en todas las formas de la vida.

El poder de la voluntad divina

La voluntad divina no conoce fronteras; opera a través de las leyes tanto conocidas como desconocidas, tanto naturales como aparentemente sobrenaturales. Ella puede modificar el curso de un destino, resucitar a los muertos, arrojar montañas al mar, y crear nuevos sistemas solares.

El hombre, creado a imagen de dios, posee también en su interior esa misma omnipotente fuerza de voluntad. La suprema responsabilidad del hombre consiste en descubrir como mantenerse en harmonía con la volunta divina; y ello se logra a través de la practica de la meditación (1) en forma correcta.

(1) La meditación es aquel tipo especial de concentración en la cual la atención se ha liberado –mediante la aplicación de técnicas científicas de yoga- de la inquietud del estado en que se es consciente del cuerpo, para enfocarse totalmente en dios. Las lecciones de self-realization fellowship proporcionan instrucción detallada sobre esta ciencia de la meditación (nota del editor).

Cuando actúa guiada por el error, la voluntad humana nos extravía; mas cuando es guiada por la sabiduría, dicha voluntad humana se encuentra sintonizada con la voluntad divina. Dios abriga un plan para cada uno de nosotros, y si pudiésemos seguirlo fielmente, contaríamos con una guía interior que nos salvaría de los abismos de la desgracia; mas frecuentemente su plan se ve oscurecido por los conflictos de nuestra vida, y perdemos así dicha guía.

Dijo Jesús: “cúmplase tu voluntad”. Cuando el hombre sintoniza su voluntad con la voluntad de dios –la cual opera guiada por la sabiduría- el esta de hecho empleando la voluntad divina. Todos los hombres pueden llegar a alcanzar la harmonía perfecta con la voluntad del padre celestial. Por medio de la practica de las técnicas correctas de meditación, desarrolladas en la antigüedad por los sabios de la india.

Del océano de la abundancia

Tal como todo poder yace en la voluntad divina, así también todo don espiritual y material fluye de la inagotable fecundidad divina. Con el objeto de capacitarte para recibir los dones de dios, debes desterrar de tu mente toda idea de limitación y de pobreza. La mente universal es perfecta y no conoce carencia alguna: si deseas ponerte en contacto con tal infalible fuente de abastecimiento, debes mantener en tu mente una conciencia de abundancia, aun cuando no sepas de donde podrá llegarte el próximo centavo, evita toda aprehensión. Si realizas tu parte en la faena, confiando en que dios realizara la suya, descubrirás que misteriosas fuerzas vienen en tu ayuda, y que tus deseos constructivos se materializan prontamente. Semejante confianza, así como también una conciencia de abundancia, se logran por medio de la meditación.

Puesto que dios es la fuente de todo poder, paz y prosperidad, no persigas tus deseos ni te pongas en acción jamás, sin comulgar con el primero. Al proceder de esta forma, pondrás tanto tu voluntad como tu actividad en la disposición adecuada para conquistar las más altas metas. Tal como no puedes transmitir ningún mensaje a través de un micrófono arruinado, tampoco es posible emitir plegaria alguna mediante un micrófono mental descompuesto por la inquietud. Repara, por lo tanto, tu micrófono mental y aumenta la receptividad de tu intuición, por medio del ejercicio de una profunda calma interior; de esta forma te capacitaras tanto para transmitirle tus mensajes a dios de manera efectiva, como para recibir sus respuestas.

La vía de la meditación

Una vez que has reparado tu radio mental y te encuentras serenamente sintonizado con vibraciones constructivas, ¿cómo puedes hacer uso de dicho instrumento psicológico para ponerte en contacto con dios? El método correcto de meditación te aporta la vía.

A través del poder de la concentración y de la meditación, es posible encauzar el inagotable potencial de tu mente en tal forma que te conduzca hacia la materialización de tus deseos, protegiendo a la vez todas las puertas contra la entrada del fracaso. Todos los hombres y mujeres de éxito dedican un tiempo considerable a la concentración profunda. Ellos son capaces de sumergirse hondamente en el océano de sus propias mentes, descubriendo allí perlas de las soluciones correctas para los problemas que les preocupan. Si aprendes como retirar tu atención de todos los objetos de distracción, concentrándola por entero en un solo objeto, aprenderás también como atrae a voluntad todo cuanto necesites.
Antes de comprometerte en cualquier asunto de trascendencia, siéntate serenamente, aquieta tus sentidos y tus pensamientos, y medita profundamente; será guiado entonces por el gran poder creadora continuación, deberás emplear todos los medios materiales necesarios para conquistar tu meta.

No necesitas en tu vida sino solamente aquellos objetos que te servirán de ayuda en la realización de tu propósito fundamental. Todo aquello que tal vez deseas, mas no necesitas, puede desviarte de tal propósito. Solo se alcanza el éxito cuando se subordina todo lo demás en función de tu objetivo primordial.

El éxito se mide por la felicidad

Piensa detenidamente si acaso la conquista de la meta que has elegido te significara o no el éxito. ¿qué es lo que constituye el éxito? Si dispones, por ejemplo, de salud y de riquezas, mas tienes conflictos con todo el mundo –incluso contigo mismo- entonces tu vida no es ciertamente exitosa. Vana se vuelve tu existencia cuando no puedes encontrar en ella la felicidad. Cuando pierdes tu fortuna, has perdido poco; cuando pierdes la salud, has perdido algo de mayor trascendencia; mas cuando pierdes tu paz mental, entonces has perdido, en verdad, el mayor tesoro.

El éxito, por lo tanto, debería medirse por el criterio de la felicidad, es decir, por tu capacidad para permanecer en serena harmonía con las leyes del cosmos. No es posible medir correctamente el éxito aplicando los barómetros mundanos de la riqueza, el prestigio y el poder, ya que ninguno de ellos garantiza la felicidad, salvo que sean empleados en forma correcta. Y para poder hacer un uso correcto de tales dones, debemos poseer sabiduría, y amar a dios y a los hombres.

Dios no te premia ni te castiga. El te ha dotado del poder de autopremiarte o de autocastigarte, por medio del uso o abuso que hagas de tu propia razón y de tu fuerza de voluntad. Cuando se trasgreden las leyes de la salud, la prosperidad y la sabiduría, inevitablemente se debe sufrir la enfermedad, la pobreza y la ignorancia. Así pues, deberías fortalecer tu mente, y rehusar continuar soportando la carga de tus propias debilidades psicológicas o morales, adquiridas en el pasado: quémalas en el fuego de tus divinas resoluciones presentes y de tus buenas obras actuales; a través de esta constructiva actitud, alcanzaras la libertad.

La felicidad depende en cierto grado de las condiciones externas, pero, fundamentalmente, de nuestras actitudes mentales. Para ser felices deberíamos poseer buena salud, una mente equilibrada, una vida próspera, un trabajo adecuado, un corazón agradecido y, sobre todo, sabiduría o conocimiento de dios.

Si adoptas la firme resolución de ser feliz, ello te ayudara. No esperes que las circunstancias se modifiquen, pensando erróneamente que es en ellas en donde yace el problema. No hagas de la infelicidad un habito crónico, afligiendo así a quienes te rodean y a ti mismo. El hecho de que seas feliz constituye una verdadera bendición, tanto para ti mismo como para los demás. Si posees la felicidad, lo posees todo; ser feliz es estar en harmonía con dios. Tal capacidad de ser feliz viene a través de la meditación.

Permite que el poder de Dios guié tus esfuerzos

Pon en acción el poder que ya tienes, empleándolo en propósitos constructivos, y desarrollaras así mayor poder. Avanza en tu sendero con una actitud de inquebrantable determinación, empleando todos los atributos del éxito en tu empresa. Sintonízate con el poder creador del espíritu. Estarás entonces en contacto con la inteligencia infinita, capaz de guiarte y de resolver todos los problemas. Así, desde la dinámica fuente de tu ser, manara un interrumpido flujo de poder que te capacitara para desempeñarte en forma creativa en cualquiera esfera de actividad.

Antes de decidir cualquier asunto de trascendencia, siéntate en silencio, pidiéndole al padre su bendición. Si obras así, en el fondo de tu mente, estará su mente; y en el fondo de tu voluntad, su voluntad. No puedes fracasar si dios trabaja contigo; y cuando así sucede, todas tus facultades aumentan su poder. Cada vez que realizas tu trabajo con la idea de servir a dios, recibes sus bendiciones.

Aun cuando tu trabajo en esta vida sea humilde, no te sientas obligado a justificarte por ello; siéntete mas bien orgulloso de estar cumpliendo con la tarea que el padre te ha dado. El te necesita en tu lugar particular, no todos pueden desempeñar el mismo papel. Mientras trabajes con el objeto de complacer a dios, todas las fuerzas cósmicas colaboraran armoniosamente contigo.

Cuando convenzas a dios de que le deseas a él por encima de todo, estarás en armonía con su voluntad. Cuando continúas buscándole, a pesar de todos los obstáculos que surgen a tu paso para alejarte de él, estas la voluntad humana en su forma mas altamente constructiva.
Y es en esta forma como pondrás en acción la ley del éxito, conocida por los sabios de la antigüedad, y comprendida por todo ser humano que haya alcanzado el verdadero éxito. El poder divino esta en tus manos, si realizas un decidido esfuerzo por hacer uso de él para alcanzar la salud, la felicidad y la paz. En la medida en que abarque estas metas en tu vida, avanzaras ciertamente por el camino de la autorrealización (o realización de tu ser espiritual), hacia tu verdadera morada en el señor.


Afirmación


Padre celestial, yo razonare, ejercere mi voluntad y actuare, mas te pido que seas tu, padre celestial, quien guié siempre mi razón, mi voluntad y mi acción, hacia la meta correcta.



lunes, 24 de julio de 2017

EL MÉTODO DE NEVILLE




Sin embargo, esta simple fórmula para cambiar el futuro, la cual fue descubierta por los ancianos maestros y dada a nosotros en la Biblia, puede ser probada por todos.
El primer paso en cambiar el futuro es el Deseo, eso es, definir tu objetivo, saber definitivamente qué deseas.
Segundo: construir un evento que creas que podrías encontrar SIGUIENDO el cumplimiento de tu deseo, un evento que implique el cumplimiento de tu deseo, algo que tendrá la acción predominante del mismo.
El tercer paso es inmovilizar el cuerpo físico e inducir un estado similar al de dormir. Entonces mentalmente sentirse justo en la acción propuesta, imagina mientras tanto que estás realmente haciendo la acción AQUÍ Y AHORA. Debes participar en la acción imaginaria, no meramente apartarte y mirar, sino SENTIR que estás realmente haciendo la acción, tal que la sensación imaginaria sea real para ti.
Es importante siempre recordar que la acción propuesta debe ser una que SIGA el cumplimiento de tu deseo, una que implique satisfacción. Por ejemplo, supón que deseas una promoción en la oficina. Entonces ser felicitado sería un evento que encontrarías siguiendo el cumplimiento de tu deseo.
Habiendo elegido esta acción como la que experimentarás en la imaginación para implicar una promoción en la oficina, inmoviliza tu cuerpo físico e induce un estado cercano al sueño, un estado somnoliento, pero uno en el cual aún eres capaz de controlar la dirección de tus pensamientos, un estado en el cual estás atento sin esfuerzo. Entonces visualiza a un amigo parado delante tuyo. Pon tu mano imaginaria en la suya. Siéntela sólida y real, y sigue una conversación imaginaria con él en armonía con el SENTIMIENTO DE HABER SIDO PROMOVIDO.
No te visualizas distante en un punto del espacio ni distante en un punto del tiempo siendo felicitado por tu buena suerte. Más bien, HACES que el lugar sea AQUÍ y el futuro AHORA. La diferencia entre SENTIRTE en acción, aquí y ahora, y visualizarte en acción, como si estuvieras en una pantalla de cine, es la diferencia entre el éxito y el fracaso.
La diferencia será apreciada si ahora te visualizas a ti mismo subiendo una escalera. Entonces, con los ojos cerrados imagina una escalera justo delante tuyo y SIÉNTETE REALMENTE SUBIÉNDOLA.
La experiencia me ha enseñado a restringir la acción imaginaria que implica la satisfacción del deseo, a condensar la idea en un solo acto y recrearlo una y otra vez hasta alcanzar la sensación de realidad. De otra manera, tu atención vagará hacia un camino asociado y una gran cantidad de imágenes asociadas serán presentadas a tu atención, y en unos pocos segundos te llevarán cientos de millas lejos de tu objetivo en el punto del espacio y años lejos en el punto del tiempo.
Si decides subir un tramo particular de escaleras, porque ese es el evento probable que sigue el cumplimiento de tu deseo, entonces debes restringir la acción a subir ese tramo particular de escaleras. Si tu atención se desvía, tráela de regreso a la tarea de subir ese tramo de escaleras y sigue haciéndolo hasta que la acción imaginaria tenga toda la solidez y particularidad de la realidad.
La idea debe ser mantenida en la mente sin un esfuerzo sensible de tu parte. Debes, con el mínimo de esfuerzo permear la mente con el sentimiento del deseo cumplido.
El adormilamiento facilita el cambio porque favorece la atención sin esfuerzo, pero no debe ser empujado al estado de sueño en el cual ya no eres capaz de controlar los movimientos de tu atención. Sino un grado moderado de adormilamiento en el cual aún eres capaz de dirigir tus pensamientos.
Una manera muy efectiva de encarnar un deseo es asumir el sentimiento del deseo cumplido y entonces, en un estado somnoliento y relajado, repetir una y otra vez como una canción de cuna, cualquier frase corta que implique la satisfacción de tu deseo, tal como, “Gracias, gracias, gracias” como si lo dirigieras a un poder superior por haberte dado aquello que deseas.
Sé que cuando este curso termine el viernes muchos de ustedes aquí serán capaces de decirme que han cumplido sus objetivos. Hace dos semanas dejé el escenario y fui a la puerta a estrechar la mano de gente de la audiencia. Estoy seguro al decir que al menos 35 personas de una clase de 135 me dijeron que lo que deseaban cuando se unieron a la clase ya lo tenían realizado. Esto ocurrió hace solo dos semanas. No hice nada para que pasara excepto darles esta técnica de oración. No necesitas hacer nada para que ocurra excepto aplicar esta técnica de oración.
Con tus ojos cerrados y tu cuerpo físico inmovilizado induce un estado similar al del sueño y entra en la acción como si fueras un actor haciendo la parte. Experimenta en imaginación lo que experimentarías en persona si estuvieras en posesión de tu objetivo. Haz que ese otro lugar sea AQUÍ y que entonces sea AHORA. Y tu yo mayor, usando un enfoque mayor utilizará todos los medios y los llamará buenos, lo que tiende hacia la producción de aquello que has asumido.
Estás aliviado (eres libre) de toda responsabilidad de hacerlo así, porque cuando imaginas y sientes que es así, tu yo dimensionalmente mayor determina los medios. No pienses ni por un momento que alguien va a ser dañado para que ocurra, o que alguien va a ser decepcionado. No te corresponde, no es asunto tuyo. Debo conducir esto a casa. Muchos de nosotros, educados por distintas enseñanzas, estamos tan (demasiado) preocupados por el otro.
Preguntan, ‘¿Si obtengo lo que deseo no implicará daño para otro?’ Hay maneras que tú desconoces, así que no te preocupes.
Cierra tus ojos ahora porque vamos a estar en silencio por un largo rato. Pronto estarás tan perdido en contemplación, sintiendo que eres lo que deseas ser, que estarás totalmente inconsciente del hecho de que estás en este cuarto con otros.
Recibirás un shock cuando abras tus ojos y descubras que estamos aquí. Debería ser un shock cuando abras tus ojos y descubras que no eres en realidad aquello que hace un momento sentías que eras, o sentías que poseías. Ahora iremos a lo profundo.

PERIODO DE SILENCIO.........
…................................................

No necesito recordarte que ahora eres aquello que has asumido que eres. No lo discutas con nadie, ni contigo mismo. No puedes pensar en el CÓMO, cuándo sabes que ya ERES.
Tu razonamiento tridimensional, que es un razonamiento muy limitado en efecto no debería ser traído a este drama. No sabe. Lo que sentiste como verdadero es verdadero.
No permitas que ningún hombre te diga que no deberías tenerlo. Lo que sientes que tienes, lo tendrás. Y te prometo esto, después que hayas realizado tu objetivo, como reflejo tendrás que admitir que esta mente razonadora tuya nunca podría haber organizado el camino o la manera [para que se cumpliera el deseo].
Eres y tienes aquello en este mismo momento en que te lo apropiaste. No lo discutas. No mires a alguien buscando aliento porque la cosa podría no venir. Tiene que venir. Sigue con los negocios de tu Padre haciendo todo lo que haces normalmente y permite que estas cosas ocurran en tu mundo.


Neville Goddard

NOTAS PERSONALES DE UN ESTUDIANTE DE NEVILLE: Esta técnica de oración debe realizarse por lo menos una vez cada día hasta que nuestro deseo se haya manifestado completamente.
       Para saber si lo estamos haciendo correctamente hay 2 indicadores.
El primero es si llegamos a alcanzar la sensación de realidad de nuestro deseo cuando estamos perdidos en su contemplación.
El segundo indicador es cuando surge una emoción que recorre todo nuestro cuerpo y que gradualmente se hace más y más intensa a medida que sentimos nuestro deseo como real.
       Se puede dar por concluida la sesión cuando hayamos alcanzado la sensación de realidad de nuestro deseo, y/o surgió la emoción que recorre todo nuestro cuerpo y que gradualmente aumenta en intensidad, y en el momento en que nos sintamos completamente satisfechos por esos minutos de imaginación y visualización.
       Y ahora pon esto en práctica. Practicando es como mejorarás tu aplicación de este método. Porque recuerda que no hay mejor maestro que la experiencia y que aquello que se sabe pero que no se usa de nada sirve. Esta técnica funciona. Así que empieza a ordenar tu mundo y tu vida hoy mismo. Y no olvides compartirla con otros así como alguien la compartió contigo una vez.

NAMASTÉ

Traducido al español por Fernando C. Las notas personales han sido añadidas por José Manuel N.


domingo, 23 de julio de 2017

Libro - LAS FACULTADES SUPERIORES (MENTE Y ESPÍRITU) DE RODOLFO WALDO TRINE


1836-1958



PRÓLOGO DEL TRADUCTOR

Tengo por seguro que esta nueva obra del fervoroso apóstol del espiritualismo cristiano ha de
concentrarse cumplidamente con el temperamento psíquico de los millares de seres humanos que en todos los países anhelan el advenimiento de una nueva era que, disipando con sus luces de aurora las sombras del pasado, establezca en el mundo el imperio de la paz y la justicia sobre las ruinas de la guerra y la iniquidad.

Trata Trine en esta obra de las facultades superiores de la mente y del espíritu; pero más bien bajo el aspecto místico que el psicológico; no de una manera especulativa y abstracta, a estilo de lección de cátedra, sino desde el punto de vista de la aplicación práctica de las facultades superiores a la conducta particular de los individuos y a la colectiva de las naciones.

Quienes estén algo versados en psicología experimental o tengan afición a los estudios relacionados con esta ciencia, comprenderán desde luego que bajo la denominación de facultades superiores abarca Trine todas aquellas que, como la intuición, el discernimiento, el raciocinio, la previsión, la receptividad, la taumaturgia, la clarividencia y otras del mismo linaje, sólo están plenamente actualizadas en los hombres ya muy adelantados en su evolución, sea cual sea su estado social, que han reconocido la verdadera naturaleza de su ser y armonizan cumplidamente la divinidad individual con la humanidad personal.

Desde luego que no son multitud los hombres que han alcanzado tan altas cumbres de perfeccionamiento; pero es mayor de lo que pudiera creerse el número de quienes sinceramente se esfuerzan por llegar al superior nivel que en lontananza vislumbran y que seguramente alcanzarán si perseveran en sus esfuerzos.

De mucho auxilio les servirá en esta perseverancia la obra que Ralph Waldo Trine explana en las siguientes páginas, representándonos bajo un novísimo aspecto, iluminada por los fulgores del céntrico sol espiritual, la figura del divino Maestro, cuyas palabras, transcritas por la vehemente pluma del autor, adquieren valiosísimo significado; no descubierto por quienes sólo se fijan en la literalidad de las sentencias, máximas y consejos del sublime instructor galileo.

No emplea Trine copiosa argumentación para demostrar cuál fuese el propósito de Jesús el Cristo al revelar las nuevas verdades, o por mejor decir, la ampliación de las antiguas verdades en un sentido más a tono con el estado de conciencia y mentalidad de las gentes dispuestas a recibirlas y practicarlas.

Distingue Trine entre mente consciente y mente subconsciente, términos que pueden confundir a los no familiarizados con el tecnicismo psicológico, sobre todo si se tiene en cuenta que no se han puesto todavía de acuerdo los tratadistas para aceptar una nomenclatura uniforme que evite todo posible equívoco.

Sin embargo, con un poco de atención se echará de ver que mente consciente es, según Trine, aquélla actuación en que el ser humano tiene despierta conciencia de cuanto idealiza en la mente con el pensamiento en su mundo interior, y de cuanto por medio de los sentidos corporales percibe en el mundo exterior.

Mente subconsciente es en rigor la que sin depender mediatamente de la voluntad del individuo, preside las funciones orgánicas de nutrición y es susceptible de recibir la influencia de la mente consciente.
Así, por ejemplo, la circulación de la sangre, la respiración pulmonar, la transpiración cutánea, la digestión y asimilación de los alimentos se efectúan por virtud de la inconsciente mentalidad de las células, sin que el individuo pare mientras en el funcionamiento.

Pero la utilización de las facultades superiores de la mente y del espíritu consiste en la posibilidad de influir voluntaria y conscientemente en el funcionalismo del cuerpo, o sea la acción de la mente consciente en la subconsciente.

Además cabe considerar un estado superior de la mente, al que en recta terminología psicológica se le debe llamar mente superior o superconsciente, cuya actuación abarca todos aquellos estados de conciencia extática o supra física, como la previsión, clarividencia, telepatía, telóptica, intuición, profecía, presentimientos, admoniciones, sueños, revelaciones, etcétera, en que el espíritu se vale de sus peculiares facultades sin necesidad del cuerpo físico como de instrumento de manifestación.

No obstante, hay un estado psíquico en que simultáneamente actúa la conciencia por medio de la mente en sus tres aspectos o fases  superconsciente, consciente y subconsciente. Es el estado de conciencia de los Mesías, Redentores y Salvadores del mundo, de los Instructores y Maestros espirituales de la humanidad, aunque en Occidente sólo se conoce y venera a Jesús, el Cristo, en quien la divinidad estaba tan plenamente concertada con la humanidad, que no necesitaba separarse extáticamente el espíritu del cuerpo para percibir las cosas espirituales con tanta claridad como con los sentidos orgánicos percibía las cosas materiales. En este concepto cabe admitir que Cristo fué Dios y hombre verdadero.

Sin embargo, lo que parecería en Trine atrevida y aun herética afirmación, si no estuviese infaliblemente dogmatizada por los mismos labios de Jesús, es que a todos los hombres les es posible concertar la divinidad con la humanidad en el mismo grado en que la concertó Jesús.

Tal es la tesis, el motivo fundamental de la presente obra, cuya lectura, estudio y meditación ha de influir en la mejor inteligencia de las enseñanzas del Cristo y su práctica aplicación a la conducta en la vida diaria.

FEDERICO CLIMENT TERRER

PRÓLOGO DEL AUTOR

Todos somos habitantes de dos reinos: del interior o de la mente y del espíritu, y del exterior o del cuerpo y del universo físico. En el reino invisible predominan las silenciosas y sutiles fuerzas que de continuo determinan con exacta precisión las condiciones del visible.

Equilibrar la balanza de la vida es una de las esenciales condiciones del éxito. Debemos trabajar para vivir; pero el hombre no sólo vive de pan y requiere algo más valioso, útil y necesario.

Miserable y necio es quien no advierte que la vida consiste en algo superior a la materialidad.
Existen, pero no llenan ni satisfacen la vida plena y abundantemente.
Podemos estar tan preocupados en ganarnos la vida, que no tengamos tiempo para vivir.
Hermosa es la capacidad y eficacia para el trabajo personal; pero esta eficacia puede convertirse en máquina que robe a la vida más de lo que da. Una nación puede estar poseída y aun obsesionada por la idea de poderío y de grandeza, mediante una eficaz organización, semejante a una gran máquina, que substraiga a sus habitantes los delicadísimos frutos de la vida provenientes de una sabiamente subordinada y coordinada individualidad. He aquí de nuevo la prudente balanza que todo lo determina.

Nuestros prevalecientes pensamientos y emociones determinan con absoluta exactitud las condiciones predominantes de nuestra vida externa y material, e igualmente las de nuestra vida corporal. Para cambiar las condiciones de ésta es preciso cambiar antes las de aquélla.
Las silentes y sutiles fuerzas de la mente y del espíritu obran sin cesar y moldean las externas y corporales condiciones.

Profundamente yerran quienes se figuran que éstas son cosas sentimentales, vagas e intangibles. Son, como gran número reconoce ahora, substanciales en la vida, las únicas que en último término tienen verdadera valía.

El hombre normal jamás podrá hallar satisfacción real y permanente en los bienes materiales y objetos secundarios de la vida. Por esto ya hace años que muchos de los más conspicuos comerciantes y profesionales de toda clase, así como muchas mujeres de opulenta fortuna y claro talento, dirigen su anhelosa mirada a las verdaderas realidades de la vida. Ser un cicatero mercader no da satisfacción, ni aunque al cabo del año salde sus balances por millones. Feliz el joven que al dar los primeros pasos en la vida, sabe que los objetos de la mente y del espíritu son los realmente importantes; que en ellos subyacen las fuerzas que han de conocerse y utilizarse para moldear las condiciones y negocios de la vida cotidiana; que las fuentes de vida están en el interior y que como sea lo interior será inevitablemente lo exterior.

Exponer ciertos hechos que pueden conducir al conocimiento de más abundosa vida es el propósito y fin del autor.

PREFACIO

Si la terrible experiencia de la pasada guerra mundial no sirve de escarmiento a la humanidad, forzoso será creer que la religión es una palabra vana y el nombre de Cristo un mecánico movimiento de labios que no tiene su impulso en el corazón.

Los estadistas que presiden hoy día el destino de las naciones, poco ha beligerantes, debieran tener por suprema norma de su política internacional la consecuencia de la paz interna, de la paz sincera, que no puede en modo alguno dimanar de la aparatosa firma de los tratados diplomáticos, sino de la mutua benevolencia, cordialidad y simpatía que por parte del ofendido nacen del cristiano perdón de las ofensas, olvido de los agravios y del sublime amor al enemigo, mientras que el ofensor por su parte ha de demostrar sus sinceras disposiciones de reconciliación, reparando el daño causado al que un tiempo fue su enemigo.

Los gobernantes de las naciones que se mantuvieron neutrales, pero cuya neutralidad no las libró de las repercusiones y estremecimientos del conflicto, debieran contribuir al logro de la paz duradera, haciendo algo para que bajo ningún pretexto se reproduzca una conflagración tan espantosa como la que segó en flor diez millones de primaverales existencias, agravando enormemente las ya penosas condiciones de la vida material.

Por talento y aun genio que posean los estadistas, políticos, diplomáticos y guerreros, cuyas lenguas, plumas y espadas pueden compararse a las paletas de la hélice propulsora de la nave de sus respectivos Estados, son todavía legos y párvulos en el conocimiento de los medios, caminos, métodos y procedimientos para establecer la confraternidad universal, que tan utópica y aun ridícula les parece a cuantos cristianos nominales tienen el corazón abroquelado por el egoísmo.
Nadie que se precie de sincero cristiano y comprenda las enseñanzas de Cristo y observe los mandamientos de la divina ley, que se compendian en el amor a Dios sobre todas las cosas y en el amor al prójimo como a nosotros mismos, negará la unidad de origen del género humano, pues como dice San Pablo, Dios formó de una misma carne y sangre a todos los linajes de la tierra.

Podrán los etnólogos y biólogos, cada quién por su lado, especular sobre las diferencias anatómicas de las variedades de la especie humana a que impropiamente llaman razas; pero no lograrán, con todos sus sofismas, desvirtuar la verdad de que esas diferencias de color, configuración craneal, rasgos fisonómicos y demás características raciales, se contraen al organismo corporal que de instrumento sirve al espíritu, esencialmente idéntico en todo ser humano, aunque en cada individuo varíe el grado de evolución.

De este reconocimiento de la unidad de la especie humana y de la idéntica naturaleza, origen, posibilidades y finalidad de las almas, cualesquiera que sean los cuerpos en que sobre la tierra evolucionen y peregrinen, se infiere que puesto el cristianismo tiene por fundamental enseñanza la unidad espiritual de todos los hombres sin distinción del pigmento de su piel, para ser cristiano de veras, y no sólo por haber recibido el bautismo, es indispensable reconocer el principio de la confraternidad humana, corolario de la paternidad divina, y ajustar a él la conducta no sólo de los individuos sino también la de las naciones.
Esto nos conduce al internacionalismo cristiano, muy distinto del comunista o del anárquico, pues éste aspira a la confusión de gentes y de lenguas, de que forzosamente habría de resultar un pandemonio, mientras que aquél, inspirado en las enseñanzas del Maestro nazareno, tiene por ideal la armonía, paz y concordia entre todas las naciones, sin debilitar, sino por el contrario, robustecer el sentimiento de nacionalidad por la consideración y respeto a las demás nacionalidades.

Se objetará que en las actuales condiciones de la sociedad humana es muy difícil, si no imposible, practicar ni individual ni colectivamente, al pie de la letra y con puritano rigor, las enseñanzas de Jesús, porque la humildad y mansedumbre, o la devolución de bien por mal y el presentar la mejilla izquierda al recibir el bofetón en la derecha, son cosas más bien para dichas que para hechas, y mayormente mueven a la secreta admiración que al personal ejemplo. Por otra parte, añadirán los positivistas el reparo de que no es posible conciliar los opuestos intereses que enemistan entre sí a algunas naciones, como por ejemplo a los Estados Unidos y Japón o al Perú y Chile, por lo que forzosamente han de entregar sus disensiones al fallo de la fuerza.
Pero no se trata de aplicar a la vida internacional las heroicas virtudes de abnegación, sacrificio, renunciación, mansedumbre y humildad que tan valiosas y aun necesarias le son a quienquiera que anhele no sólo seguir los consejos sino además imitar la conducta y vida de Cristo.

Lo único que se requiere para el afianzamiento de la paz entre las naciones es la buena voluntad de afianzarla; y por ello, en aquella memorable noche en que la divinidad se unió hipostáticamente a la humanidad en el infante Jesús, prometieron los ángeles paz en la tierra a los hombres de buena voluntad, que es precisamente lo que les falta a los desconocedores del cristiano principio de internacionalismo fraternal.

Únicamente los malvados, los ambiciosos y egoístas, los que anteponen el interés particular del individuo o de la nación al bien general de la humanidad y al adelanto del mundo pueden desear la guerra y sólo los adeptos de la magia negra son capaces de provocarla.

La paz es el íntimo anhelo de todo ser consciente de la finalidad de la vida individual y de la diversificación de la gran familia humana en nacionalidades, que pueden compararse a otros tantos hogares agrupados en el común solar del planeta.
Supongamos una de esas poblaciones felices porque no tienen historia ni banderías, ni facciones que dividan al vecindario, enlazado por lo corto con vínculos de parentesco. Todos los vecinos son más o menos parientes; por sus venas circula la misma sangre; y sin embargo, cada familia tiene su casa y su hogar y con su trabajo subviene a las necesidades de la vida, ni envidiosa ni envidiada de las demás familias que con ella forman el vecindario del lugar.
Dentro de su casa y con relación a sus peculiares intereses, cada familia es autónoma y libre de hacer lo que le convenga, mientras no perjudique ni menoscabe los intereses y derechos del prójimo, que en este caso es el convecino.
No solamente, guía la conducta de cada una de estas familias el sentimiento del deber cívico y el respeto a la propiedad ajena, prescritos por las leyes humanas, sino que aun cuando no hubiera ley civil que los obligase ni autoridad que los compeliese al cumplimiento del deber, lo cumplirían movidos todos los individuos de cada familia, y por consiguiente el vecindario entero, de aquel hermoso sentimiento que sin llegar a la abnegación se aleja del egoísmo y coincide con la justicia distributiva diciendo: lo que no quieras para ti no la quieras para otro.
Pues análogamente podemos considerar nuestro minúsculo planeta, si lo compararnos con la grandiosidad de los sistemas sidéreos, como un lugar, un villorrio, una aldea del dilatadísimo país del universo, y el género humano como el vecindario de este lugar o aldea del universo, con las naciones por familias y sus respectivos territorios por hogares.
Cada nación puede engrandecerse material y moralmente por medio del trabajo que descubra, fomente y utilice las riquezas naturales de su propio solar, sin necesidad de expansiones territoriales a costa y cercén del prójimo, que en este caso es la nación vecina. Cada cual en su casa, es decir, en su natural territorio, y la ley de Dios en casa de todos.
Así tendría práctica aplicación en el orden colectivo e internacional el principio de lo que no quieras para ti no lo quieras para otro.

La dificultad está en ese aspecto del egoísmo, entreverado de petulancia, que se llama orgullo nacional, el vicioso extremo del amor patrio, que ofusca la mente de cuantos lo padecen, y ha sido siempre el motivo determinante de las guerras.

El orgullo nacional se figura en su obcecación que no hay suelo ni cielo, ni montes ni ríos, ni frutos ni aguas, ni arte ni ciencia, ni letras que no ya superen sino ni tan siquiera igualen a los de su país. Es lo que en Francia se llama chauvinismo y en los Estados Unidos jingoísmo: la exageración hiperbólica de la tierra nativa.
Este orgullo nacional es opuesto al espíritu de justicia y por lo tanto al del genuino cristianismo. Fomentarlo equivale a renegar prácticamente de Cristo y sus enseñanzas, aunque el nombre de Cristo vibre fonéticamente en los labios y se doblen las rodillas ante sus imágenes.
El verdadero amor a la patria no es incompatible con el reconocimiento de las buenas cualidades de las patrias de otros hombres; antes al contrario, este sincero reconocimiento transmuta el orgullo en dignidad nacional y la envidia en emulación, realzando a los ciudadanos de un país al superior nivel desde donde se descubre la unidad de la especie humana en la diversidad de naciones, como partes integrantes del grandioso plan de la evolución.
Más para alcanzar tan alto nivel, de modo que les sea posible a todos cuantos de cristianos blasonan postrarse a los pies del mismo Maestro y no a los de sus groseras y falseadas imágenes, es preciso haber cultivado las facultades superiores de la mente y del espíritu, percibir intuitivamente la unidad de la vida en todos los seres, desechar el egoísmo, sofocar las ambiciones de medro a costa ajena y reconocer el principio de cooperación en individuos y naciones.

El desconocimiento de estas superiores facultades de la mente y del espíritu las retiene potencialmente ocultas o latentes en la intimidad de la gran mayoría de seres humanos, que afanosos buscan la dicha en los objetos de sensación, en el amontonamiento de riquezas materiales, en la vida groseramente fisiológica, sin preocuparse de la verdadera vida, de la vida espiritual, que no ha de confundirse con la estéril vida contemplativa, sino que consiste en la armonía de lo espiritual con lo material, de lo divino con lo humano, del alma con el cuerpo, de suerte que el esfuerzo del individuo sea respecto del esfuerzo total de la humanidad por el adelanto en su evolución, lo que las gotas de agua son respecto de los mares , y los granos de arena respecto de las montañas.

No es extraño que las masas populares, bastante atareadas con ganarse trabajosamente el cotidiano sustento, no entiendan ni quieran entender de filosofías, por aquello de primum vivere, deinde philosophare; pero lo extraño es que personajes de selecta mentalidad, los timoneles de las naves de los Estados nacionales, se porten, a pesar de su talento, como si no dispusieran de otras facultades que las de la mente inferior o concreta, pues si pensaran y obraran por virtualidad de las facultades superiores de la mente y del espíritu, darían a todos sus esfuerzos de gobernantes, por principal punto de aplicación el mejoramiento de las condiciones de vida material de los pueblos, que sirvieran de fundamento al influjo de la vida espiritual.
Parece a primera vista que estas condiciones materiales de la vida nada tienen que ver con el cristianismo ni con la filosofía que de las enseñanzas de Cristo se derivan. Y, sin embargo, es indudable que las condiciones materiales de la vida de un pueblo, el incremento de su industria, los adelantos de su ciencia, el enaltecimiento de su arte, el fomento de su trabajo, los frutos de su agricultura, la expansión de su comercio, dependen no sólo de la capacidad intelectual y del talento práctico, sino de las cualidades morales, de la intuición, clarividencia y espíritu de sacrificio de los gobernantes, a quienes cabe aplicar la sabia exhortación: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura."

El gobierno de un país está invariablemente unido a la administración de los intereses colectivos, y en la honradez integérrima de esta administración, en el ajuste de los gastos requeridos por los servicios públicos a la potencia contributiva de los ciudadanos, en la recta y pronta administración de justicia, en la gratuita generalización de la cultura, en la discreta y oportuna dispensación de la beneficencia pública, en todo lo que alienta, estimula, favorece y acrecienta, consiste el efectivo reinado social de Jesucristo vivo, no en la entronización aparatosa de sus mudas y frías imágenes, ni en el predominio de un eclesiasticismo semejante al de los escribas y fariseos de Israel.

Pero no es posible que una nación prospere, y con su prosperidad contribuya al progreso del mundo, cuando todas sus instituciones y organismos sociales tienen por arenisco fundamento la prevaricación y el cohecho, el sólido egoísmo del interés particular antepuesto al bien colectivo, el prevalecimiento del favor y del privilegio contra el mérito y el derecho; cuando la justicia cede a los halagos del poderoso o a las amenazas del terrorista, cuando las corporaciones populares que debieran administrar honradamente los intereses de municipios, comarcas y regiones son madrigueras de logreros que, en ellas entrados sin camisa que mudarse, salen de ellas envueltos en bienes de fortuna de origen inconfesable.
La nación que por apatía, abulia e ignorancia del derecho tolera semejantes regímenes políticos y administrativos, en que todo vicio capital tiene su poltrona y todo mandamiento de la divina ley su quebranto, no busca ni sabe en dónde está el reino de Dios con su Justicia, y así en vano espera lo demás por añadidura.

Muy general es el error de negar a Dios, diciendo que si fuese tan infinitamente bueno, sabio y poderoso como quienes en él creen lo describen, no consentiría los fieros males que a la tierra afligen desde que empezó a dar su primera vuelta alrededor del sol.

Los escépticos que sólo ven en el universo un mecanismo movido por la energía inherente a la materia, no aciertan a comprender que la existencia del Sumo Bien sea compatible con la existencia del mal en sus diversas modalidades de vicio, miseria, crimen, ignorancia, enfermedad y desdicha.
Pero si no miraran las cosas de este mundo desde un punto de vista tan unilateral, advertirían que alguna finalidad superior, algún deliberado objeto ha de tener la vida humana; y si reflexionaran sobre cuanto en el mundo va sucediendo de siglo en siglo, se convencerían de que el mal no brota de infectas semillas lanzadas a voleo por la mano de Dios, que si tal hiciese sería malvado labrador, sino que la ignorancia del hombre, su desconocimiento de la ley de evolución, su terquedad en no descubrir la verdadera naturaleza de su ser y la pertinacia en quebrantar el supremo mandamiento de amor son las causas eficientes de cuantos males afligen a la humanidad.
Si computáramos las energías materiales y morales consumidas desde hace un siglo en armamentos terrestres y marítimos, en ejércitos y flotas, en la instalación y mantenimiento de las siniestras industrias de la guerra, resultaría una potencialidad económica más que suficiente para liquidar las deudas de todas las naciones del mundo y colonizar los dilatadísimos territorios todavía vírgenes en América y África, cuyo cultivo y explotación ocuparía los millones de brazos que hoy día retiene la miseria en forzosa ociosidad.
Si los gobernantes de las naciones fuesen cristianos de corazón y no tan sólo de nombre, o si aun no llamándose cristianos, ajustaran su conducta a las enseñanzas del Maestro esencialmente las mismas que en pasadas épocas dieron Confucio en China, Zoroastro en Persia, Toth en Egipto y Buda en India, no tardaría en cumplirse la predicción del profeta Isaías cuando dijo: "Y volverán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces. No alzará espada gente contra gente, ni se ensayarán más para la guerra."
Si las consecuencias de la política de siniestro egoísmo y malbaratada administración no transpusieran los límites de las naciones cuyo odio las empeña en sangrientas guerras, fuera fácil localizar el incendio; pero como si la ley que preside los destinos humanos quisiera darnos una prueba irrefragable de la solidaridad internacional, como hecho positivo, aunque alguien se niegue a reconocerlo, hemos visto por dolorosa experiencia que los males derivados de la guerra no se contrajeron a las naciones beligerantes, sino que envolvieron cual red tendida por las potestades tenebrosas el mundo entero, y los países neutrales hubieron de sufrir el nefando atropello de sus derechos, el quebranto de sus negocios, el entorpecimiento de su comercio, la paralización de sus industrias, excepto aislados casos en que especuladores de metalizado corazón medraron a costa del dolor ajeno.
El error está en confundir el espíritu de defensa con el de agresión; en llevar más allá de los límites de la seguridad del territorio las fuerzas necesarias para preservarlo de los ataques exteriores. Desde luego que no ha llegado todavía el hombre, ni individual ni colectivamente, al grado de evolución en que el amor y la justicia sean su única norma de conducta; y por lo tanto, las naciones que no tienen ambiciosas miras de conquista ni las deslumbra la gloria militar ni las fascina el brillo del imperialismo, no necesitan numerosos ejércitos y potentes flotas con fines agresivos, pero necesitan una fuerza nacional con carácter defensivo, porque si bien resulta muy provechoso para el perfeccionamiento del individuo no resistir al mal como aconsejó Cristo en el sermón de la Montaña, al decir : "A quien quisiere ponerte pleito y tomarte tu ropa déjale también la capa", en el orden colectivo nacional, no es posible ni lícito bendecir a los que nos maldicen y entregar mansamente el suelo patrio a los brutales pies del ambicioso invasor.
Así necesita cada nación una fuerza pública que sea como el brazo de la patria, mantenedor de la justicia y el orden en el interior y de la defensa contra cualquiera posibilidad de agresión exterior.
La defensa propia en el orden nacional no es incompatible con la política de Dios y el Gobierno de Cristo. Lo incompatible es la insidia, malquerencia y menosprecio con que los naturales de un país nominalmente cristiano suelen tratar a los de otro que también nominalmente profesa la misma fe, y en consecuencia debieran mirarse como hermanos.
La fuerza materialmente armada, tanto en los individuos como en las naciones, es un eficacísimo instrumento del bien, de la paz y del progreso cuando puesta al servicio de la justicia y del derecho.
La aplicación práctica del cristianismo en la vida pública consiste fundamentalmente en mantenerse cada nación en términos de paz y armonía con las demás naciones; y en consecuencia, basta colocar a todo ciudadano útil en condiciones de defender a su patria de injustos ataques, sin necesidad de sostener costosos ejércitos permanentes.
A la educación, militar ha de anteponerse la educación cívica que inculque no solamente el sentimiento de responsabilidad inherente al de libertad individual sino también el más necesario sentimiento de responsabilidad colectiva, para que el ejercicio de los derechos individuales sea natural consecuencia del cumplimiento de los deberes, a diferencia de lo que hoy sucede, en que por desconocimiento de unos y otros es el ciudadano una sombra y ficción del tipo requerido por la verdadera y cristiana democracia.
Esta sana y optimista democracia no significa en modo alguno el estatismo o predominio del Estado, dejando al individuo reducido al insignificante papel de átomo de la masa social. Por el contrario, la democracia cristiana considera al Estado como el medio por el cual se ha de manifestar y mantener el máximo de bienestar posible para cada ciudadano, según sus condiciones y circunstancias, pero sin descender del mínimo de bienestar que en cultura y medios de emplear su actividad corresponde por natural derecho a la vida a todo ser humano.
El Estado o conjunto de instituciones políticas y sociales de un país, debe colocarse respecto de los ciudadanos en actitud de servicio y no de predominio, en la posición en que un mayordomo o administrador está con relación al prócer a quien sirve.
Los mismos principios morales que en cuanto a los deberes para consigo mismo, con la patria y con la humanidad obligan en conciencia al individuo, deben obligar igualmente a la organización llamada Estado, que no es una entidad abstracta, imaginaria, incoercible e impalpable, sino la fuerza resultante del cumplimiento de las leyes por parte de gobernados y gobernantes.
Hay quienes psíquicamente contagiados de las exageraciones de Nietzche, menosprecian el cristianismo diciendo que sus enseñanzas sólo conducen a la abyección del carácter, porque substraen del hombre las cualidades viriles y lo dejan inerme y extenuado en el fondo de un valle de miserias. Añaden que la guerra es tan conveniente y aun necesaria como las epidemias para eliminar de la especie humana los individuos débiles, abúlicos, morbosos y cobardes, conservando a los fuertes, robustos, valerosos e impávidos.
Sin embargo, aunque así fuera, resultaría enormemente caro el precio a que hubiera de pagarse semejante beneficio, cuanto más que los mismos y tal vez mejores frutos pueden obtenerse por los procedimientos constructivos de trabajo, educación, paz y amor, que por los destructivos de asolamiento, guerra, odio y devastación.
Poseía Alemania el más colosal y perfecto sistema militar del mundo, y sin embargo quedó vencida por la invisible influencia de algo que pertenecía al cumplimiento del divino plan, por fuerzas tan sutiles como potentes que prevalecen contra todo artificio humano.
El derrumbamiento de los dos imperios que parecían asentarse sobre la firmísima roca de su poderío militar debe servir de lección a todas las naciones para que, entrando con seguro paso en una nueva era, se valgan de las facultades superiores de la mente y del espíritu a fin de que a la razón de la fuerza prevaleciente hasta hoy en las relaciones internacionales, suceda de ahora en adelante en nombre de Cristo la fuerza de la razón y el prevalecimiento de la justicia.

LAS SILENTES,   SUTILES   Y    CONSTRUCTORAS

  FUERZAS DE LA

MENTE    Y    DEL    ESPÍRITU

Momentos hay en nuestra vida en que percibimos destellos de otra, de la verdadera e infinitamente superior a la que vivimos de ordinario.
Conocemos que estamos viviendo en menor grado del de nuestras posibilidades y anhelamos conocer la vida que por verdadera presentimos.
Instintivamente nos damos cuenta de que existen en nuestro interior facultades y energías de que hacemos mal uso y otras que apenas utilizamos. Nos confirman en esta conclusión, la metafísica práctica y la sencilla y concreta psicología con sus conocidas leyes de la ciencia mental y espiritual.
Guillermo James, que tan espléndidamente relacionó en grado supremo la psicología, la filosofía y aun la religión con la vida, honró su profesión e hizo un extraordinario servicio a la humanidad, cuando tan claramente expuso la verdad de que tenernos en nuestro interior facultades y energías que apenas utilizamos, es decir, que poseemos copiosas reservas de potencialidad que apenas hemos pulsado.
Los hombres conscientes de estos internos auxiliares, de las facultades y potencias directivas y moldeadoras pertenecientes al reino de la mente y del espíritu, no preguntarán jamás. ¿Vale la pena de vivir?
Para ellos la vida se ha duplicado, triplicado y centuplicado. 
De ordinario no nos interesamos en estas cosas, aunque instintivamente conocemos su valía, confirmada por nuestras observaciones y experiencias. Los apremiantes cuidados de la vida diaria, para ganarnos el sustento, que es el problema capital de la mayoría de las gentes, nos impiden conceder el debido tiempo y atención a lo que presentimos que lo merece; pero con ello perdemos poderosos auxilios para la vida diaria. 
Por medio del cuerpo y los sentidos nos relacionamos con el mundo físico que nos rodea.
Por medio de la conciencia y del espíritu nos relacionamos con el Infinito Poder, con la animadora y sustentadora energía vital de todas las formas materiales objetivas.
Por medio de la mente, somos capaces de relacionarnos con lo físico y lo espiritual.
La mente nos da a conocer las leyes que regulan la actividad del espíritu y nos permite obedecerlas de modo que sean las fuerzas predominantes en nuestra vida.
Hay una divina corriente que con paz y seguridad nos conducirá a su seno si somos lo bastante prudentes y activos para hallarla y seguirla. Siempre es arduo e incierto batallar contra esta corriente; ir con ella es aliviar los trabajos del día. En vez de estar continuamente inseguros y aun agotados por los esfuerzos en contrariarla, tendremos ocasión de regocijarnos durante el camino, así como podremos consolar o tender la mano al prójimo que también lo recorra. 
La vida natural y normal está por ley divina bajo la guía del espíritu. Sólo cuando no acertamos a buscar y seguir esta guía, o cuando deliberadamente nos substraemos a su influencia, surgen las incertidumbres, se ven incumplidos nuestros legítimos anhelos y el quebranto de las leyes nos inflige sufrimiento.
Bueno es recordar siempre que toda ley violada entraña su propio castigo. La suprema Inteligencia, Dios, si queréis, no castiga. Actúa por medio de los grandes e inmutables sistemas de la ley. Así debemos indagar estas leyes. Para ello se nos dio la mente. Conociéndolas podremos obedecerlas y cosechar los beneficiosos resultados que siempre allega su cumplimiento; conociéndolas o desconociéndolas, con intención o sin ella, podemos quebrantarlas; pero sufriremos las consecuencias y aun cabe que en el mismo quebranto hallemos la pena. No fuera la vida tan complicada si no persistiéramos tan tercamente en complicarla. La suprema Inteligencia, el Poder creador sólo actúa mediante la ley. La ciencia y la religión no son más que distintos accesos a la comprensión de la ley. Cuando ciencia y religión son genuinas, se complementan y coinciden en sus conclusiones.
Los antiguos profetas hebreos percibieron y enunciaron por medio del espíritu algunas leyes admirables de la vida natural y normal, corroboradas hoy por la ciencia mental y espiritual, que produce idénticos resultados en la conducta de gran número de gentes.
Así dijeron: "Y tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha ni tampoco torzáis a la mano izquierda."
Y también: "El Señor estará con vosotros, en tanto que vosotros estéis con Él; si lo buscáis, lo hallaréis; más si lo abandonáis, Él os abandonará."
"El Señor es poderoso en medio de ti."
"El que habita en el secreto lugar del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente."
"Estarás en alianza con las piedras del campo y las bestias del campo estarán en paz contigo."
"Encomienda tu camino al Señor; confía en Él y te guiará."
Ahora bien; o todas estas expresiones significan algo definido o no significan nada. Si son expresión de hechos positivos estarán regidas por leyes inmutables.
Sin embargo, los profetas no nos dan a conocer las leyes que gobiernan la actuación de las facultades y energías internas; quizás ni ellos mismos las conocieron y sólo tendrían intuitiva percepción de la verdad. El espíritu científico de esta nuestra edad les era totalmente desconocido. El progreso humano, el desenvolvimiento del espíritu científico en sus investigaciones de la verdad, nos hace infinitamente superiores a ellos en algún respecto, mientras que en otros nos aventajan. Pero si las antedichas sentencias eran realidades en la vida de aquellos primitivos hebreos, serán también realidades en nuestra vida actual; y si no lo eran, estarán todavía en la espera de lo potencial aguardando su actualización.
No fueron hombres extraordinarios en el sentido de que el Infinito Poder les hablara. Son tipo y ejemplo de cuánto un hombre puede, mediante su anhelo y voluntad, dejarse conducir por la divina Sabiduría, pues actualizaron en sus vidas un creciente sentimiento del divino Poder. Porque en verdad: "Dios es el mismo ayer, hoy y mañana." Sus leyes son invariables e inmutables.
Ninguno de aquellos profetas enseñó a reconocer la divina Voz interior, ni cómo ser encarnaciones del divino Poder. Sin embargo, nos dieron todo cuanto nos podían dar. Después vino Jesús, el sucesor de esta larga e ilustre serie de profetas hebreos, dotado de gran aptitud para las cosas del espíritu, suprema encarnación de la divina Realidad.
Con mayor conocimiento que ellos, realizó mayores cosas. No sólo las realizó, sino que también mostró cómo las realizaba. No sólo reveló el Camino, sino que exhortó ardientemente y diligentemente a sus oyentes a que lo siguiesen. Reveló el secreto de su intuición y su poder:
"Las palabras que os hablo, no las hablo de mí mismo, sino que el Padre que mora en mí hace las obras." Y además: "Por mí mismo nada puedo hacer."
Y al hablar de su propósito y misión, dice: "He venido para que tengáis más copiosa vida."
Y después añade: "Las obras que yo hago también las haréis vosotros."
Ahora bien; o esto significa algo definido y concreto, o no significa nada. Los trabajos realizados, los resultados obtenidos por los inmediatos discípulos y seguidores de Jesús, así como por los cristianos de la primitiva iglesia hasta fines del siglo segundo, todo atestigua la verdad de sus enseñanzas y demuestra inequívocamente sus consecuencias.
En las centurias siguientes, las enseñanzas, vidas y obras de varios videntes, sabios y místicos de dentro y fuera de la iglesia han atestiguado asimismo la verdad de las enseñanzas de Jesús. Sin embargo, desde el siglo tercero, la mayoría del mundo cristiano se ha interesado tanto en teorías y doctrinas respecto de Jesús, que ha perdido casi del todo las enseñanzas reales, vitales y vivificadoras del Maestro.
Cuando niños, no se nos enseñó en primer lugar a obedecer sus mandatos y aplicar las verdades que reveló a los problemas de la vida diaria. Sin embargo, de unos cuarenta años a esta parte o poco más, se nota un señalado retorno a las doctrinas de Jesús y mayor determinación de demostrar su verdad y hacer más claramente efectivas sus prom
También se han establecido varias leyes de las ciencias mentales y espirituales que confirman sus básicas enseñanzas.
Ahora se han definido y concretado las leyes relativas a la energía del pensamiento, así como los métodos por los cuales determina dicha energía nuestras condiciones materiales y corporales.
Conocemos definidas leyes de la mente subconsciente y sus incesantes actividades constructivas, cuya dirección está determinada por la mente activa y pensante; y cómo por su medio podemos relacionarnos de una manera inteligente y efectiva con nuestras fuerzas de reserva..
Ahora se entienden bien las leyes de la sugestión mental, que puede convertirse en abundosa fuente de fuerza viva, en eficaz instrumento para despertar las fuerzas motoras de los demás, con objeto de curar las enfermedades, establecer hábitos y reformar el carácter.
Se reconoce el valor y la necesidad absoluta de períodos de meditación y sosiego, a solas con la Fuente de nuestro ser, acallando los sentidos corporales y cumpliendo las condiciones por las cuales la voz del Espíritu puede hablarnos a nosotros y por nosotros, y en nosotros y por nosotros manifestarse el poder del Espíritu.
Una nación sólo es grande y son grandes sus habitantes en el grado en que equilibran las sutiles fuerzas y delicadas emociones de la mente y del espíritu, con la organización y actividad de los negocios materiales. Cuando estos son excesivos y crecen a expensas de lo mental y espiritual, sobreviene inevitablemente la decadencia de la nación que se arruina exactamente y lo mismo y por la misma ley que arruinó a cuantas naciones intentaron trastornar el divino plan de la vida.
La dicha y bienestar del alma humana es el supremo negocio a que todo estadista debe prestar su atención. Reconocer o dejar de reconocer el valor del alma humana en las demás naciones determina su verdadera grandeza o su egoísta y esencial vanidad.
Fácil le es a una nación engañar de tal modo que se doble al peso de su materialismo y exponerse en esta situación a recibir una herida mortal. Llegar demasiado lejos en el camino de la actividad, de los grandes negocios, de la expansión territorial, del dominio y del poderío mundano, a costa de las grandes realidades espirituales, de los fundamentos humanos de la vida nacional, que constituyen la vida real y el bienestar de sus habitantes y que establecen justas relaciones con los demás países, es peligroso y a la postre suicida, pues ha de acabar en desastrosa ruina.
Se va efectuando ahora una silenciosa revolución que en la mentalidad de los pueblos continuará por algunos años. Estamos en un período en que se aquilatan y pesan todos los valores. Nuestra época es decisiva.

ALMA,    MENTE  Y    CUERPO.

LA   MENTE    SUBCONSCIENTE QUE  LOS  RELACIONA

Nuestra edad, casi podríamos decir nuestra generación, tiene una doble característica muy señalada.
Por una parte notamos extraordinario y creciente interés por las hondísimas realidades espirituales de la vida, por todo lo relativo a la mente y el espíritu; y por otra parte, en todo vemos materialismo de largo alcance.
Somos testigos de ambos movimientos, al parecer paralelos.
Hay quienes creen que el movimiento espiritualista deriva del materialista y que estamos presenciando un gigantesco avance de la raza humana, el alborear de una nueva era. Muchos indicios hay de ello. Es innegable que lo material no satisface de por sí, pues considerada la verdadera constitución de la mente y alma humana, vemos que lo material no colma nuestros anhelos.
Puede ser también que así como vamos conociendo en términos jamás igualados las sutiles fuerzas de la naturaleza, utilizándolas de modo práctico y provechoso en los negocios y actividades de la vida diaria, también vamos penetrando, comprendiendo y utilizando, acaso en mayor grado, las superiores y sutilísimas intuiciones y energías de las facultades de la mente, del espíritu y del cuerpo. Creo que hay doble razón para este interés amplio y rápidamente creciente. 
Una nueva psicología, o quizá sería preferible decir unas leyes nuevas y más completamente establecidas de psicología pertinentes a la región de la mente superior, a su naturaleza y sus peculiares actividades y facultades, nos proporcionan otro agente de formidable importancia y de práctica y dilatada utilidad.
Otra razón es que la revelación y la religión de Jesucristo están renaciendo, por decirlo así. Encontramos un significado enteramente nuevo en sus doctrinas, lo mismo que en su vida. Nos interesamos en aquellas fases del Cristianismo, quizás nunca enseñadas, y hay varias razones para creer que las dogmáticamente enseñadas, jamás le fueron peculiares, sino posteriormente superpuestas.
Sin embargo, echamos de ver que la maravillosa revelación, las admirables enseñanzas y sobre todo la pasmosa vida de Jesús tienen un significado que inspira, enaltece y hace más eficaz, potente, próspera y feliz la vida de todo hombre que acepte, se asimile y practique sus doctrinas.
Esto es lo que le importa al gran número de reflexivos y previsores varones, que prescinden o abandonan el Cristianismo tradicional y que vuelven, unos por propia iniciativa, y otros por excitación ajena, a las sencillas, directas y conmovedoras enseñanzas del gran Maestro. Encuentran la salvación en sus doctrinas y en sus ejemplos cuando jamás pudieron encontrarla en las varias fases de las doctrinas tradicionales acerca de él.
Interesa conocer, aunque parezca extraño, que este nuevo descubrimiento de la psicología y este nuevo y vital significado del Cristianismo han sobrevenido casi al mismo tiempo. Pero no resulta extraño al considerar que la psicología moderna demuestra concreta e indubitablemente los principios fundamentales y esenciales del genuino Cristianismo.
Muchas de las enseñanzas del Maestro respecto de la vida interna y respecto del Reino, tan adelantadas a su tiempo, que las gentes vulgares y en muchos casos, aun sus discípulos, eran incapaces de comprender, están ahora confirmadas y explicadas por las leyes claramente definidas de la psicología.
La especulación y las creencias motivaron un mejor conocimiento de la ley. Lo extraordinario pierde sus elementos milagrosos, según vamos conociendo la ley que lo rige. Sabemos que no se operó milagro alguno que no fuese por medio del conocimiento y aplicación de la ley.
Jesús hizo obras extraordinarias en virtud de su extraordinaria comprensión de la ley por la cual podían ser hechas, y de no hacerlo así hubiese contradicho la esencia de sus doctrinas y exhortaciones.
"Vosotros conoceréis la verdad y la verdad os hará libres", decía. El ardiente anhelo de su magnánimo corazón fué que las gentes penetrasen el significado íntimo de su doctrina. Cuántas veces se vio precisado a reprender, aun a sus discípulos, porque daban a sus enseñanzas interpretaciones materialistas. A medida que las verdades que enseñó van
estando corroboradas y más completamente comprendidas y en algunos casos ampliadas por las leyes de la psicología, va desvaneciéndose el misterio.
Retrazamos un retrato más natural, más sano, y por decirlo así, más de sentido común del Maestro:
"El espíritu vivifica; la carne no aprovecha; las palabras que os hablo, son espíritu y vida." Recordemos a este propósito: "He venido para que tengáis más abundosa vida." Por lo tanto, cuando escuchamos atentamente sus palabras y no las de otros respecto de él; cuando ponemos vehemente entusiasmo en las verdades fundamentales del espíritu que él reveló
y defendió tan ardientemente, para que se las recibiese del modo sencillo y directo en que él las enseñaba, hallamos que la religión de Cristo abarca un concepto más claro y sano de la vida y sus problemas, mediante un mayor conocimiento de las primordiales energías de las leyes de la vida.
La ignorancia encadena y esclaviza. La verdad emancipa. Y la verdad equivale al conocimiento claro y definido de las leyes primordiales del alma, de la mente, del cuerpo y del universo que nos rodea.
Jesús reveló esencialmente la filosofía espiritual de la vida. Su total revelación se refirió a la divinidad esencial del alma humana, y a los copiosos beneficios resultantes de este conocimiento. Su enseñanza completa giró alrededor de su tan repetida expresión el Reino de Dios o el Reino de los Cielos, que según declaró inequívocamente es un estado de interna conciencia o conocimiento. No está fuera de nosotros, sino en nosotros. 
Nos equivocarnos al considerar al hombre como una dualidad de mente y cuerpo. El hombre es una trinidad, a saber: alma, mente y cuerpo, cada uno con sus funciones propias cuya exacta coordinación constituye la vida perfecta. Si falta cualquiera de dichas funciones, la vida es unilateral. Es necesario convencerse de ello para utilizar adecuadamente las facultades y energías latentes de la vida interna.
El cuerpo físico nos relaciona con el universo físico que nos rodea y nos hallamos en la presente existencia. Más el cuerpo, por admirable que sea en sus funciones y en su mecanismo, no es la vida; no tiene de por sí vida ni fuerza. Es terreno, de la tierra. Cada partícula de él procede de la tierra por medio del alimento que comemos, del aire que respiramos, del agua que bebemos; cada parte de él a su vez, volverá a la tierra. Es la casa en que habitamos durante nuestro paso por el mundo. Podemos hacer de él una choza o un palacio. Convertirlo en zahúrda o en templo, según el modo con que el alma se valga de él para sus funciones. Podemos convertirlo en esclavo por la ignorancia de las facultades internas o hacer que sea dueño y señor. De nosotros depende.
"¿No sabéisdijo el apóstol de los gentilesque vuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, que lo tenéis de Dios y que no os pertenece?"
 El alma es la misma individualidad, el verdadero ser, creada a la imagen de la eterna Vida
divina, como dijo Jesús. Es espíritu y el espíritu uno e indivisible, aunque se manifiesta en las
formas individuales de la existencia. El divino Ser y el alma humana son, por lo tanto, idénticos en esencia y cualidades; sólo difieren en grado.
El divino Ser es la fuerza cósmica, la vida esencial de cuanto existe. El alma es la existencia individualizada, y se manifiesta mientras en esta forma de existencia actúa por medio del cuerpo material.
La mente relaciona el alma con el cuerpo y coordina a ambos. El alma, el verdadero ser, mientras está en esta forma de existencia, debe tener un cuerpo que le sirva de medio de manifestación. El cuerpo, para alcanzar y mantener su máximo nivel, debe estar continuamente animado por la fuerza vital del alma, por el espíritu, esencialmente idéntico al infinito Espíritu divino.
El alma encarnada mora en un cuerpo material, en un universo sensible, según un plan que apenas vislumbramos, cualesquiera que sean nuestras opiniones o teorías. El ordenamiento de la vida y del mundo que nos rodea consiste en la evolución de lo inferior a lo superior, de lo grosero a lo sutil. El fin de la vida es, sin duda alguna, desenvolvimiento, incremento y adelanto, la evolución de lo inferior y grosero a lo superior y sutil.
Las intuiciones y facultades superiores del alma, siempre interiormente potenciales, sólo cobran valor cuando las conocemos y utilizamos. La evolución implica siempre involución. La esencia de todo cuanto hayamos de lograr o conocer está ya en nuestro interior. El alma lleva en sí la clave de toda sabiduría y energía valiosa y utilizable.
El altamente iluminado vidente Manuel Swedenborg dijo: "Todo ser criado es de por sí inanimado y muerto; pero lo anima y vivifica su interna divinidad...
El fin universal de la creación es el externo enlace del Criador con el Universo creado, y esto no sería posible si no existieran seres en quienes la divinidad pudiera morar como en Dios mismo." Para servirle de morada debe el hombre recibir el amor y sabiduría de Dios por un poder que parece ser el suyo propio. Así, debe alzarse hasta el Criador como por su propio poder y unirse a Él. Sin esta mutua acción, no fuera la unión posible. Todo aquel que considere debidamente la materia, advertirá que el cuerpo no piensa porque es material; quien piensa es el alma, porque es espiritual. Toda vida racional manifestada en el cuerpo corresponde al espíritu porque la materia del cuerpo se conecta con el espíritu, para que éste se manifieste en el mundo material, puesto que si cuanto vive en el cuerpo obra y siente por virtud de aquella vida del espíritu, resulta que el espíritu es el hombre real o que el hombre es un espíritu en forma corporal.
Siendo el espíritu el verdadero hombre, se infiere que lo primordial en toda vida humana es el consciente y vital reconocimiento de nuestra esencial unión con el Espíritu de infinita Vida y Poder, Fuente de toda Vida y Poder. No necesitamos observar los auxilios y medios externos, cuando tenemos en nuestro interior la esperanza de conocer, por la cual obtenemos la primogenitura.
Browning fué tan vidente como poeta cuando dijo en su Paracelsus: "La verdad está en nosotros. No surge de las cosas externas, aunque así nos parezca. En todos nosotros hay un intérrimo centro donde mora la verdad en toda su plenitud, donde velo tras velo la encubre la grosera carne como falaz y pervertidora red de errores. El conocimiento consiste más bien en abrir un resquicio por donde pueda escapar el esplendor del encarcelado espíritu, que en dar entrada a una luz externa. 
Muy semejante significado tiene lo dicho con este pasaje del profeta Isaías: "Y tu oído oirá palabra a tus espaldas que diga: Este es el camino, id por él sin torcer a la derecha ni a la izquierda."
"Todos los insignes educadores son videntes—dice el Dr. Hiram Corson—. Lo que el hombre extrae de sí mismo, no lo que se asimila, es de capital importancia en su verdadera educación. El eventual despertamiento de nuestro real ser nos hace sentir a veces que somos mayores de lo que nos figurábamos."
Una nueva psicología, una ciencia espiritual, una interpretación de más sentido común de
la gran revelación de Cristo de Nazareth, concurren a capacitarnos para que dicho despertamiento sea nuestro natural y normal estado.
Nadie ha influido tanto en la teoría y práctica de la educación como Federico Froebel, quien en su magna obra La Educación del Hombre, funda todo su sistema en este preliminar del primer capítulo: "Todo está regido y animado por una ley eterna, basada necesariamente en la omnipenetrante unidad enérgica, viva y consciente, y por lo tanto eterna...
Esta Unidad es Dios. Todas las cosas provienen de la divina Unidad, de Dios, la única fuente de todas las cosas, que viven y tienen su ser en la divina Unidad en Dios y por Dios. Todas las cosas existen por la divina energía que las anima y es su esencia."
El destino y la obra de todas las cosas es desenvolver su esencia, su divino ser y por lo tanto revelar a Dios en su externa y transitoria forma. El especial destino y labor del hombre, como ser inteligente y racional, es reconocer plena, vívida y conscientemente su divina esencia.
El precepto para todos en general y para cada uno en particular es: Mostrad sólo lo espiritual en vuestras acciones y atended a los requerimientos de vuestro interno ser.
Aquí hay una inderrocable base, no sólo para toda educación, sino también para toda religión verdadera y toda filosofía ideal. No habría evolución si la esencia de todo cuanto ha de actualizarse no estuviese ya latente en el alma humana, que es a la par la entrada y salida del divino Espíritu, de la Energía creadora, de la Fuente real de toda Sabiduría y Poder.
La proyección de los movimientos del alma en cada fase de la actividad y esfuerzo material constituye la verdadera vida. Dice Emerson: "Cada alma no es sólo la entrada, sino que puede llegar a ser la salida de cuanto existe en Dios." Mantener esta entrada abierta y no cerrarla al divino influjo es el secreto de toda empresa superior y también el secreto de su logro.
Solía yo ir a un bosque que se dilataba tras mi casa de campo. A mitad de la falda de una suave colina brotaba años atrás una fuente cercada por piedras sueltas, a la que conducía un sendero medio borroso, pero en otro tiempo muy frecuentado. La cerca de piedra estaba en parte cubierta de musgo, lo cual me extrañó porque aunque el suelo estaba mojado alrededor, la fuente no manaba. Pocos días después, en plena cosecha, tomé una azada y excavando junto a la cerca, descubrí capas superpuestas de sedimentos y hojas secas hasta encontrar agua que a poco comenzó a brotar dentro de la valla. En pocos momentos alcanzó el nivel de un metro. Estaba nublado y no se podía ver el fondo. Me senté en espera de que se despejase el día. De pronto descubrí el fondo de roca en el que noté el peculiar movimiento de la arena, y fijándome más detenidamente eché de ver en la roca una grieta por donde brotaba la burbujeante agua. En seguida la fuente manó clara como el cristal y encontrando su antigua salida abrióse paso, fluyendo por la colina hasta el valle.
Durante el verano visité varias veces el mismo lugar. Habían brotado en las márgenes del arroyuelo flores que no crecían en ninguna otra parte del bosque. Multitud de aves iban a beber y bañarse allí. Varias veces encontré al tímido ciervo. Dos veces estuve a unos treinta o cuarenta pasos de ellos, y al acercarme y detenerme siguieron bebiendo sin muestras de temor, como si estuvieran en su propia casa. Y en efecto estaban. Al cabo de una hora de contemplar sosegadamente aquel espectáculo, no pude menos de reflexionar camino de mi casa, sobre que si la fuente tuviera inteligencia, se congratularía de haber recobrado la vida y cumplir su destino de ser útil a las flores y a las aves y a mí mismo. Yo era doblemente dichoso y me consideraba cien veces recompensado por el auxilio que le di a la fuente para volver a ponerse en relación con su origen, pues por haberse apartado de él se fué debilitando hasta cegarse.

Las siguientes palabras del esclarecido vidente Manuel Swedenborg encierran una verdad más profunda de lo que parece. "Sólo hay una Fuente de Vida y de ella dimana la vida del hombre como una corriente que cesaría de fluir si la Fuente no la alimentase... Quienes piensan a la luz de la intuición ven que todas las cosas se enlazan por sucesivos eslabones con la Causa Primera, y que cualquiera de ellas que no mantenga este enlace deja de existir." 
Hay una fuerza mística superior a las de la mente y del cuerpo, que se manifiesta y actúa en la vida del hombre, cuando la conciencia de Dios se despierta e invade todo su ser. Por no conocer ni guardar la constante comunicación con nuestra Fuente, tenemos temores, presentimientos, tribulaciones, discordia y conflictos. No seguimos aquella luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. No escuchamos la voz del alma, que habla tanto más claramente cuanto más nos acostumbramos a escucharla. No obedecemos a la intuición de que está dotada toda alma y la guía en derechura. Todas las grandes almas recurren en momentos críticos a esta guía, a este sustentador poder.
Dice Edwin Markham: "En el centro del ciclón que desgarra el cielo, empuja las nubes y derrumba las torres, reina la calma. De la propia suerte, entre el estruendo del mundo hay un lugar en donde el espíritu canta como si estuviera en manos de Dios."
Dice Fichte: "El más profundo conocimiento que el hombre puede alcanzar es que la divina energía actúa en su interior." Y hablando del hombre que posee este conocimiento añade: "Toda su vida fluye suave y dulcemente de su interno ser hacia la Realidad sin estorbo ni entorpecimiento." 
Tenemos algunas facultades que son parte de la mente activa, de lo que podríamos llamar inteligencia consciente. Trascienden a toda actividad posible de nuestro extraordinario proceso mental y son independientes de él. A veces por uno u otro conducto nos llega la intuición de la verdad que no podemos conocer por medio de la mente. La intuición relampaguea en nuestra conciencia, completamente independiente de toda actividad mental, y a veces sobreviene la
intuición cuando pensamos en algo totalmente distinto y extraño a lo que nos impresiona. Esto parece indicar una fuente de conocimiento, una facultad distinta de la mente, aunque actúa en relación con ella y también con el cuerpo. Algunos llaman mente subconsciente a la mente superconsciente y otros la denominan el yo subliminal. Nadie sabe con exactitud lo que es la mente superior. Es más fácil definir sus funciones y describir su actividad que afirmar en términos precisos su naturaleza. Se parece en esto a la electricidad, que nadie sabe qué es, aunque la conocemos por sus efectos y por algunas de las leyes que rigen su actuación; y sin embargo, la utilizamos en maravillosas aplicaciones prácticas. Cada día la vamos estudiando y quizás lleguemos a descubrir su naturaleza. 
La circunstancia de que la mente superior actúa en distinta esfera de la mente inferior e influye en el cuerpo físico, da motivo a conjeturar que bien podría ser el eslabón de enlace entre el alma y el cuerpo, el nexo entre los aspectos espiritual y material del hombre.

INFLUENCIA DE LA MENTE S U P E R I O R  E N  E L  C U E R P O  FÍSICO



Cuando alguien dice que entre sus conocidos los hay que son tan viejos a los sesenta años como otros a los ochenta, expresa con ello una verdad que puede aplicarse a muchas gentes.
He conocido a quienes a los cincuenta y cinco o sesenta años eran de cuerpo y mente más decrépitos y declinaban con mayor rapidez que muchos otros a los setenta u ochenta.
La historia abunda en memorables ejemplos de quienes realizaron hazañosas empresas en una edad en que a muchos otros les parecería no sólo imposible sino ridículo intentarlo. A causa de cierta ley de cuya exactitud estoy convencido, traté de indagar el porqué de la notable diferencia entre los quienes por sus años llamamos viejos. Al efecto fui a visitar a un amigo lejano, a quien hacía diez años que no veía, y en el curso de la conversación me enteré de que contaba ya ochenta y ocho años; y sin embargo, apenas advertí síntoma alguno de vejez en su aspecto  ni en su ánimo. Hablamos largo y tendido sobre las vicisitudes de nuestra vida y me dijo que en plena virilidad y aun pasada la edad madura podía trabajar diez horas diarias en su huerto, mientras que a sus años se fatigaba al cabo de dos horas, es decir, que no tenía el mismo aguante que diez años atrás.
 En cambio recuerdo a una mujer cercana a los setenta, encorvada y decrépita, que cuando la conocí contaba apenas cincuenta y ocho años, y ya entonces andaba encorvada a paso vacilante. La dominaba entonces, y más aún ahora, el temor de lo presente y de lo futuro, pensando siempre en sus achaques, en la eventualidad del infortunio y de la miseria en perspectiva.
He observado numerosos casos por el estilo, que resultan muy interesantes para dilucidar los problemas de la vida.
 Cuál es la causa de tan enorme diferencia entre los dos citados ejemplos. Sin duda hay que atribuirla a las características y hábitos mentales de cada cual.
En el primer caso, se trata de quien tempranamente aprendió la filosofía de la vida, que fue aumentando con los años. Convencióse desde joven de que en sí mismo estaba su buena o mala fortuna y que de nuestra actitud mental respecto de las circunstancias dependen los efectos que en nosotros producen.
 Amaba el trabajo, y sin apresuramientos ni fatigas diariamente trabajaba con beneficiosos resultados. Vigilaba el porvenir sin descuidar el presente, y esta era una de sus reglas fundamentales de conducta. Auxilióle en ello la creencia convertida con los años en convicción, de que en todo subyace el Espíritu de Infinita Vida que amorosamente opera en toda forma viva y que en el grado que lo reconocemos como Fuente suprema y única de nuestra vida y nos abrimos a su influjo, para que actúe en nosotros y por nosotros, entonces nos entregamos a la cotidiana labor del trabajo diario, sin presentimientos  ni temores, y con los años se acrecienta el bien de nuestra vida.
En cuanto al otro ejemplo, bastará repetir lo que de ordinario dicen cuántos a la setentona conocen: "Mejor para ella y para todos sería que se muriera." 
Regla general es que con muy pocas excepciones el cuerpo parece tan viejo como la mente piensa que lo es.
 Shakespeare se anticipó de muchos años a la moderna cuando dijo: "La mente da opulencia y salud al cuerpo."
 Me parece que nuestro gran problema, o mejor dicho, nuestro principal interés no está en ser joven en el sentido de conservar los ímpetus de la juventud, porque no en balde transcurren los años, sino en pasar gallardamente de la juventud a la virilidad y luego a la vejez con mucho mayor vigor del que generalmente se tiene. 
Los auxilios mentales y aun físicos que posee nuestra generación pueden revolucionar la vida de cuantos acierten a aprovecharla de modo que no pasen bruscamente de la virilidad a la alelada y casi  imbécil decrepitud.
Muchos hay que precisamente en la época de su vida en que más útiles son para ellos mismos, para la  familia y la sociedad, estropean su salud, enferman, desfallecen y mueren. La causa de este repentino truncamiento de la vida está en nosotros mismos y en nuestras manos tenernos el remedio.
A fin de alcanzar más alta vida, hemos de sutilizar la mente y el cuerpo. El cuerpo físico es de naturaleza material y sus partículas componentes provienen de los alimentos que comemos, del aire que respiramos y del agua que bebemos. Es de la tierra y a la tierra ha de volver.
Pero el cuerpo no es la vida, sino el material instrumento o medio de manifestación temporánea de la vida.
El alma o la individualidad se sirve del cuerpo y lo va moldeando, y determina, según el caso, su vigor o su debilidad. El alma se separa, queda el cuerpo frío e inerte, y se desintegra en sus materiales componentes que vuelven a la tierra, de donde procedieron.
El espíritu se vale de la mente para manifestarse en el cuerpo. Además, si el alimento asimilado nutre, sostiene y repara el cuerpo, la actividad mental por medio del pensamiento determina la peculiar constitución del cuerpo. En este sentido la mente construye el cuerpo y es el instrumento que moldea los elementos materiales.
 El albañil construye una pared con los ladrillos por materiales. No decimos que los ladrillos construyen la pared, sino que el albañil la construye y usa el material dándole la forma y colocación convenientes. Además las manos y movimientos del albañil obedecen a los pensamientos de su mente sin   cuya función no podría construir la pared aunque dispusiera de millones de ladrillos.
Lo mismo sucede con el cuerpo. Lo alimentamos, pero siempre bajo el dominio de una fuerza superior. De este modo, la mente construye el cuerpo y  nuestros pensamientos moldean y determinan nuestra fisonomía, actitudes, ademanes, inflexión de voz e influencia en las gentes con quienes nos relacionamos.
Acaso alguien diga: "Admito la influencia del pensamiento en nuestras emociones, pero no en nuestro cuerpo." Sin embargo, en muchos casos una profunda aflicción debilitó el cuerpo hasta acarrear la muerte.
Los periódicos de Nueva York relataron el caso de una señorita de Nueva Jersey, que a causa del constante dolor por la muerte de su madre, murió al cabo de una semana.
Refiérese también el caso de un hombre que, estando comiendo alegremente, recibió un telegrama, y al leerlo se puso a temblar, volviéndose de mil colores, sin ganas de probar otro bocado. Tal es el efecto de la mente sobre el estómago, que repugna el alimento, y si se le fuerza, lo vomita.
Una vivaracha y alegre señorita recibe una supuesta noticia, y al punto palidece, tiembla y cae al suelo sin sentido.
 ¡Tan íntimas son las relaciones entre la mente y el cuerpo!
Si en un teatro atestado de gente se oye la voz de fuego!, quedarán algunos paralizados de terror aunque sea una falsa alarma. La actitud mental produjo en un instante el trastorno del cuerpo. Estos ejemplos denotan la pasmosa influencia de la mente en el organismo corporal.
Una honda angustia, ansiedad, o temor pueden estragar en poco tiempo a una persona de tal modo que parezca como si le hubieran echado veinte años encima.
El tedio prolongado o intenso puede producir trastornos en el aparato digestivo con notable pérdida de vitalidad.
Todo linaje de pensamientos predominantes en la mente producirán con el tiempo sus efectos en el organismo físico. Cuanto mejor comprendamos estas leyes de correspondencia, más cuidado tendremos con la índole de pensamientos y emociones que voluntaria o involuntariamente mantengamos o sintamos. La mayor parte de enfermedades se originan en la mente y aparecen en el cuerpo a consecuencia de una morbosa actitud mental. El estado y condición en que se halla el cuerpo son efecto de los pensamientos transmitidos por la mente a las células que ejecutan las funciones fisiológicas.
Tal vez diga alguien que si bien la mente produce ciertos efectos en el cuerpo, es imposible e inconcedible que sea capaz de afectar conscientemente la sólida, fija y material forma del cuerpo.
Pero ¿acaso es el cuerpo realmente sólido? Aun en el caso de una pieza material, tan sólida como una barra de acero, los átomos que forman las moléculas están en recíproca acción. El cuerpo se compone de células que de continuo se renuevan, más si así no fuese, sobrevendría rápidamente la muerte. La naturaleza nos da cada año un nuevo cuerpo. Hay en el cuerpo de hoy muy pocas células de las que hace un año lo constituían.
 La rapidez con que se cicatrizan las heridas leves demuestra esta renovación de los tejidos celulares. Mediante la formación de nuevas células, la fuerza vital que actúa por virtud de la sangre es capaz de cicatrizar las heridas no infectadas. La razón de que la cirugía haya progresado tanto en estos últimos años, aventajando a la medicina, consiste en el conocimiento y uso de los antisépticos que evitan la infección, Así, pues, en el término de un año se renueva el cuerpo casi por completo. La renovación de la forma se produce continuamente en el cuerpo mediante la renovación de las células como se renuevan las hojas de los árboles.
La piel se renueva en pocas semanas. Los músculos, los órganos vitales, el sistema arterial, el cerebro y el sistema nervioso, tardan más, pero se renuevan al cabo de un año, y a veces en menos tiempo. El sistema óseo se cambia con más lentitud, variando de un año a catorce meses.
Mediante este proceso de formación celular, se moldea y renueva el cuerpo físico continuamente.
Por lo tanto, en ninguna época de la vida es el cuerpo una masa sólida, fija, sino una estructura plástica que cambia de continuo sus constructivos materiales.  Así es que tenemos en nuestra mano la manera de renovar el cuerpo, conociendo las relaciones entre la mente consciente y las vitales funciones del organismo.
La actitud mental se refleja en la mente subconsciente  que siempre produce en el cuerpo efectos análogos a su índole. Si pensamos en la enfermedad y la vejez, caeremos enfermos y nos avejentaremos con mayor facilidad que si mantenemos pensamientos de salud.
Dijo el arcediano Wilberf orce en una notable alocución en la Abadía de Westminster : "Las recientes investigaciones de los sabios, corraboradas por los experimentos de la Salpetriere de París, demuestran el poder intensamente creador de las sugestiones de la mente consciente en la subconsciente”.

LA PODEROSA EFICACIA DE LA MENTE EN LA RECONSTRUCCIÓN DEL CUERPO. 
CÓMO EL CUERPO AUXILIA A LA MENTE

El cuerpo parece viejo o joven, según piense la mente. Todo organismo físico continuamente muere y continuamente se renueva mediante la fuerza vital. En el cuerpo humano se efectúa este proceso por medio de las células que son el elemento histológico de los tejidos constituyentes de los órganos vitales.
Son los instrumentos de que se vale la naturaleza para su obra. Formada la célula ha de trabajar, y cumplida su finalidad muere y otras nuevas la substituyen. Este proceso de formación de las nuevas células se efectúa mucho más rápidamente y con mayor uniformidad de lo que cabe imaginar. La forma del cuerpo permanece aparentemente la misma, mas sus elementos constitutivos están en constante mudanza. 
La fuerza vital que obra bajo la dirección y guía de la mente subconsciente es el motor de la
 incesante renovación de células. Sin embargo, la mente subconsciente está sujeta a la influencia de la consciente, y esto es lo que a todos nos interesa conocer. Es innegable que podemos determinar las condiciones del cuerpo y por lo tanto también podemos determinar las condiciones de la vejez, si no tardamos demasiado en determinarlas.
Si fuera posible establecer divisiones arbitrarias de las épocas de la vida, las enumeraría del modo siguiente:
Juventud, desde la infancia a los cincuenta y cinco años; edad madura hasta los sesenta; edad proyecta hasta los setenta y cinco; ancianidad hasta los noventa y cien.
La mayoría envejecen mucho antes de tiempo y muchos ya no sirven para nada a los cincuenta y cinco o sesenta años, precisamente cuando podrían ser más útiles a su familia y a la humanidad. Esto es  contrario a la naturaleza y una deplorable condición de nuestra época. No cabe duda de que un mayor conocimiento, algo de previsión y cuidado a tiempo, evitaría la prematura vejez en el noventa por  ciento de los casos.
La natural ley del cuerpo es abundancia de salud y vigor. La fuerza vital que actúa siempre bajo la dirección de la mente subconsciente, siempre construye saludable y normalmente. La estructura celular  está construyéndose de continuo en el cuerpo mediante  la porción asimilada del alimento tomado para la nutrición del cuerpo; pero la afecta en bien o en  mal, la favorece o perturba la índole de pensamientos conscientes. 
De gran valor sugestivo son los siguientes párrafos de un notable autor:
"Dios ha gobernado y perpetuamente lo gobierna todo, de suerte que nuestra naturaleza propenda hacia la salud y contra el anormal estado que llamamos enfermedad. Cuando nuestra carne recibe una herida, comienza un singular proceso salutífero para reparar el daño. Así, en toda enfermedad se establece este misterioso poder curativo para triunfar de la  condición morbosa... ¿No puede acelerarse este proceso curativo por una acción voluntaria y consciente  de la mente, auxiliada, si es necesario, por la de otra persona?"
Mis observaciones y experiencias me obligan a responder afirmativamente. Por un esfuerzo volitivo  y mental del pensamiento, la fuerza salutífera de que Dios ha dotado a nuestro organismo fisiológico, puede intensificar su acción sobre el cuerpo. Tal es el misterio de las curaciones efectuadas por Jesucristo. La ley de la acción de la mente sobre el cuerpo es análoga a la ley de la gravedad. Es posible comprender y valerse de la ley de la curación de las enfermedades lo mismo que de las otras leyes de la naturaleza.
 Si mediante este proceso es posible alterar las condiciones físicas del cuerpo, aun después de establecidas, ¿no será posible y aún más fácil determinar desde luego la clase de estructura celular del organismo? Opinan los más preclaros pensadores que si pudiéramos evitar el endurecimiento o acartonamiento de las células retardaríamos la vejez y prolongaríamos la juventud.
La causa de la osificación es en parte mental y en parte física, y con relación a ambas deben tenerse en cuenta las condiciones hereditarias.
 Fijemos nuestra atención en ello. El alimento ingerido, o mejor dicho, el asimilado, es el material constructivo; pero la mente es siempre el constructor.
Hay mente consciente y subconsciente, es decir, que la mente tiene dos medios de expresión: la conciencia y la subconciencia. La conciencia es la mente pensadora y la subconciencia es la mente activa. La conciencia es la mente sensoria que percibe por medio de los cinco sentidos. La subconciencia es la mente interna, que preside las funciones orgánicas aun durante el sueño. La conciencia sugestiona y dirige; la subconciencia pone en obra las sugestiones recibidas.
 Los pensamientos, las ideas, y aun las creencias y las emociones de la mente consciente son las semillas que recibe la subconciencia donde germinarán y producirán fruto de su misma índole. La actividad química de la formación celular del cuerpo está completamente bajo la influencia y dominio de la subconciencia que todo lo penetra. 
En su obra Las leyes de los Fenómenos Psíquicos dice el Dr. Tomás J. Hudson:
 "La mente subjetiva es siempre susceptible de sugestión." Cuando entendemos y apreciamos esta verdad, es fácil advertir cómo el cuerpo construye, o mejor, se construye para la salud y el vigor o para la enfermedad y la flaqueza; para la juventud y la energía o para la prematura osificación. Por lo tanto, en nuestro poder está el determinar unas u otras condiciones.
 Un notable pensador ha dicho: "Cuanto establece la mente, los pensamientos habituales, las ideas fijas, acabará por concretarse en el mundo visible y tangible." 
Tenernos en resumen que el cuerpo cambia por efecto de la asimilación y desasimilación, presididas por la mente subconsciente.
La subconciencia está a su vez regida por la conciencia o mente pensante, y por lo tanto, como dice Lubbock, debemos ir con mucho cuidado con lo que damos entrada en nuestra mente.
Si estando sanos nos creemos sujetos a la debilidad, al decaimiento y a la enfermedad, la mente subconsciente quedará sugestionada por esta creencia y construirá según la plantilla que reciba. Por esta razón, quienes de continuo piensan y hablan de sus dolencias o las presumen aprensivamente y las temen, nunca están sanos. 
Mirarse a sí mismo, creerse, y por lo tanto representarse en la mente robusto, sano y activo, equivale a sugestionar la subconciencia, de modo que construya el tejido celular sano y activo, con abundante   salud y vigor. Del mismo modo, cuando llega la edad en que de ordinario empieza la vejez, si nosotros creemos o los demás nos dicen que somos viejos y nos portamos de acuerdo con el pensamiento de vejez, proporcionamos a la subconciencia el patrón que inevitablemente producirá corporalmente las condiciones de vejez y quedaremos sujetos a su influencia, debilitando nuestra fuerza vital.
Permanecer joven de mente, ánimo y sentimientos equivale a permanecer joven de cuerpo. Envejecer a la edad en que muchos envejecen es cuestión de hábito mental. Pensar en la salud y en el vigor, vernos de continuo en esta condición, equivale a actualizar la sutilísima fuerza dinámica que se exterioriza en el cuerpo. Si la condición corporal, mediante siniestros hábitos mentales y emocionales, llega a ser anormal y enfermiza, bastará persistir en la opuesta actitud de la mente para actualizar la energía vital que restaure las saludables y normales condiciones.
Si las anormales y morbosas condiciones provienen de erróneos hábitos físicos, de la violación de las leyes de la salud, debe cesar esta violación, prestando al cuerpo la atención requerida mediante la sencilla alimentación y limpieza, aire puro, ejercicio moderado, y veréis cómo se opera lo que antiguamente se hubiera tenido por milagro.
De este modo, la mente es una sutil transformadora y curativa energía de gran intensidad según cada día está demostrando la experiencia. Por sumisión a la divina Ley hay ya muchos que se curan a sí mismos de varias enfermedades e invierten la debilidad  e impotencia en fortaleza y vigor, luchando victoriosamente con la vejez. El pensamiento es una sutil y potente fuerza que inevitablemente produce efectos de su propia índole. En la edad madura debemos tener mucho cuidado en no anticipar la decrepitud, y para ello nada más a propósito que la moderación, la sobriedad, el júbilo y el sosiego, de suerte que la edad madura sea una prolongación de la prudente juventud, dando por resultado una fuerza y vigor que dilataría indefinidamente la virilidad.
Bueno es que hagamos aquí una observación a las madres respecto de la edad en que sus hijos crecidos, quieren parecer hombres. Sin duda, las madres no cometerían la locura de hacer a los diez y seis años lo que habrían de hacer a los treinta y cinco de modo que acortaran su dorada juventud.
El fértil campo de la literatura está a disposición de la mujer. Para los estudios y actividades que tanto anhelaba tiene ya una mente más cultivada, más copiosa experiencia que en otro tiempo. Se interesa también en los problemas sociales y cívicos con mayor sentido de su responsabilidad, hasta equipararse al hombre en derechos y deberes. De esta suerte es la mujer más valiosa para sí y para sus hijos, a quienes puede inspirar mayor confianza, respeto y admiración que si se retrajera en el pensamiento de su inferioridad. La vida, mientras estamos en el mundo, ha de ser una evolución, un progreso, pues tal es su finalidad; pero los pensamientos de quietismo y flaqueza se oponen a la evolución progresiva y osifican, debilitan, amortiguan física y mentalmente.
Quien anhele permanecer joven, no han de ser para él los años venideros de abandono de la esperanza, de la dicha ni de la actividad, sino de relativo vigor, con mayor experiencia, y por lo tanto, con mayor provecho y utilidad de que resulten el placer y la dicha.
Aplauso merecen quienes no permiten que las vicisitudes les amarguen la vida, les arrebaten la fe o menoscaben las energías necesarias para la satisfacción de la vida. Aquellos que jamás permiten que se les deprima el ánimo, sean cuales sean sus individuales problemas, circunstancias y condiciones en que se hallen, sino que todo lo arrostran serenamente, son los verdaderos señores y dueños de la vida; los que alientan y auxilian a los demás. Muchos podrían añadir algunos años de salud y vigor a su vida por medio de la renovación de su mente y de una constructora, positiva y dominante índole de pensamientos. 
Tennyson fué profeta cuando cantó: "Acerquémonos al lado luminoso de la duda. Juntémonos a la fe más allá de las formas de la fe, porque la fe no vacila con tempestad de palabras bélicas. Brilla al entrechoque del sí y del no. Vislumbra lo mejor en lo peor. Sabe que el sol lucirá de nuevo pasada la noche. Columbra el verano a través del invierno. Saborea la fruta antes de que la flor caiga. Escucha la alondra en el mudo huevo. Encuentra la fuente en donde, al parecer, no hay más que espejismo."

E L P O D E R  D E L  P EN S A M I E N T O

EN LA VIDA DIARIA

 Hace años, un conocido empresario de conferencias, entre cuyos conferenciantes figuraban Juan B.Gough, Enrique Ward Beecher y otros de la misma talla, me refirió un caso sobre el cual he reflexionado mucho desde entonces.
Era hombre de valioso carácter, muy sentimental y observador de las fuerzas internas. Desde joven se marchó de su casa y encontró colocación en un vapor del Misisipí. Un día, al cruzar la cubierta del barco que navegaba río abajo, pensó repentinamente en su madre y en su hogar. Durante el resto del día estuvo con el ánimo muy deprimido, y el suceso fue tan extraordinario y la impresión tan viva, que lo anotó en su diario. Algún tiempo después, al volver a su casa, encontróse en el patio con su madre, quien llevaba en la cabeza un gorro que él jamás le había visto llevar. Se quitó ella el gorro enseriando una tremenda cicatriz en la cabeza y diciendo que hacía algunos meses, en tal día y a tal hora, había bajado al patio, y al apartar a un lado una piqueta de muy afilada punta, tropezó con uno de los alambres de tender la ropa, que al caer le dio en la cabeza, produciéndole la profunda herida cuya cicatriz le enseriaba. Al deshacer la maleta, consultó el joven su diario, viendo que el día y hora indicados por su madre coincidían con el momento en que a bordo del vapor le había asaltado la repentina idea. Madre e hijo se querían mucho y era indudable que el pensamiento de ella al recibir el golpe fué a parar telepáticamente al hijo ausente, cuya sensibilidad lo capacitó para recibir la influencia mental del emitido pensamiento. 
Multitud de casos semejantes, todos ellos auténticos, podrían citarse. A veces nos asalta el repentino pensamiento de un amigo de quien hacía meses no nos acordábamos ni teníamos noticias de él. Otras veces hemos deseado escribir a un amigo ausente de quien nada sabíamos desde mucho tiempo, y al cabo de uno o dos días recibimos carta suya que se cruza con la nuestra. Estos y varios otros casos análogos demuestran que los pensamientos no son algo indefinido, sino fuerzas emitidas por la mente con determinada influencia. 
La transmisión del pensamiento es ya una verdad  indiscutible, y aunque abunda la impostura en este punto, no cabe duda de que el pensamiento es energía. Una mente positiva y ejercitada es capaz de dar forma a un pensamiento, que otra mente recibe si está sintonizada con la del emisor del pensamiento.
Hace poco tiempo que se conoce científicamente la telegrafía inalámbrica, y sin embargo siempre han existido las leyes que la rigen. El conocimiento de estas leyes y el uso de aparatos emisores y receptores nos capacita para expedir mensajes a centenares de kilómetros de distancia, sin necesidad de alambres. Aunque es mucho lo que conocemos de las vibraciones eléctricas quizás es mucho más lo que ignoramos. 
A mi entender el pensamiento es una modalidad vibratoria. La mente emite el pensamiento como una onda, que se transmite impresionando a cuantas otras mentes están dispuestas para recibir la impresión, aparte de los efectos que varias clases de pensamientos producen en las funciones corporales de quien los emite. Por virtud de la ley de evolución, el hombre va descubriendo y utilizando las fuerzas sutiles de la naturaleza. Fijándonos en la luz, hemos pasado por las velas de sebo y cera, el candil y velón de aceite, el quinqué de petróleo, el gas, la electricidad y las lámparas modernísimas de tungsteno y radio. Sin embargo, acaso estamos en el principio y tal vez antes de veinte años las más brillantes luces eléctricas resulten todavía mortecinas. Muchos otros ejemplos de nuestro gradual progreso de lo grosero a lo sutil, relacionado con las leyes y fuerzas de la naturaleza, acudirán seguramente a la memoria del lector.
El vivo interés que pensadores e investigadores como Sir Oliver Lodge, Sir William Ramsay y otros muestran en el estudio de las energías psíquicas son prueba de que adelantamos a pasos agigantados en este particular. Algunos insignes sabios opinan que estamos en época de prodigiosos descubrimientos en el reino interior del hombre; y por mi parte creo que pronto conoceremos exactamente la naturaleza del pensamiento, sus métodos de actuación y las leyes de su empleo en la vida diaria. Podemos asegurar que nada se substrae a la ley fundamental y absoluta de causa y efecto. 
Una de las leyes capitales de la vida humana tiene por enunciado que según lo interior es inevitablemente lo exterior. Nuestros pensamientos y emociones son las sutiles y silentes fuerzas que se manifiestan constantemente en diversas formas en el mundo material. Lo semejante engendra y atrae a lo semejante. Cual sea nuestro tipo predominante de pensamientos, tal será nuestro tipo y condición predominante de conducta. La índole de pensamientos que alimentamos produce sus efectos en nuestras  energías y en las condiciones del cuerpo. El pensamiento vigoroso, positivo y esperanzado, estimula y vivifica. El pensamiento deprimido y siniestro  debilita el cuerpo y da lúgubre aspecto al semblante. Por otra parte, la mente se habitúa a los pensamientos que más de ordinario sostenemos. Cada pensamiento reproduce algo peculiar de su índole. 
Dice un autor al tratar de los efectos de cierta clase de pensamientos y emociones en las condiciones corporales : "Sabemos por personal experiencia que la angustia, el temor, el tedio, el odio, la venganza, la avaricia, la tristeza, y en general toda emoción siniestra, debilita y perturba la mente y el cuerpo. Se ha demostrado que producen venenos en el organismo, deprimen la circulación, alteran la calidad de la sangre, disminuyendo su vitalidad, afectan los centros nerviosos y paralizan la actividad corporal. Por otra parte la fe, la esperanza, el amor, el perdón, el júbilo y todas las emociones positivas y enaltecedoras mantienen la armonía y estimulan la circulación y la nutrición.”
Quien no se deja dominar por temores ni presagios, no cede al desaliento, sino que mantiene positivos y alentadores pensamientos que de continuo le auxilian en su empresa. Sus vigorosos, positivos y por lo tanto creadores pensamientos favorecen la realización de su ideal. Hay quienes menosprecian las ideas, pero muy triste sería este mundo si no fuese por las ideas y los ideales. Cada máquina supone de antemano una pura idea en la mente del inventor. Todo edificio material tomó su pristina forma en el pensamiento. Toda obra, cualquiera  que sea su índole, tiene su origen en el reino inmaterial antes de concretarse en forma material.
Por lo tanto, conviene que tengamos ideas e ideales y no es tarea inútil construir castillos en el aire con tal de darles material revestimiento y que lleguen a ser castillos cimentados en el suelo. Accidentalmente pueden quedarse en caballas, pero muchas veces, tina grandiosa visión y una dilatada experiencia nos dan a entender que la felicidad y satisfacción en el interior de una cabaña pueden aventajar a las condiciones de existencia en un grandioso castillo. 
Los hombres de éxito son invariablemente hombres de fe, porque la fe absoluta es uno de los esenciales elementos y secretos del éxito. Debemos conocer, y a los jóvenes les conviene principalmente este conocimiento, que cada cual lleva en sí su éxito o su fracaso, que no dependen de condiciones externas. A quien está animado por la fe, nada le abate ni le acobarda. Si las circunstancias le estorban por un camino, toma otro y sigue adelante.
Las circunstancias sólo se atreven con los débiles, y siempre ceden el paso a los enérgicos. Lo esencial es sacar el mejor partido posible de las condiciones en que uno se halle, forjarse un ideal, por imposible que parezca, creer en él y confiar en la capacidad de realizarlo, y no cruzarse perezosamente de brazos en espera de que por sí mismo se realice, sino aprovechar la primera oportunidad que se ofrezca, creyendo firmemente que al dar un paso cobraremos mayor fuerza para dar otro y otros hasta alcanzar el ideal.
Hablamos del hado muchas veces, como si fuera algo extraño a nosotros, olvidando que el hado depende siempre de nuestra condición. Un hombre decide su propio hado o suerte, según la índole de pensamientos habituales que influyen predominantemente  en su conducta. Su pensamiento es el timón que determina el rumbo de su vida, y si es negativo y vacilante navega a la deriva. La suerte no es algo tangible que nos domine independientemente de nuestra voluntad. Mediante el conocimiento y el uso inteligente y definido de la sutil, pero potente fuerza del pensamiento, acondicionamos las circunstancias; pero si carecemos de este conocimiento o no lo empleamos con acierto seremos juguete de las circunstancias. Digamos con el poeta Henley:

"Más allá de la noche que me cubre negra como
un profundo abismo, me congratulo de cuanto los
dioses den a mi invencible alma."

Los pensamientos que mantenemos no sólo determinan las condiciones de nuestra propia vida, sino que, acaso de manera mucho más eficaz de lo que nos figuramos, influyen en las personas con quienes convivimos y nos relacionamos. Aun sin percatarse de ello, todos reciben su influencia.
Los pensamientos de benevolencia, simpatía, magnanimidad, cariño, en una palabra, cuantos emanan de un espíritu de amor, influyen positiva y estimulantemente en los demás e inspiran en ellos la misma índole de pensamientos y emociones, que retornan a nosotros con sus placenteras influencias.
Los pensamientos de envidia, malicia, odio o morbosidad, influyen igualmente en el prójimo e inspiran la misma índole de pensamientos y emociones, o bien producen otros sentimientos antagónicos cuya persistencia amortigua las simpatías y las relaciones amistosas.
Mucho oímos hablar de magnetismo personal. Un cuidadoso análisis revelará que quien posee en notable grado el elemento de magnetismo personal, es de carácter magnánimo, valeroso, resuelto, cuyos positivos pensamientos influyen de continuo en otros e inspiran la misma cualidad. No es posible que posea magnetismo personal, ni aun en leve grado, aquel cuya mente y corazón carezcan de positivas cualidades. Quien desee tener amigos ha de irradiar  habitualmente pensamientos amistosos, esperanzados, de benevolencia y amor. Quien no cultiva pensamientos benévolos, placenteros y agradables es una rémora para todos.
De ordinario descubrimos en las personas las cualidades que mayormente anhelamos poseer o las predominantes en nuestro carácter. Cuanto más generoso, tolerante y benévolo, menos propenso es uno a la crítica y la maledicencia porque sólo ve el aspecto luminoso del prójimo. 
Dice Jeremías Bentham: "Para amar a la humanidad, no debemos esperar mucho de los hombres."
Tuvo Goethe todavía una visión más profunda al decir: "¿Quién es el hombre más feliz? El que aprecia el mérito de los demás y se goza en sus alegrías tal como si fueran propias." 
La principal característica del maldiciente es que prefiere vivir en los miasmáticos fondos de la vida, revolcándose en el cieno y alegrándose de los defectos ajenos. Los caracteres magnánimos ven lo bueno y simpatizan con las debilidades y flaquezas de los demás. Saben también que es ridículo señalar las fragilidades ajenas, teniéndolas propias.
Únicamente el hombre perfecto está autorizado para juzgar a otros; y sin embargo, cuanto más perfecto es un hombre, más benévolo y tolerante se muestra con el prójimo, y de nadie murmura ni a nadie juzga.
La vida se acrecienta y enaltece por la simpatía, benevolencia y tolerancia, no por el cinismo ni la maledicencia. Dice Edwin Markham: "Mi enemigo trazó un círculo dejándome fuera y llamándome hereje y rebelde; pero el Amor y yo tuvimos mafia para vencer y trazamos un círculo que lo encerró dentro.”

LA  ESENCIA   DE  LA    REVELACIÓN Y  EL PROPÓSITO  DE  LA  VIDA
DE  JESÚS

Si buscáramos la esencia de la revelación de Jesús, atestiguada por sus palabras y obras, nos llevaría  al conocimiento del inefable amor de Dios al hombre, y ello infundiría en nuestros corazones ánimo para conocer y seguir sus caminos, dando renovado vigor a la divina ley de humana confraternidad que realzaría la condición de individuos, familias, naciones y aun del mundo entero.
Reveló Jesús en toda su incomparable belleza una nueva y delicada actitud de mente y ánimo, para que en vez de seguir las tradiciones humanas fuéramos fieles a Dios, de suerte que asumiendo su primacía la divina ley en la mente y el corazón, fuésemos también fieles a nuestros prójimos. Estos son los puntos esenciales de la revelación de Jesús, los fundamentos de su vida. A ello se encaminan todas sus enseñanzas y obras. Creo que cuantos esfuerzos se hicieron posteriormente para alucinar a las gentes con teorías acerca de Jesús son contrarios a sus enseñanzas fundamentales.
¿Por qué son fundamentales? Un doctor de la ley, autoridad eclesiástica en aquellos tiempos, le preguntó a Jesús cuál era la esencia de sus enseñanzas. La alusión fue tan indirecta, que no podemos afirmar si la pregunta tuvo por objeto confundirle como muchas veces hacía con los doctores, o si deseaba una respuesta alentadora. El doctor preguntó: "¿Maestro, cuál es el mayor mandamiento de la ley?" Jesús respondió: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y gran mandamiento. El segundo es semejante a este. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.
Aquí tenemos una admirable afirmación de fuente autorizada. Es tan clara que ni el más insensato puede tergiversarla. Y su verdad sube de punto al compararla con esta otra declaración de Jesús. "No penséis que he venido a abrogar la ley sino a cumplirla." No hemos de olvidar jamás que Jesús nació, vivió y murió judío, lo mismo que sus discípulos, y nunca se consideraron de otro modo. La base de su religión era la religión de Israel, la que enseñó unas veces en la sinagoga y otras en las montañas y orillas de los lagos. Procuró enseñarla en su pureza, derribando las vallas que habían levantado en su alrededor los eclesiásticos de entonces, y la realzó a mayor nivel.
No se encuentra en ninguna de las declaraciones de Jesús ni el más leve indicio de que hubiera otro propósito que el de establecer la nueva ley por el cumplimiento de la antigua, lo cual hizo admirablemente respecto de Dios y el hombre.
No vino Jesús a abolir la ley y los profetas, sino a cumplirlos. Las palabras inspiradas por Dios a los profetas se habían petrificado en un sistema instituido por quienes no estaban inspirados por Dios. Se les enseñaba a las gentes que sólo los sacerdotes podían acercarse a Dios y ser los intermediarios entre Dios y los hombres.
Las ceremonias, ritos y observancias acabaron por sofocar el espíritu religioso. Los escribas y fariseos se atribuyeron el absoluto ministerio de regular la vida espiritual y el bienestar de las gentes, como suele suceder cuando se toma por base de una institución, la libre y universal verdad predicada por algún profeta o inspirado instructor religioso.
Así ha ocurrido repetidas veces, y el Cristianismo es de ello un ejemplo. Sólo con la escrupulosa vigilancia se ha conservado mediante la libertad de conciencia que enaltece la moral de los pueblos. Refiriéndose Jesús a la deplorable depresión del espíritu religioso en el pueblo judío, lanzó contra los fariseos aquella enérgica invectiva:
    "Vosotros, fariseos, limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas...!, que sois como sepulcros que no se ven y los hombres que andan encima no lo saben. ¡Ay  de vosotros, doctores de la ley!, que cargáis a los hombres con cargas que no pueden llevar; mas vosotros ni aun con un dedo tocáis las cargas... ¡Ay de vosotros, doctores de la ley!, que habéis quitado la llave del conocimiento. No entráis vosotros y a los que entraban impedisteis."
Nos ha de aprovechar esta lección. Siempre debe mantenerse en su más alto grado el espíritu religioso. De otro modo, la revelación y la religión de Jesús quedará oprimida en un código con los mismos instrumentos de interpretación que establecieron  los fariseos con la ley y los profetas, dando motivo a que Jesús los condenara tan acerbamente y con tanta intrepidez y gallardía, que acabaron por tramar su muerte.
Si Dios no estuviese en el alma humana en espera de darse a conocer al corazón creyente y amoroso y ser graciosamente accesible sin sujeción a ningún código, podríamos decir que las palabras de Jesús no son verdaderas. Y para confirmarnos en la creencia de que está directamente el alma humana relacionada con Dios, no hay más que considerar las instrucciones que dió Jesús explícita e inequívocamente acerca de la oración. Es fácil substituir lo secundario por lo fundamental, lo accidental por lo esencial y el continente por el contenido. Cuando después de la última cena lavó los pies Jesús a sus discípulos, quiso enseñarnos la virtud de la humildad. El lavatorio de los pies simboliza la actitud de humilde servicio al prójimo. Todo fiel cristiano debe tener espíritu de servicio. Sin embargo, fué tal la sorpresa del discípulo Pedro al ver tan humilde servicio por parte de Jesús, que exclamó: "No me lavarás jamás los pies." Jesús repuso: "Si no te lavare, no tendrás parte conmigo."
En los países orientales, en donde se usan sandalias de plantilla, es costumbre que el dueño de la casa ofrezca al huésped agua para lavarse los pies. No hay razón de que este simbólico acto de humilde servicio sea condición esencial para la salvación; y sin embargo, algunos lo consideran indispensable, aunque a toda persona sensata se le alcanzará que no puede serlo en modo alguno.
Esto es un ejemplo de cómo cabe tergiversar el espíritu de un hermoso acto. Porque las palabras de Jesús son muy explícitas: "Si no te lavare, no tendrás parte conmigo." Oigamos el comentario de Jesús: "Así, después que les hubo lavado los pies, y tomado su ropa, se sentó de nuevo a la mesa y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy; pues si yo, el Maestro y Señor, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavar los pies unos a otros. Porque ejemplo os he dado para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. En verdad, os digo: El siervo no es mayor que su señor ni el apóstol es mayor que el que le envía." Si sabéis todas estas cosas, bienaventurados seréis. Si las hiciereis es un medio para un fin y no un fin en sí mismo. Es esencial el espíritu que entraña, pero no el acto en sí.
Lo mismo cabe aplicar a otras obras de Jesús, que varias veces reprendió a sus discípulos por dar a sus palabras y obras interpretación material. Cierta vez dijo: "Yo soy el pan de vida... Para que el que de él comiere no muera... El pan que yo daré es mí carne." Y los judíos contendían entre sí diciendo: ¿Cómo puede éste darnos su carne a comer? Jesús afirmó su declaración, diciendo: "En verdad, en verdad os digo, que si no comiereis la carne del Hijo del Hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros... Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida..."
Sus discípulos, inclinados a interpretar sus palabras de un modo material, se decían entre sí: "Este lenguaje es muy duro. ¿Quién puede oírlo?" Jesús les preguntó si lo que les acababa de decir los escandalizaba, y para que no tergiversaran su real significación y por lo tanto su doctrina, dijo: "El espíritu vivifica. La carne nada aprovecha. Las palabras que os he hablado son espíritu y son vida."  No podían por lo tanto tomarse literalmente.
Es indudable que las palabras declaradas eran la expresión del pensamiento dominante en su mente. Así dijo: Seguidme a mí y no a quien se arrogue mi representación, y seguidme porque yo os conduzco al Padre.
Tanta importancia daba a esto el hijo del carpintero, que fué su principal misión dar a conocer la unidad de su vida con la de su Padre. Era carpintero de conocerlo y por esto dijo: "Yo y el Padre somos una misma cosa." Pudo comunicar al mundo el conocimiento de la unidad esencial de lo humano con lo divino, de que Dios habita en quienes voluntariamente abren sus corazones a su divina presencia. Fue el mediador entre Dios y el hombre, el Salvador de los hombres. "El que me ame observará mis palabras. Y mi Padre le amará e iremos a Él y haremos nuestra morada en Él... Si guardáis mis mandamientos, habitaréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mí Padre y habito en su amor."
Nuestra constante negativa en escuchar y cumplir las vitales palabras de Jesús y nuestra inclinación a suplantarlas, nos lleva a frecuentes ilusiones en la vida diaria. Nos parece que hemos de creer en Jesús y no que hemos de creer a Jesús. De esto ha derivado el divorcio entre el Cristianismo y la conducta. El motivo primordial ha sido la salvación del alma, resultando de ello una religión negativa, egoísta, represiva e ineficaz. Por esto dijo Jesús: "¿Y por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo .que os digo?"
Todavía no sabemos bien lo que él significaba por salvación. Cuando la conducta se justifica por el poder de Dios interno, y amamos y servimos al prójimo, entonces se salva el alma.
Un hombre puede creer en Jesús durante millones de años, y sin embargo no haber encontrado el Reino de Dios y su justicia. Pero un hombre no puede creer a Jesús, lo cual significa seguir sus doctrinas, sin hallar al mismo tiempo el Reino y gozar de sus incomparables beneficios en esta y en la otra vida. Si hay algo claro en las doctrinas de Cristo, es que la vida presente determina con absoluta precisión la vida futura.
Por lo tanto, no hay necesidad de indagar si tal o cual doctrina es verdadera o falsa. Las modernas especulaciones o teorías no nos deben interesar.
Apliquémonos las palabras de Jesús. "El que quisiere hacer la voluntad del que me envió conocerá de la doctrina si viene de Dios y si yo hablo de mí mismo."
Quien así obra entra desde luego en el Reino de los Cielos. Y cuando llegue la hora de la muerte irá corno gozoso peregrino con anticipada participación del Reino que le aguarda, acompañado de las palabras del Maestro. "En la casa de mi Padre hay muchas moradas."
Así, siendo discípulo de Jesús más bien que creyente en él, llega poco a poco a poseer la intuición y facultades propias de quienes fueron sus discípulos.
El Espíritu Santo, el Divino Consolador, espera que lo recibamos para que nos conduzca a la suprema verdad y sabiduría, intuición y poder. 
Dice Kant: "El otro mundo no es un lugar sino distinto estado de conciencia." Esto concuerda con las palabras del Maestro:
"El Reino de Dios está en vosotros." Y ambas del todo acordes con la de un profeta moderno. "El principio y fundamento del Cristianismo y de toda verdadera religión radica en el espíritu y es la encarnación de Dios en todo ser humano."
En las genuinas doctrinas de Jesús encontramos que no insistía principalmente en la salvación del alma, sino en la salvación de la vida, para emplearla en el servicio del prójimo, y que tomase mayor incremento a fin de enaltecer el alma en grado suficiente para ser digna de la salvación. Así lo reconocen actualmente los más conspicuos cristianos de sincera religiosidad.
Los hombres previsores y reflexivos no se interesan ya por doctrinas o especulaciones acerca de Jesús. Los subyuga la admirable individualidad y conducta de Jesús. Los atrae el magnético poder de sus enseñanzas. No necesitan especular sobre Dios. Necesitan a Dios y Dios es la fuerza predominante que abarca toda la vida individual. Pero el que encuentra el Reino de Dios, aquel cuya vida se sujeta a la divina ley conoce al mismo tiempo sus verdaderas relaciones con el prójimo que para él no es sólo su vecino ni su paisano ni su compatriota, sino todo ser humano, porque todos son hijos del mismo Padre, y todos van a la misma meta aunque por distintos caminos.
El que vive bajo la influencia y dominio de la divina ley, conoce que sus intereses son solidarios de los del prójimo, y no puede obtener un bien para sí a costa ajena, sino más bien que sus intereses, su dicha, son idénticos a los intereses y dicha de los demás. La Ley Divina, la Ley de Dios, llega a ser para él la ley fundamental en los negocios temporales, la regla dominante en la vida política y en las relaciones internacionales. Jesús no dio importancia a las ceremonias, a los formulismos y a la religión exterior. Lo vemos casi siempre entre la gente del pueblo, entre los pobres, los menesterosos y los pecadores, cuando con ello podía servir al Padre y ser útil a los hijos del Padre. Conforme a lo que dice el relato, no distinguía de clases sociales, sino que era amigo de todo hombre, pobre o rico, para ayudarlos y enaltecerlos.
Después lo vemos en las montañas, en la soledad, en íntima comunicación con el Padre; y así confortado, vuelve a predicar a las gentes para que levanten mentes y corazones al divino ideal y conozcan sus mutuas relaciones para que el Reino de Dios y su justicia lleguen a ser la ley dominante y la fuerza del inundo. Venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.
Cuando la iglesia inscriba en su bandera la ley divina, no en teoría, sino en la práctica, olvidándose de sí misma en servicio del Maestro, sin preocuparse de sus materiales intereses, verá aumentar en cantidad y calidad el conjunto de sus fieles con tal respeto y poder, que se admirará de haber estado encadenada tanto tiempo a la tradición. Surgirá una nueva vida con la satisfacción del deber cumplido.
Estamos en una época de transición. El progreso científico exige distintas condiciones a los ministros de todas las religiones que constituyen tan espléndida corporación.
Esta idea del Reino de Dios, de la divina Ley en todas las relaciones humanas, está hoy día abriéndose paso entre gran número de pensadores a cuyo estímulo las denominaciones religiosas se esfuerzan en extender su acción a todas las modalidades de la vida social, dando por resultado que ingresan en sus filas, jóvenes de intenso espíritu religioso a quienes nunca interesó el formulismo de una religión careciente de obras vivas.
A los ministros del Evangelio, a quienes tanto admiro, les diré que una de las más señaladas características de nuestra época es la determinación por parte de gran número de gentes reflexivas de dirigirse directamente a Jesús para esperar en él. Las creencias y las voces de los seglares deben tenerse en cuenta. Jesús es demasiado grande y universal para que siga monopolizándole una iglesia particular.
Millares de jóvenes están cautivados por la sencillez evangélica. Muchos de ellos se han asimilado su espíritu y se entregan al servicio del Maestro. Trabajan de un modo efectivo, y cuando el espíritu de Cristo se apodera de un hombre, se adapta a las actuales condiciones de los tiempos y no como tres mil años atrás.
La honradez intelectual impide a muchos hombres asentir a lo que repugna a su razón. No aceptan los credos porque saben que un credo es sólo el símbolo de la fe de algún hombre respecto de religión o de otra materia. Discuten el dogma que se funda en una credulidad nociva a la vida moral e intelectual del hombre, cuya actividad paraliza, y únicamente puede asentir  por medio de la ignorancia mental. No debemos olvidar que Dios sigue actuando y se revela más completamente a la humanidad mediante los modernos profetas.
Debemos recordar que las actuales condiciones del mundo son diferentes de las de los primeros tiempos del Cristianismo. La iglesia cristiana debe progresar con paso bastante vivo para atraerse a los jóvenes de claro entendimiento, animados del espíritu de servicio que tuvo Cristo, y que anhelan lograr positivo efecto.
Esta juventud defiende ahora lo que dentro de algunos años defenderá toda la iglesia. Todo hombre animado de verdadero espíritu misionero tiene el espíritu y religión de Cristo. 
Jesús no estableció ninguna organización. Su mensaje del Reino fue tan amplio que no cabe en el estrecho recinto de una denominación religiosa. Jamás puso Cristo condición alguna para difundir su verdad; y por lo tanto, condenaría hoy a quienes se arrogan su monopolio, lo mismo que condenaba a las autoridades eclesiásticas de su tiempo que monopolizaban las verdades de los profetas de Dios.
Así, podría decirse a la iglesia: Sé cauta y prudente. Establece tus condiciones de modo que obtengas la adhesión y auxilio de la juventud intelectual. Muchos de ellos son de la estirpe que Jesús eligió para el apostolado. De entre estos jóvenes saldrán con el tiempo insignes pedagogos, hábiles economistas, sabios jurisconsultos, valiosos organizadores en los campos de la actividad social.
Muchos de ellos alcanzarán elevada posición como educadores. Algunos intervendrán en la política activa, realzándola de su baja condición a verdadera y honrada gestión de los intereses colectivos del pueblo.
Toda corporación que no procure constantemente utilizar los servicios de sus más idóneos
miembros forzosamente habrá de hundirse en la esterilidad. Una empresa industrial o bancaria que no hiciera lo propio caería en la quiebra.
Muchos hombres de valía están tan ocupados en las obras de Dios en el mundo, que no tienen tiempo ni ocasión de emplearse en cosas ajenas a su aptitud intelectual y moral. La iglesia debe colocarse clara e inequívocamente al nivel de los modernos conocimientos para lograr la adhesión de esta clase de hombres.
En materia de religión entra por mucho el arraigo de las creencias, que evolucionan muy lentamente.
Los enamorados de la fe de sus padres consideran que la religión es demasiado sagrada para discutirla, y no distinguen entre la tradición y la verdad, sobre todo cuando ambas han sido hábilmente mixtificadas. Muchos no están al corriente de los adelantos científicos e ignoran las profundas mudanzas operadas en estos últimos arios en todas las esferas del mundo intelectual, excepto en las iglesias dogmáticas, aunque no deja de haber clérigos de progresivo espíritu que anhelan indagar más altas verdades; y por lo tanto, la juventud que permanece alejada de las denominaciones religiosas debiera unirse con los eclesiásticos deseosos de verse auxiliados en sus esfuerzos por el bien. La iglesia no es depositaria, sino instrumento de la verdad y justicia. Los hombres honrados respetan las diferencias de opinión. La simpatía es un poderoso armonizador.
Dice Lyman Abbot: "De todos los personajes históricos ninguno condensa ni refleja tan acabadas y viriles virtudes como Jesús de Nazareth. El mundo lo va reconociendo... En tiempo de las controversias religiosas se preguntaban los teólogos: qué relación tiene Jesucristo con el Padre? Estallaron guerras por si era o no era consubstancial con el Padre. Yo no sé de qué substancia es el Padre, ni tampoco sé cuál es la de Jesucristo; pero sí sé que de entre cuantos hombres fueron y son en el mundo, ninguno como Jesucristo llena de amor mi corazón ni me mueve a reverenciarle y seguirle.
Poco me importa si nació de una virgen; si resucitó; si convirtió el agua en vino; si alimentó a cinco mil personas con dos panes y cinco peces. Aun prescindiendo de esto, se yergue colosalmente su figura por la excelsitud de su doctrina, que el mundo entero acata, aunque no la cumpla. No me importa saber cuál es su metafísica relación con el Infinito. Creo que es el insigne Maestro, Jefe y Caudillo, cuya obra he de imitar; la gran personalidad a que debo parecerme. Esto es lo que sé. La teología no me dio este conocimiento ni tampoco puede arrebatármelo. Toda religión sincera se manifiesta en el carácter."
 Dice Benjamín Jowett : "El valor de una religión depende de sus efectos morales."
Cuando el corazón se levanta hacia Dios tenemos la base y esencia de la religión, o sea el conocimiento de que reside Dios en el alma humana.
Poseemos la verdad interna cuando el corazón se levanta hacia el prójimo. Tenemos la base esencial de la ética y volvemos a poseer la verdad interna.
Del corazón arrancan los canales de la vida. Cuando el corazón es justo, lo son también las obras. El amor nos conduce al corazón de Dios y nos armoniza con las supremas y óptimas relaciones de la vida humana.
El temor jamás puede ser fundamento de la religión y la moral. Quien obra por temor procura por una parte ocultar sus malas acciones y por otra eludir el correspondiente castigo. Los hombres de superior inteligencia tienen extraordinaria sagacidad para discernir lo accidental de lo esencial, lo falso de lo verdadero. Replicando Lincoln a quien le echaba en cara que no perteneciese a ninguna denominación religiosa, exclamó: "Cuando una Iglesia tenga por único dogma la explícita declaración del Salvador: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo, entonces me afiliaré a ella con todo mi corazón y con toda mi alma."
Muchos de sus coetáneos consideraron a Lincoln como lo que ahora llamamos librepensador. Sin embargo, su vida entera tuvo una amplia base religiosa, tan profunda, que lo dotó de las admirables características de su relevantísima personalidad, admirada por cuantos le trataban, y que según él mismo decía, lo sostuvieron en aquella tenebrosa y crítica época de su magistratura. Hoy día nadie niega que Lincoln fué cristiano, y esto demuestra que nos vamos acercando al verdadero cristianismo.
Tampoco pertenecieron a determinada confesión religiosa Emerson, Jefferson, Franklin y tantos otros que dedicaron toda su vida al servicio del prójimo. 
Dice Emerson: "El hombre debe aprender a vislumbrar y retener el rayo de luz que brota de su mente, y preferirlo al brillo de la constelación de poetas y filósofos. Sin embargo, desperdicia su pensamiento tan sólo porque es suyo. Al ver en otra obra reflejados  muchos pensamientos que habíamos desechado, vuelven a nosotros con prestada majestad..." 
Decía Tomás Jefferson: "Creo en la silenciosa voz que es la voz de Cristo. He jurado eterna hostilidad a todo cuanto tiraniza el entendimiento del hombre.”
Así como este varón insigne firmó la inmortal Declaración de la Independencia, podemos imaginarnos que el profeta galileo le dijera : "Tomás, hiciste bien en firmarla." Ambos sentían vehemente indignación contra los inquisidores de las doctrinas ajenas, que pretenden encadenar el pensamiento y la conducta de los hombres. A Jefferson le tildaron de ateo porque en aquellos tiempos los hombres no distinguían con la claridad de hoy entre el clericalismo y la religión, entre la forma y la esencia del cristianismo.
Los dos fundamentales principios de Jesús coinciden con la superior modalidad del pensamiento moderno en materia religiosa. La religión de Jesús no puede ser gentilicia ni una organización unilateral.
Su doctrina es inmensa y eterna. El Reino que proclamó Jesús es infinitamente más vasto que todas las denominaciones religiosas del mundo.

LA   SALVACIÓN  DEL   ALMA ES  CONSECUENCIA  DEL
ENALTECIMIENTO  DE LA   CONDUCTA
Hemos dicho que Jesús hizo prodigios, pero que los obró por virtud de su excepcional intuición y comprensión de las leyes ocultas de la naturaleza y de las superiores facultades mentales y espirituales. Prueba de ello fueron las numerosas curaciones que realizó. 
Intuitivamente conocía la índole de la mente subjetiva respecto del formidable poder de la sugestión.
Intuitivamente diagnosticaba la enfermedad y su verdadera causa. Su pensamiento estaba vigorizado por la energía espiritual. Tal confianza inspiraban su personalidad y poder, que despertaba la soñolienta mente y actualizaba las potencias latentes del enfermo, por medio de las cuales la fuerza vital normalizaba las morbosas condiciones del cuerpo. Siempre obraba por virtud de la ley a que hoy llamamos sugestión. 
Las notables curaciones que presenciamos por doquiera no son más que el resultado de conocer y utilizar la misma ley de que Jesús se valió magistralmente.
Por virtud de su intuitiva comprensión de las leyes de la mente y del espíritu fué capaz de emplearlas con tal eficacia, que en muchos casos curaba instantáneamente, pero necesitaba en todo caso de la cooperación mental del enfermo, pues de lo contrario no podía obrar el prodigio. Muchas veces preguntaba: "¿Creéis que puedo hacer esto?" Y después añadía: "Conforme a tu fe, se haga en ti." Y el enfermo sanaba. 
Las leyes de la terapéutica mental y espiritual son idénticamente las mismas hoy que en tiempo de Jesús y de sus discípulos, cuyo ministerio tenía por una de sus características la curación de las enfermedades, pues como dice un autor: "La curación es el testimonio externo y práctico del poder y de la autenticidad de la religión espiritual que no debiera haberse apartado de la iglesia."
Los recientes y sinceros esfuerzos para restablecer la curación de los enfermos en la iglesia según el precepto del Maestro, denotan que se reaviva el pensamiento respecto del particular. Dicen los relatos evangélicos que Jesús se dedicó a la curación con mayor frecuencia al principio que al fin de su ministerio, y por razón de su gran amor a los que sufrían física y moralmente, cabe suponer que era su intención salvarles la vida material para provecho de la espiritual. 
El pensamiento de que Dios es su Padre le infunde el vehemente anhelo de dar a conocer al mundo el nuevo mensaje de verdad y justicia.
La religión judaica, que un tiempo vibrara en el alma de los profetas como la voz de Dios, había muerto sofocada bajo la pesadumbre del dogma, de las ceremonias y de las observancias externas. La institución eclesiástica se había robustecido materialmente a costa del espíritu religioso. Pero Jesús, el Mesías, el divino Hijo de Dios, el divino Hijo del Hombre, trae al mundo el mensaje de la divina Paternidad de Dios, que es amor, y de la divina filiación del hombre, que establece la verdad de que todos los hombres son hermanos. 
Es Jesús el maestro de una nueva y superior justicia. Expone el mensaje del Reino de Dios. Enseña a todos los hombres el arrepentimiento, la evitación del pecado y la vida según el Reino que está en el corazón humano.
Nadie dirá : "Vedlo ahí. Vedlo allí, porque está en vosotros." Dios es vuestro Padre, y Dios anhela que lo conozcáis como a tal: Anhela vuestro amor, del mismo modo que él os ama. Sois hijos de Dios con tal de que la ley y vida divina predominen en vuestra mente y vuestro corazón. Así encontraréis verdaderamente el Reino de Dios, y vuestras obras estarán en consonancia con este divino ideal, y vuestra suprema ley de conducta será el amor a la humanidad. Así llegará día en que el Reino de los Cielos quede establecido en la tierra. 
No vino a predicar fórmulas o dogmas, ni a establecer determinadas instituciones como la que sofocaba el espíritu religioso en la conducta de las gentes. Nos trae algo incomparablemente más transcendental, el Reino de Dios y su justicia, del cual todos los hombres son igualmente herederos. Trae la remisión de los pecados y la salvación de la vida humana, como consecuencia necesaria del conocimiento y fidelidad a la divina ley.
Todo lo abarca su amor. Viene a cumplir y no a derogar. No viene a juzgar el mundo, sino a salvarlo. ¡Cuán tiernamente amaba a los niños! ¡Cómo quería que se le acercasen! ¡Cómo gustaba de la natural sencillez e ingenuidad de la infancia! Oidle: "En verdad os digo: Quienquiera que no recibiere el Reino de Dios como un niño pequeño, no entrará en él." Y también: "Dejad que los niños se acerquen a mí, y no lo impidáis, porque de ellos es el Reino de los Cielos." 
A buen seguro que los forjadores de dogmas y especialmente los inventores de la caída del hombre no hallarían ni el más deleznable fundamento para su teoría en estas palabras de Jesús. Lo vemos simpatizar y convivir con el pobre, el afligido y el pecador, lo mismo que con el rico y poderoso, procurando infundir en todos el amor y conocimiento del Padre.
El sentimiento de justicia mueve a condenar la opresión, la hipocresía y la iniquidad, censurando a quienes intentaban levantar, entre el alma libre y Dios, una valla que cegaba el entendimiento y la conciencia humana con formulismos y dogmas. 
Enseñaba en las sinagogas, pero más frecuentemente en las montañas, en las orillas de los lagos, bajo el azul del cielo. Reverenciaba la ley y a los Profetas, que era la religión de su pueblo y la suya propia en los comienzos de su vida, pero los reverenciaba con tan prudente espíritu, que las gentes se maravillaban de sus enseñanzas y decían: "Seguramente este es profeta de Dios. Nadie habló jamás como él habla." Por la inefable rectitud de su conducta, por el amor y sabiduría de su persona y por la virtualidad de las verdades que predicaba, ganó el corazón del pueblo y cada día aumentaba el número de los que le seguían. Por esto se concitó la animadversión de los príncipes de los sacerdotes, de los primates de la jerarquía religiosa entonces existente, que estaban animados del doble motivo de protegerse a sí mismos y a la religión que habían establecido. Pero esclavos del formulismo y furiosos al ver el éxito de la predicación de Jesús, en donde palpitaba el espíritu de la verdadera religión, le dieron muerte cruel. Hicieron lo mismo que la organización establecida más tarde en su nombre con muchos verdaderos profetas de Dios. La viva e infalible intuición de Jesús le capacitó para prever su fin. Nada le disuadió de proseguir su mensaje sin temor a la muerte. Quería sellar con su sangre su revelación, seguro de darle mayor eficacia. Sereno y animoso afrontó la muerte; murió por amor a la verdad del mensaje que tan diligente y heroicamente había revelado, el mensaje del inefable amor de Dios al hombre. De las enseñanzas de Jesús debemos inferir que no vino a salvar a las almas de eternos castigos ni a satisfacer la cólera divina, ni a expiar culpas ajenas, porque todo esto era contrario a sus enseñanzas. La salvación significaba el supremo amor del Padre y su anhelo por la dicha de los hombres, la hermosura de la santidad, la salvación del pecado y del egoísmo, dando con ello suprema satisfacción a Dios. Era la salvación por el amor y no por el temor, pues de no ser así hubiera cambiado en un instante el propósito de su vida y el contenido de su obra, lo cual es de todo punto inconcebible. 
En las últimas instrucciones que dio a sus discípulos confirmó que la verdadera esencia de su mensaje era el amor a Dios y el amor al prójimo. No invalidó su repetida manifestación de que el Reino de Dios y su justicia relacionaba al hombre con Dios y con el prójimo, de suerte que el orden social se apoyase en la confraternidad y la justicia. Así reveló el carácter de Dios encarnado en su carácter. 
El poder de la verdad había de salvar la vida, y de aquí su declaración de que el Hijo del Hombre vino para que los hombres pudieran tener más plena vida y se salvaran del pecado y de sus consecuencias, haciéndolos verdaderos hijos de Dios y obreros aptos de su reino. Según Jesús, la conversión es la realidad de la Ley Divina en la mente y en el corazón, que salva la vida y en consecuencia el alma. 
Con su muerte selló aquella su declaración: "La Ley y los Profetas fueron hasta Juan. Desde entonces se predica el Reino de Dios y todo hombre se ve constreñido a entrar en él." Con su muerte selló el mensaje de su vida, cuando dijo: "En verdad, en verdad os digo, que el que oye mis palabras y cree en aquel que me envió, tiene vida eterna y no irá a condenación, sino que pasará de muerte a vida."
Fué el primer hombre que conoció claramente que Dios encarna y mora en el corazón humano, el primero que conoció su divina filiación y fue por lo tanto capaz de revelar la divina paternidad de Dios y la divina filiación del hombre. 
En Jesús está el conocimiento de la armonía entre lo divino y lo humano manifestada en su propia vida y en el camino que señaló, sellándolo después con su propia sangre.
Jesús es el mediador entre lo divino y lo humano, el salvador, la verdadera encarnación de Dios. La verdad que enseñó realza la mente y por lo tanto la conducta de los hombres a su divino ideal, y los redime del egoísmo y del pecado, disponiéndolos a entrar en el Reino del Padre.
Jesús es la completa encarnación de la belleza, de la santidad, cuyas palabras se han difundido y cuyo espíritu actúa incesantemente en el mundo, conduciendo a los hombres a su ideal.
MÉTODOS PRÁCTICOS

Según las enseñanzas del divino Maestro, lo material es transitorio y lo mental y espiritual es eterno. No debernos esclavizarnos a una mala costumbre. Lo material jamás puede dar satisfacción ni mucho menos felicidad. El diálogo entre Jesús y el joven rico, entraña una lección para todos nosotros, especialmente en esta época de ambiciones, porfías y zozobras.
La plenitud de vida no sólo consiste en la posesión de riquezas materiales, sino principalmente en las dotes de la mente y del espíritu. Mucha verdad expresan las siguientes palabras: "La vida consiste en aquello para que vivimos. No se completa por su duración, sino por su intensidad. Vivir sólo para los apetitos, para los placeres, la lujuria o la pereza, para la ambición, para amontonar riquezas y no para la bondad, la pureza y para el amor, para la poesía, la música, las flores, para Dios y la eterna esperanza, no es vivir, sino morir.” ¿Por qué afanarnos en poseer dilatados terrenos o millones de dólares? Pronto y quizás más pronto de lo que pensáis lo dejaréis. Sería lo mismo que si un hombre fundara su ambición en acumular millares de automóviles y se le pudriesen por imposibilidad de utilizarlos.
Lo mismo sucede con todas las cosas materiales, si no podemos aprovecharlas para nuestro bien o el de los demás. Si un hombre come más de lo que necesita, caerá enfermo. Si tiene muchos trajes, no podrá llevar más de uno cada vez. Así dijo Jesús: "¿De qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?"
Todo el tiempo empleado en amontonar excesivas riquezas se pierde para el perfeccionamiento de la mente y del espíritu, en cuyo desarrollo consiste la verdadera satisfacción. Así lo ha determinado una ley fundamental. 
Hemos progresado admirablemente en el conocimiento del mundo físico. Necesitamos ahora progresar con la misma habilidad en la vida espiritual. No es extraño que el cerebro se fatigue, que los nervios se relajen, que la neurastenia y la anemia no sean excepción, sino más bien regla general. No es extraño que los sanatorios estén llenos y que los manicomios rebosen. No es extraño que tantos hombres estén ya decrépitos y consumidos a los cincuenta o sesenta años, cuando debieran estar en pleno vigor corporal y ser capaces de disfrutar mayormente de la vida y proporcionar señalados servicios a la sociedad, a causa de la mayor perfección, experiencia y facilidad de medios para llevarlos a cabo. Tenía razón Jesús al decir: ¿De qué aprovecha? Pensemos en las verdaderas riquezas que entretanto se desperdician. Es como el alocado automovilista que con la obsesión de ganar la carrera corre vertiginosamente sin hacer caso de las bellezas del paisaje y poniendo en peligro su existencia; pero aunque gane la carrera ha perdido los positivos bienes del espíritu. Sólo triunfa su vanidad.
Cuando sacrificamos las bellezas mentales y las realidades espirituales al predominio de la materia, la ley inexorable nos aflige con la atrofia de las facultades superiores que capacitan para gozar de la verdadera dicha. Quien se afana en construir vastos graneros para guardar amontonadas cosechas es incapaz de conocer que la vida espiritual vale infinitamente más que los bienes materiales que jamás pueden constituir la verdadera vida.
Dice James Oppenheim: "Oí un sermón fúnebre que arrancaba lágrimas de dolor a los presentes. El sacerdote elogiaba la memoria del difunto, ponderando sus virtudes como padre, esposo y amigo. Pero yo había conocido al panegirizado y me pareció que acaso no hubieran llorado los parientes si el predicador fuese veraz y les dijera que lo único bueno que hizo el hombre fue morir, y aun no murió por su gusto.
Fue riquísimo comerciante, pero el más falso amigo, el más cruel y perjuro esposo, y padre tan tirano, que sus hijos abandonaron la casa tan pronto como llegaron a la mayor edad. Sin duda era de esencia divina como todo ser humano, pero la mantuvo tan cuidadosamente oculta, que no se le exteriorizó en lo más mínimo. ¡ Viuda! ¡ Alégrate!
Ahora podrás seguir tu camino. ¡Hijos, albricias!
Ya tenéis dinero. El único bien que os ha legado... ¡
Amigos! Ya tenéis un traidor menos que os venda... Hoy es día de alegría y de regocijo...            ¡Gracias a Dios que murió este hombre!
Para este tipo de hombres no existen los placeres intelectuales en las obras de los pensadores y de los poetas.
La verdadera vida con sus múltiples posibilidades de desarrollo y medios de satisfacción, es algo infinitamente superior a sus accesorios.
¡Qué infinitos motivos de placer, qué paz, qué serenidad posee todo hombre que actualiza sus internas y superiores facultades! Qué hermosamente los retrata Emerson cuando dice: "¡Oh, cuán satisfecho estoy en mi casa solitaria donde pisoteo el orgullo de Grecia y Roma! Y cuando me tiendo bajo los pinos, al vivo centelleo del lucero de la tarde, me río de la erudición del hombre con sus escuelas de sofistas, porque ¿qué es su saber comparado con el del hombre que en la soledad se une a Dios?"
Quien tan vasta influencia ejerció en las mentes y conducta de los hombres dijo: "Grandes hombres son los que conocen que la espiritualidad es más poderosa que toda fuerza material, y que los pensamientos gobiernan el mundo". Esto no sólo es verdad en el mundo en general, sino también en la vida individual. 
Uno de los mayores secretos del éxito es sin duda el equilibrio de la balanza de la vida. Lo material es muy importante, pues locos seríamos si lo negáramos, y mucho nos perjudicaría el descuidarlo. Lo material puede contribuir a la felicidad, pero no es en sí la felicidad. Triste, pobre y desgraciado es el incapaz de conocer que la vida es más que la carne y el cuerpo más que el vestido. Toda vida surge del interior al exterior. Como es el interior así es el exterior. Nos convertimos en lo que pensamos. Esto significa que nuestros pensamientos y emociones dominantes no son estáticos, sino dinámicos. Los pensamientos son fuerzas. Lo semejante engendra y atrae lo semejante. Por lo tanto, en nuestra mano está escoger si deben interesarnos las fuerzas y facultades espirituales o las cosas materiales.
Pero hay una admirable ley que jamás debemos olvidar. Cuando nos regimos por las fuerzas y facultades internas, las cosas materiales no sólo vienen a nosotros como natural y provechosa consecuencia, sino que ocupan su debido lugar.
Esto significaba Jesús al decir: "Buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura." Quiere esto decir que cuando la mente se abre de par en par al influjo de la divina Sabiduría, establecemos las condiciones de la vida material. Enseñó Jesús que Dios habita en nosotros. Es verdaderamente Emmanuel, Dios con nosotros. Para cumplir una ley es preciso satisfacer todas sus condiciones. "El Señor estará con vosotros mientras vosotros estéis en él." "Si le buscáis le encontraréis." "El Espíritu de Dios vivo habita en vosotros." "Si a alguno de vosotros le falta sabiduría, pídala a Dios, que la da a todos generosa y abundantemente. Pero pídala con fe y sin vacilaciones."
Sabía Jesús que la oración obedece a una ley oculta, la cual siempre nos ayuda a alumbrar los internos manantiales de sabiduría que nos fortalecen.
La gran aptitud para las cosas del espíritu le capacitaba intuitivamente para conocer, entender y usar de esta verdad. No había misterio, secreto y subterfugio por parte de Jesús en cuanto a la fuente de su poder. En claras e inequívocas palabras lo manifestó diciendo: "Las palabras que os hablo, no las hablo de mí mismo, sino por mi Padre, que habita en mí." "Mi Padre hasta ahora obra y yo obro... Porque, como el Padre tiene la vida en sí, del mismo modo la ha dado al Hijo para que tenga la vida en sí... Yo no puedo hacer nada de mí mismo."
Así como él cumplió las condiciones por las cuales recibió esta superior iluminación, así debemos cumplirlas nosotros.
El consejo de Jesús respecto de la oración es in dudablemente el método más eficaz. Por esto oraba él tan fervorosamente en la soledad para ponerse en sosegada comunicación con el Padre y conservar el conocimiento de su unidad con Dios. En el continuo conocimiento de que yo y el Padre somos una misma cosa está su extraordinaria intuición y poder.
La clara manifestación que hizo al hablar de su poder diciendo: Como yo soy, así seréis vosotros, demuestra concluyentemente las posibilidades de perfeccionamiento humano.
Esta divina fuente de sabiduría y poder no sería la herencia del alma humana si fuese falso lo que dijo Jesús: "Porque todo aquel que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama a la puerta, se le abre."
Es infinitamente mejor saber que uno tiene esta fuente interna de sabiduría y que cuando uno se abre a ella es más clara, distinta e inequívoca en su guía, que andar buscando continuamente consejos ajenos con la duda de si serán o no acertados.
Este es, sin duda, el medio y camino de la vida natural y normal, tan sencilla y claramente manifestada  por Jesús y vislumbrada por Isaías cuando dijo: "¿No has conocido? No has oído que el Dios eterno, el Señor, el Criador de la tierra no se cansa ni desfallece? Da fuerza al cansado y a aquel que no puede acrecentar su fuerza aun el joven desmayará y se cansará y caerá desplomado; pero quien espere en el Señor renovará sus fuerzas, remontará su vuelo como el águila, correrá y no se cansará; anclará y no se fatigará." 
Forzosamente hemos de luchar con pruebas y tentaciones. Nadie estuvo jamás libre de ellas. No se concibe la vida en otra forma. Pero admirable fuente de consuelo y fortaleza que liberta del tedio y del temor es el conocimiento de que la fuerza motora y el poder regulador está en nosotros y se actualiza en el grado en que nos abrimos al divino influjo de modo que se manifieste por medio de nosotros.
De la propia suerte que un prudente ejercicio físico acrecienta el vigor corporal, así la actividad de la mente acrecienta el vigor intelectual. Esta misma ley es aplicable al fortalecimiento de las facultades espirituales, que son las más importantes porque influyen poderosamente en la conducta; y sin embargo, las descuidamos con incalculables perjuicios.  Si establecemos acertadamente nuestro centro interior, todas las actividades, vicisitudes y condiciones de la vida emanarán de este centro en ordenada consecuencia. 
Ha dicho un moderno escritor de gran intuición:
"La comprensión de que Dios es todo y todo está en Dios os colocará sobre una base inconmovible."
Conocer que Dios es el poder que obra en nosotros es un conocimiento de transcendental importancia.
Conocer que el Espíritu de infinita Sabiduría y Poder, la Fuerza creadora, motora y sustentadora de toda vida, piensa y obra en nosotros y por nosotros como nuestra propia vida, en el grado que consciente y deliberadamente anhelamos que obre y nos abramos completamente a su dirección y sigamos sus impulsos, equivale a alcanzar la consciente unidad con Dios, que conoció, vivió y reveló Jesús y que él enserió como el método de la vida natural y normal de todo hombre.
Estamos tan preocupados de la materialidad de los sentidos, que sin darnos apenas cuenta nos dominan. Sabemos que todas las manifestaciones de la vida real proceden del interior, y que lo interno siempre guía y regula lo externo, de acuerdo con la ley fundamental de causa y efecto. Pero la diferencia está en que el dueño de sí mismo se une consciente y definidamente desde el interior con la Energía central.
El que falto de voluntad se gobierna y deja dominar por el ambiente y por las circunstancias, fracasa en dicha unión y se ve arrastrado por las vicisitudes de la vida material.
Un profundo pensador ha dicho: "No vemos ni conocemos espontáneamente a Dios, tal como nos vemos y conocemos unos a otros. Si la naturaleza de Dios no se manifiesta tan claramente como la de los sentidos es porque está latente en nuestro interior. Sin embargo, la naturaleza de Dios en nosotros nos relaciona tan directa y vitalmente con el Ser y el Reino de Dios, como los sentidos nos relacionan con el mundo exterior. De aquí que de la propia suerte que la conciencia sensible se despierta y vigoriza por el conocimiento y comunicación con el mundo exterior mediante los sentidos, del mismo modo la conciencia divina debe despertarse por el correspondiente conocimiento y comunicación con el Ser y Reino de Dios, mediante la intuición, es decir, por el sentido espiritual del hombre interno. La verdadera oración, la oración del silencio, es la única puerta que abre el alma a la revelación directa de Dios y nos da el conocimiento de Dios en nosotros."
La clave del mundo de los sentidos es la actividad; pero la de la luz espiritual es la quietud. La conciencia individual ha de estar en armonía con la conciencia cósmica. 
San Pablo dice que los hijos de Dios son los que están guiados por el Espíritu de Dios.
Un antiguo profeta dijo: "El Señor, en medio de ti, es poderoso." Jesús, con su profunda intuición percibió la identidad de su vida real con la vida divina, con la sabiduría y poder inmanentes, el Padre en mí. Todo su ministerio se encaminó a mostrar a aquellos que le escuchaban, cómo él se relacionaba con el Padre, y a enseñarles que ellos se relacionarían con el mismo Padre de un modo exactamente igual.
El hombre interno está iluminado y vigorizado por el Espíritu de Dios. Podemos colocar nuestra mente en tal armonía y relación y enlace con la infinita y divina Mente, que nos hable y dirija y obre mediante nosotros. Entonces nos ilumina la divina Sabiduría y nos fortalece el divino Poder. Por lo tanto, debemos obrar bajo la guía de la sabiduría suprema y enaltecidos por el supremo poder. El espíritu finito, con todas sus limitaciones, llega a relacionarse con su Fuente el infinito Espíritu.
Dice Emerson: "Toda alma es no sólo la entrada, sino que puede ser la salida de cuanto está en Dios. La limitación es el único pecado."
Por esto afirma San Pablo que en Dios vivimos y nos movemos y tenemos nuestro ser. Si damos realidad a esta afirmación seremos fuertes en el Señor y en el poder de su potencia. Quizás no exista medio más valioso de llegar a este fin que habituarnos a estar completamente solos un cuarto de hora cada día, cerrando los sentidos corporales para recibir la inspiración del espíritu y los impulsos del alma.
Así lo hizo el Maestro, dándonos un ejemplo de comunión con el Padre. Nada hay fortuito en el universo ni en la vida humana. Todo procede de la ley fundamental de invariable causa y efecto. En el reino del espíritu la ley es tan definida como en el reino de la materia.
Si estuviéramos dirigidos por el espíritu, si percibiéramos las superiores intuiciones y fuéramos guiados intuitivamente, colocando los negocios de la vida diaria en manos de Dios, observaríamos las condiciones por las cuales dicha dirección puede llegar a nosotros, pudiendo ser con el tiempo habitual.
La quietud, seguida de la acción, es la ley del espíritu; pero ha de ser una quietud a propósito para armonizarnos con la infinita Inteligencia que obra mediante nosotros y que nos guía como si fuera nuestra propia inteligencia cuando, por el anhelo y la voluntad, somos capaces de armonizar nuestra mente superconsciente con la Mente infinita para recibir sus inspiraciones y seguir su dirección. Pero es necesario conocer las condiciones por las cuales podemos recibirlas.
Jesús amonestó a sus discípulos contra la oración ostentosa y verbalista. Decía: "Pero tú, cuando orares, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ruega a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará públicamente."
Desde luego que por aposento significa entrar en el quieto retiro de nuestro interior, a fin de comunicarnos con el Padre.
El valor de la oración no consiste en pedir a Dios que altere la ordenación del universo en provecho particular del peticionario. Todo está sujeto a leyes fijas e inexorables. El valor de la verdadera oración  consiste en que por su medio podemos armonizar de tal modo nuestra vida con la ordenación divina, que percibamos intuitivamente la verdad y adquiramos un mayor conocimiento.
Como ha dicho Enrique Holt: "No podemos formarnos exacto concepto del hombre sin la idea de la influencia de Dios. Sin una amplia conciencia del universo invisible nadie realizó magnas empresas."
Profeta es quien puede escuchar las revelaciones del alma y transcribir lo que oye. No sigue la costumbre ni la tradición. Jamás consiente en ser instrumento de una secta. Su fin y su misión es libertar a los hombres de la ignorancia, de la superstición, de la credulidad, de las verdades incompletas, mediante una mayor comprensión de la verdad, de la ley y por lo tanto de la justicia.
Es algo más que una idea poética la que expresó Lowell al decir: "En momentos transcendentales nos convertimos en aquello a que aspiramos."
Establecer esta relación y actualizar la conciencia de Dios, de modo que no sea tan sólo para los momentos críticos, sino para todos los instantes de la vida, es el mayor bien que puede poseer el hombre. No existe otro superior cumplimiento del mandato de Jesús... "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura." Y también dijo: ".No os atormentéis acerca de vuestra vida." Vuestra mente y vuestra voluntad están bajo la guía de la mente divina. Vuestras obras han de obedecerla y todo lo perteneciente a vuestra vida llegará a su hora. Por lo tanto, no os acongojéis acerca de vuestra vida.
Cuando un hombre encuentra su centro en el Infinito, se redime de la ceguera de los sentidos. Vive en adelante bajo la  guía del espíritu y esto es su salvación. Entra en nueva vida. Vive en un mundo nuevo, porque su perspectiva es enteramente nueva. Vive en el Reino de los Cielos, que significa Reino de la Armonía. Armonizó su mente y vida individual con la mente y vida divinas. Es colaborador de Dios. Por medio de estos hombres realiza Dios su plan.
No sólo oyen la voz de Dios, sino que la transmiten a los demás. Son los profetas de nuestros tiempos y de todos los tiempos. Llevan a cabo en el mundo la obra de Dios y en ello encuentran su satisfacción y felicidad. No esperan la vida eterna porque saben que están en ella, pues no hay tal vida eterna si no lo es la que ahora vivimos. Cuando llega la hora de cesar aquí en su labor miran adelante sin temor, y prevén el tránsito a otra forma de vida.
Creen firmemente estos hombres que pasarán a otra forma de vida en las mismas condiciones internas en que salieron de la terrena, pues si ya están en el cielo seguirán en el mismo estado cuando despierten a las innumerables bellezas de la vida subsiguiente a su tránsito. Tal es la enseñanza de Jesús respecto a que lo mejor de la vida terrena es también lo mejor de la vida futura. 

MÉTODOS DE EXPRESIÓN

La vida del espíritu, la verdadera vida religiosa, no es de pura contemplación, ni de inactividad. Dice Fichte en El Camino hacia la Vida Feliz: "La genuina religión, aunque levanta a su propia esfera la vista de aquellos que están inspirados por ella, retiene firmemente su vida en el dominio de la acción moral. La religión no es asunto a que el hombre haya de atender horas y días señalados, aparte de sus ocupaciones cotidianas, sino que es el espíritu íntimo que penetra, inspira e invade todos nuestros pensamientos y acciones, que en otros aspectos prosiguen su curso señalado sin cambio o interrupción.  Esencial de la Religión es que actúen constantemente en nosotros la Vida y Energía divinas.
Este pensamiento coincide con el del vidente Swedenborg, que dice: "El Reino del Señor es el Reino de las acciones con provechosa finalidad... Abandonar el mundo significa amar a Dios y al prójimo; y a Dios se le ama obedeciendo sus mandamientos y al prójimo se le ama cuando útilmente se le sirve...
Ser de utilidad significa desear la dicha de los demás por amor del bien común; y no ser de utilidad significa desear la dicha de los demás, no por amor del bien común, sino por el bien propio...
Para que un hombre merezca la vida celeste debe vivir en el mundo, atareado en sus negocios y ocupaciones; pero de modo que por la vida moral y cívica adquiera la vida espiritual. No puede generarse la vida espiritual en el hombre de ninguna otra manera; ni de otra manera puede prepararse para el cielo." 
Frecuentemente oímos o leemos las expresiones lo espiritual y vida espiritual. Estoy seguro de que para la mayoría de las gentes la vida espiritual significa algo intangible. Procuraré exponer un concepto más claro de la vida espiritual en la acción.
Por de pronto, notemos que Jesús no habla de vida seglar, ni de vida religiosa. Su ministerio abarcaba todas las fases de la vida. Las verdades que predicó eran aplicables a todos los pensamientos y actos de la vida.
Hacemos arbitrarias divisiones y nos ingeniamos demasiado para negar la realidad de que el Señor es el Señor de todos los días de la semana, lo mismo que es el Señor del sábado. Jesús no señaló distinción alguna. Enseñaba que toda buena acción útil para la humanidad, no sólo podía sino que debía realizarse en sábado. Y cualquiera acción pecaminosa en sábado, lo es también en cualquier otro día de la semana.
En una palabra, el espíritu de justicia ha de animar en todo instante todos los actos de la vida. Para definir la vida espiritual conviene mirar el universo como expresión de la mente divina. El espíritu es la vida; el mundo y cuanto en él existe es el material que ha de evolucionar hasta la perfección. La ley de evolución es el poder de Dios en continuada actividad y toda forma de actividad útil, que favorezca la evolución, es de naturaleza divina. Por lo tanto, si reconocemos la única divina vida que actúa en todo y por todo, y si conscientemente favorecemos esta actuación, seremos espirituales.
Ningún pensador negará que las cosas materiales son utilizables para los fines de la vida. Quienquiera que hace algo en el mundo para mejorar las condiciones de la vida humana, es colaborador del plan de Dios.
Por lo tanto, el ideal es recibir y responder siempre a la inspiración del espíritu y ayudar al divino plan para que la humanidad sea más feliz. Quien no obra ni vive para sí sólo, sino que reconoce la unidad esencial de la vida, cumple con la parte que le corresponde en la realización del plan de Dios.
Puede un hombre estar dotado de relevantes cualidades y tener sin igual habilidad en los negocios; pero si lo es para solo, si no ve el plan divino ni reconoce el lugar que en él le corresponde, si son egoístas sus propósitos, mirando indiferente los sufrimientos y penalidades humanas, con olvido de la felicidad ajena, entonces podemos afirmar que obra como un salvaje. Sus pensamientos y conducta son grosera y ciegamente materiales y egoístas. Obtiene o consigue su objeto, pero no la felicidad ni la satisfacción de la paz, según la ley divina. Está fuera del Reino de los Cielos, del Reino de la armonía. Vive y obra en oposición a la mente divina que está desenvolviendo en el mundo un orden superior de vida. Está obcecado para obrar contra el divino plan.
Ahora, ¿qué es el divino llamamiento? ¿Puede convertir a un hombre en espiritual? . Una diferente comprensión, diferentes motivos y diferentes objetos tendrán por consecuencia el cambio de conducta. En lugar del egoísmo, tendrá una clara visión del servicio que ha de prestar a la humanidad. Antes era un obstáculo para la realización del plan divino y ahora se convierte en su auxiliador.
No altera sus facultades superiores ni sus buenas cualidades, sino tan sólo los motivos y procedimientos Participa en la obra de la evolución y es colaborador de Dios. En esto consiste su salvación. Salvado del egoísmo y de sus groseras consecuencias, se explaya su naturaleza espiritual y envuelve su vida entera. De allí en adelante, su energía y sus riquezas sirven para bien de la humanidad, y por efecto de la ley recibe centuplicado beneficio. La prosperidad material puede ser un verdadero bien; pero será una maldición para el mundo y más todavía para su poseedor, si en vez de emplearla como medio la apetece como fin y para adquirirla sacrifica los supremos atributos y facultades de la mente y del espíritu.
Tenemos motivos para congratularnos de que se nota un profundo cambio en la estimación de la prosperidad material. Hoy día se despreciaría por grosero y brutal al hombre que en otro tiempo amontonaba riquezas ignorante de las fundamentales leyes de la vida y ciego a la ley de mutuo servicio.
Esta obediencia a la vida del espíritu, tenía presente Whitman, cuando dijo: "Quienquiera que anda un cuarto de milla sin simpatía y cariño, va a su propio funeral vestido ya con la mortaja."
Previó la completa vigencia de la ley de mutualidad, cuando dijo: "Vi una ciudad invencible a los ataques del mundo. Soñé que era la nueva Ciudad de la Amistad. Nada superaba allí al entrañable amor. La quietud y el sosiego de ánimo eran completos y se notaban a toda hora en las acciones, semblantes y palabras de sus moradores. Por obediencia  a la vida del espíritu se ordena el caótico estado de la vida individual y colectiva en los negocios del mundo y en las relaciones internacionales."
El verdadero cristiano, además de ser bueno de por sí, ha de servir para algo en el mundo. Conforme a las enseñanzas del Maestro, la verdadera religión no sólo consiste en la personal salvación, sino en entregarse completamente a la obra de establecer aquí en la tierra el Reino de los Cielos. El hallazgo del Reino, es no sólo personal, sino también social y mundial, y llegará a ser social y mundial en el grado que sea personal.
El hombre que no es justo para con su prójimo, no es ni puede ser justo para con Dios. Este va siendo el claro conocimiento de toda religión progresiva. En cuanto los hombres se libran de los obstáculos de un dogma enervante que encierra la religión en un sistema de premios y castigos, comprenden que la esencia de las enseñanzas de Jesús respecto del Reino de los Cielos es establecerlo aquí en la tierra mediante un orden de vida individual y social en que prevalezcan el amor, la cooperación y la justicia. El novísimo concepto del cristianismo no entraña la renuncia sino la afirmación de la vida del mundo, aplicándolo a todas las modalidades de la humana actividad.
Dice un autor: "En el vasto campo del pensamiento religioso podemos prestar el señalado servicio de eliminar de la teología lo superfluo y hacer que hable clara y humanamente a las gentes que tienen deberes que cumplir y problemas que resolver."
El cristianismo ha de hacer que la paz prevalezca contra la guerra, el amor contra el odio, la cooperación contra el egoísmo y la justicia contra la iniquidad.
El creciente conocimiento de la mutua dependencia de toda vida, da una nueva norma de acción.
Ya se va apreciando más en el mundo aquel consejo de Jesús: "El mayor entre vosotros sea vuestro siervo." Mediante esta fundamental ley hay responsabilidades que no pueden eludirse porque a quien mucho se le dé mucho se le exigirá.
Dijo el presidente Wilson: "Cabe esperar más general aceptación de estas obvias verdades y que los negocios honrados aumenten al convencerse las gentes de que las especulaciones son contrarias al bien público y que obreros y patronos reconozcan de buen grado la mutualidad de sus intereses; y finalmente,  que los hombres de negocios se porten más patrióticamente para hacer de la democracia un eficaz instrumento de la felicidad humana. No lo hicieron así antes de ahora, y en consecuencia muchas cosas necesarias que se han hecho mal y de mala manera se hubieran hecho mejor con su experta ayuda. "  No es Wilson el único en reconocer esta verdad ni deja de advertir la profunda mudanza que se está operando en el mundo. 
En una reunión pública de Nueva York, el director de una de las mayores fábricas del mundo, que de la pobreza había llegado a la opulencia, dijo: "Mucho más satisfecho que de haber allegado riquezas, estoy de haber establecido la primera escuela de artes y oficios en Pensilvania. El mayor placer de mi vida es ver el progreso de la juventud que me rodea."
Este creciente sentido de personal responsabilidad y aun mejor, de personal interés, que pone el esfuerzo, el tiempo y además los recursos de un hombre al servicio de sus semejantes, es el preludio del incalculable provecho que recibirán las naciones cuando los hombres de valía por su talento, su posición social o su fortuna, se dediquen a realizar cuanto conviene al bien público y que sin su intervención no podría realizarse. Íntima satisfacción sentirán quienes así obren al ver los resultados de su abnegada labor de servicio a la humanidad.
Dice Whitman: "A los grandes caudillos no les faltan adherentes." El empleo de vuestras facultades en servicio de los demás será de inestimable valor para establecer y mantener una vida más hermosa, más sana y más amena en vuestra ciudad, comarca y nación. 
Mejor fuera contentarse con menos ganancias y riquezas, que amontonarlas en exceso y legarlas luego a unos cuantos herederos que no hagan buen uso de ellas y aun les cause perjuicio su posesión.
Dice Jorge Walbridge Perkins : "El régimen individualista no ha tenido éxito ni para el individuo ni para la sociedad. Entramos en una época en que el interés colectivo ha de anteponerse al particular y la libertad del individuo ha de restringirse en beneficio de la sociedad. En adelante habrá de emplear cada cual sus actividades no sólo en su propio provecho, sino en el de los demás. Esto pronostican las señales de los tiempos.
"El hombre de excepcional habilidad y de extraordinario talento no esperará en adelante premios y honores por haber llevado a cabo alguna obra de utilidad pública, dejando la ganancia personal en lugar secundario. En vez de decirse de él cuando muera que ha dejado tantos millones de dólares, se dirá que ha prestado tales o cuales servicios públicos. Mayor satisfacción, más digna vida tendrá al contribuir a la prosperidad de su país. Nos hallamos en nuevas condiciones sociales, y para tener éxito es preciso un nuevo espíritu de servicio público.
La codiciosa acumulación de riquezas ya no es, excepto en raros casos, el motivo que regula la conducta de los industriales y negociantes. Es más bien el gozo y la satisfacción de haber realizado una empresa.
Hay tan diferentes modalidades de actividad para el mejoramiento del mundo, que los hombres de acción tienen admirables ocasiones de emplearse en ellas cumplidamente como servicio prestado a la humanidad. Así como no es posible que halle la felicidad quien para solo la busca, tampoco es posible buscar con fines egoístas la nobleza cuya raíz está en el corazón y no en el talento, pues proviene del uso que se hace del talento. No se les concede a quienes para sí solos la buscan sino a los que, olvidándose de sí mismos, se entregan al servicio de sus semejantes.
Profeta y poeta es Edwin Markham, cuando dice:
"En la tierra tenemos materiales de Paraíso; y tenemos bastante. No necesitamos otras piedras para construir los peldaños por donde alcanzar nuestro ideal ni otro marfil para las puertas ni otro mármol para el pavimento, ni otro cedro para las vigas de la casa del hombre inmortal.
Aquí, en los cotidianos senderos, en el ordinario camino de la vida humana, está todo el material que tomarían los dioses para construir el cielo, para moldear un nuevo Edén. Nuestros son los sublimes materiales para construir la eternidad en el tiempo."
Ricos y pobres pueden igualmente divinizar su vida y elevarla a superior nivel y por lo tanto a más cumplida satisfacción. Cuando el divino Espíritu anime vuestra vida y el Reino interior gobierne vuestra conducta y cuando vuestra constante oración sea: "Señor, ¿qué quieres que haga? Mi único anhelo es que tu voluntad sea mi voluntad, y por consiguiente, que tu voluntad se haga en mí y por mí." Entonces seréis colaboradores de Dios, conformándoos con el lugar a que os destine en el cumplimiento de su plan.
Quien hace algo de provecho en el mundo para el mundo, es un factor esencial de la evolución humana y ha de tener el gozo y satisfacción del deber cumplido. Puede esperar el porvenir con indomable valor. La vida del hombre más humilde será así una vida gloriosa.
Tú, ¡oh! madre que cuidas de tu hogar y alimentas y educas a tus pequeñuelos; costurera que trabajas con espíritu de Dios. Todo cuanto hagáis, debéis hacerlo de modo que nadie lo haga mejor que vosotras. Labriego que cavas el suelo y entrojas cosechas y apacientas rebaños, contribuyes al sustento del mundo. ¿Hay algo más importante? El que excava un pozo o planta una semilla, estipula un pacto sagrado con el sol y el suelo y con ellos contribuye a alimentar al mundo, y colabora con Dios.
Si no os esclavizáis a vuestro trabajo ni permitís que en el hogar se esclavicen a él vuestra mujer e hijos, tendréis admirable ocasión de pensar y vivir noblemente, pues cuanto más inteligentes y cultos seáis y mayor interés os toméis por el bien público, tanto más efectiva será vuestra influencia en el progreso de la humanidad.
Tanto si sois maestros como poetas, dramaturgos, carpinteros, metalúrgicos, dependientes, alcaldes, gobernadores o ministros, la efectividad de vuestra labor y la satisfacción que experimentéis al realizarla, quedará determinada por la relación de vuestros propósitos con el plan de Dios para dicha de la humanidad.
Nos demos o no cuenta, lo cierto es que se efecúan actualmente grandes mudanzas.
Las sencillas y directas enseñanzas de Jesús penetran cada vez más en los entendimientos, conmueven los corazones y regulan las acciones de un número creciente de seres humanos. El conocimiento entre los individuos de la mutua dependencia de la gran familia humana, de su común fuente y origen, de modo que la injusticia cometida en uno repercute en todos y el adelanto de uno contribuye al adelanto colectivo, nos incita a redoblar nuestros esfuerzos para establecer en la tierra el Reino que el Maestro reveló. 
Dice Sir Oliver Lodge: "Quienes se figuran que pasaron los tiempos del Mesías, se equivocan lastimosamente. Apenas han empezado. En los individuos, el Cristianismo ha florecido y fructificado; pero es una panacea no probada todavía para los males del mundo."
Inverosímil parece que esta horrorosa guerra no despierte a las gentes a un mejor conocimiento de Cristo y ayude a percibir la inefable hermosura de su vida y sus enseñanzas; pero cosas más inverosímiles han sucedido, y hagan lo que hagan las iglesias creo que el mundo escuchará a no tardar la voz de Cristo como jamás se escuchó en la tierra.
El sencillo mensaje de Cristo, con su doble precepto de amor, es si bien se entiende y con sinceridad se cumple, cuanto los hombres necesitan para enaltecer, hermosear y divinizar la vida individual, y por lo tanto la vida del mundo. Jesús no creyó que fuese la única encarnación de Dios. Proclamó su conocimiento de Dios. Percibió intuitiva y claramente la vida divina, la palabra eterna, el Cristo eterno, manifestando en su fuerza y vigorosa alma que era el primogénito del Padre.
Enseñaba con toda la energía, amor y vehemencia de su hermoso corazón y vigorosa humanidad que todos los hombres habían de seguir el camino que señaló y reconocer su divina filiación para redimirse de la esclavitud de los sentidos corporales y de las cosas materiales, es decir, del mundo exterior y salvarse como fieles súbditos e idóneos colaboradores del Reino del Padre. 
El mensaje de Jesús tiene por finalidad que los hombres reconozcan su verdadero ser que eduquen sus facultades superiores como verdaderos hijos de Dios, el Padre nuestro, porque todos los hombres son hermanos que han de convivir con verdadero y cariñoso amor fraternal y en cooperación mutua para que la voluntad divina se cumpla así en la tierra como en el cielo. Tal es el mensaje de Jesús. Si creemos en él y aceptamos su guía será nuestro hermano mayor que nos conduzca por el camino de la virtud. Es el Verbo hecho carne en nosotros, el Cristo entronizado en nuestros corazones. Así seremos los pámpanos de la vid cuyo labrador es el Padre.